El kultxug y la memoria de un pueblo

¿Qué puede hacer vibrar la memoria?

A propósito del Día del Respeto a la Diversidad Cultural, que se conmemora cada 12 de octubre, abrimos las páginas de Kultrun, un canto del alma. Kultxug kiñe pülli üllkantun de Mauricio Manquepillán, con prólogo de Elisa Loncon Antileo.

Publicado en 2025, el libro reúne trece poemas en los que infancia, territorio, desarraigo y memoria familiar se entrelazan con los saberes mapuche. En ellos, el kultxug aparece no solo como instrumento ceremonial, sino también como una imagen de aquello que permanece: la memoria, la identidad y el vínculo con la tierra.

Compartimos el prólogo de Elisa Loncon Antileo como una invitación a entrar en estas páginas y escuchar esa memoria que todavía vibra.

Prólogo

Kultxug. Un canto del alma es una obra poética compuesta por trece poemas organizados por el autor según las etapas de su propia vida; desde la infancia hasta que se encuentra con el instrumento, como un ser que le permite encontrarse en plenitud con el mundo mapuche, por el que da gracias a la vida por ser quien es. Kultxug no es solo un libro de poemas.

El kultxug es un instrumento ceremonial, una membrana que vibra al ritmo de la vida, la memoria y la resistencia. Como el tambor sagrado de las machi, este libro pulsa con la sabiduría de la tierra, con la voz de los antiguos y con los silencios de quienes han sido arrancados de su territorio, pero no de su origen. Aquí la poesía no es solo palabra: es respiración de la Mapu, es eco del Itxofill Mogen, esa comprensión mapuche que reconoce que todo lo que existe –agua, viento, árboles, piedras, seres humanos y no humanos– tiene vida, espíritu y poder. Los versos de kultrun son narraciones que nacen desde la expe-riencia, pero también desde el pensamiento profundo. No hay en este libro una dicotomía entre sentir y pensar, entre naturaleza y cultura, entre humano y no humano. Esa ruptura es herencia de una mirada colonial que fragmenta y jerarquiza. En cambio esta poesía emerge desde una ontología relacional, en la que el niño habla con las plantas, el agua conserva la memoria, y el cuerpo se funde con el cosmos. Aquí todo comunica: el pasto, los árboles, el gomero, el parrón, el estero. Hay una escucha activa y un diálogo constante con los otros seres que pueblan el mundo. La voz poética no se impone; se ofrece y se entrega a esa red viva de relaciones.

El primer poema, «Niño de cielo», da cuenta de una infancia conectada con lo invisible y lo esencial. El niño es un hablante ontológico, no imaginario. Su conversación con las plantas y el cielo no es un juego de la mente, es una práctica filosófica profunda, enraizada en el conocimiento mapuche de que la vida está tejida de vínculos sagrados. La madre que lo observa en silencio parece presentir que ese niño no está solo, que ha sido “raptado por las hojas de un árbol” y “detenido en la infinitud del tiempo”. Esta detención no es alienación, sino trascendencia: es la experiencia de ser con la naturaleza, de vivir en comunión con lo invisible.

En «Traitraiko Mogen», el estero es protagonista y testigo. Corre, habla, recuerda, guarda. Es un ser con memoria, un archivo líquido de la historia mapuche, un portador de dolor y de dignidad. Vio la llegada forzada del bisabuelo Ignacio, vio el despojo, la fundación de una misión sin consentimiento, la expropiación. Pero también vio la resistencia silenciosa de sembrar, de construir rukas, de hacer quinta. El agua no olvida, y por eso es fuente de sabiduría para las machi, que lavan en ella su cabeza para recibir el mapu kimün, el conocimiento de la tierra. Este poema recupera el valor político del paisaje, su dimensión insurgente. El estero no es solo un recurso: es un sujeto histórico que acompaña a los cuerpos mapuche en su desplazamiento, en su memoria y en su lucha.

«Nostalgia de la tierra» nos lleva a otro espacio: la ciudad. Allí el hablante poético experimenta el desarraigo, el racismo, el temor here-dado. El paisaje urbano es hostil para el cuerpo indígena. El apellido, el tono de piel, los pómulos, la memoria familiar, se convierten en marcas de la diferencia, muchas veces negadas, otras ocultadas. Pero la resistencia toma la forma de un retorno constante al sur: verano a verano, viaje a viaje, el hablante regresa a Txaytxayko, al fogón, a los bosques, a la harina tostada, a los animales. Esta nostalgia no es pura tristeza: es la expresión de una conciencia territorial que se rehúsa a desaparecer.

En «Joven de infinito», se produce la disolución del yo en el cosmos. El hablante se funde con la arena, con el cielo, con el mar. “Me con-vierto en cielo”, dice, y no es metáfora: es una afirmación ontológica. Esta fusión no es evasión; es retorno. Es el cumplimiento de un ciclo. El cuerpo ya no teme a la muerte porque ha comprendido que no se extingue, sino que se transforma. El hablante ha vuelto al todo, ha recuperado su rakizuam –su pensamiento profundo– y ha compren-dido que aunque, esté lejos, está presente en el aire que respiran los suyos, en la tierra que pisan, en el agua que beben. El infinito no es una abstracción: es el lugar originario.

«Kultxug» es una poesía que nace desde la cicatriz, pero también desde la ternura. Es una palabra que no se rinde, que se nutre del newen de la tierra, que recuerda a los niños arrancados de sus paisajes, a los padres desarraigados en la ciudad, a las madres temerosas, a los abuelos fundadores sin tierra. Es una poesía que no busca asimilarse ni adaptarse, sino latir con fuerza, como el kultrun, para recordarnos que aún hay sabiduría en las plantas, en los ríos, en el cielo, en nuestros cuerpos morenos que resisten en la ciudad y en el campo.

Los poemas brotan como manantial entre cortezas, savias y tramas de cuero; son cantos, son actos filosóficos. Cada verso es una afirmación ontológica. Aquí no hay separación entre cuerpo y alma, entre humano y árbol, entre animal y cosmos. Aquí habla el Azmapu, la ley antigua y profunda que guía la convivencia de todo lo que existe en el itxofill mogen –la diversidad de la vida.

El árbol florecido, la madera del rali, el cuero del chivo, el aliento humano: cada elemento convocado para crear el kultxug lleva consigo su propia memoria, su propia voz, su propio newen. Y no son utilizados. Son convocados con respeto, con ternura y con la conciencia de que cada uno es sujeto de derecho, de espíritu, de historia.

Este texto no es solo poesía: es una ceremonia, una ceremonia de agradecimiento, de duelo, de resistencia, de esperanza. Es una con-versación con los ancestros, con los bosques, con las piedras azules del Txaytxayko, con el viento que todavía nos nombra en mapuzugun aunque vivamos en ciudades que intentan olvidar nuestra lengua.

El kultxug aquí no es instrumento. Es pulmón. Es corazón. Es universo. Su creación, descrita con devoción, revela una relación con la materia que ha sido negada por la lógica extractivista del capitalismo y el colonialismo. Pero la poesía de este libro no solo recuerda –resiste–. Y no solo resiste –propone.

Propone una forma de estar en el mundo, donde cada gesto, cada creación, cada canto, es inseparable de una ética ancestral. El Azmapu, más que ley, es sabiduría encarnada. Es equilibrio. Es la conciencia de que cada acción tiene consecuencias sobre el tejido común de lo vivo.
 
Por eso, cuando se trenza el cuero, cuando se lija la madera, cuando se insufla el primer aliento al kultxug, no se está haciendo un artefacto: se está pariendo un cosmos. Y cuando ese kultxug resuena, cuando se danza, cuando se canta, lo que vibra no es solo el tambor sino la historia de un pueblo. Un pueblo que ha sido empujado al silencio, pero que ha encontrado en su música, en su lengua y en su relación con la tierra, la fuerza para seguir latiendo.

Que esta lectura sea una ceremonia para quien se acerque. Que cada palabra te haga recordar que estás vivo.
Que cada golpe del kultxug te devuelva el alma a su centro. Porque el alma, como el kultxug, necesita aire.
Y aquí el aire está lleno de verdad.

Leer Kultrun es una forma de gülam, un consejo profundo. Es una invitación a escuchar con el corazón y con el cuerpo, a dejarse tocar por la memoria viva del pueblo mapuche. Es, en definitiva, una llamada a despertar la conciencia dormida que llevamos dentro. Porque como dice el último verso: Marichiwew –diez veces venceremos.

Hernán Mauricio Manquepillán Piñeiro es poeta y trabajador del Ministerio de Educación. De origen mapuche, su escritura brota desde una memoria territorial y afectiva profundamente conectada con los saberes ancestrales de su pueblo. Su poesía enlaza la palabra con el espíritu de la tierra, la infancia, el desarraigo urbano y la lucha por la dignidad cultural. En su voz se escucha el eco de los ríos, los árboles, las estrellas y la resistencia. Kultxug es parte de su gesto vital por mantener viva la lengua de la tierra, el pensamiento mapuche (rakizuam) y la justicia poética del territorio.

Elisa Loncon Antileo, mayo, 2025.