Escribir contra el silencio: voces, resistencia y memoria desde Palestina
Presentación de Víctimas perfectas y la política del encanto; y de Nos rehusamos a ser borrados. Una antología de resiliencia, duelo e inquebrantable esperanza de estudiantes universitarios de Gaza, realizada el 2 de julio de 2026, en el Bar Liguria, de Lastarria.
Por Ana Harcha Cortés

I. Voy a partir por el final. O casi por el final.
Un poco porque no sabía por dónde partir porque comprender y metabolizar todo lo que está contenido en estos dos textos es una tarea que no podrá ser contenida en esta presentación, que espero se convierta también en una conversación. Luego, porque la tarea de metabolizar, o en palabras de Lygia Clark — antropofagocitar— estos textos es una cuestión que se ha instalado en mis tripas para ser procesada en un tiempo que no solo es pasado y presente, sino será también el futuro; y, por último, porque este inicio por el final, es un ficticio final, pues primero leí la antología de los estudiantes universitarios y luego, el ensayo.
En ello, tomo un fragmento del texto de Mohammed el-Kurd, cuando interrogado una y otra vez sobre “qué puede hacer un poema frente a un cañón”, en el capítulo “¿De verdad somos todos palestinos?”, escribe lo siguiente:
Para luego agregar:
Que creo es juntamente el lugar situado, la posición que toma LOM, al decidir publicar estos dos textos, para sumar a la colección sobre Palestina ya iniciada hace un tiempo.
Propuesta realizada por el-Kurd, que dialoga de forma orgánica con el texto Nos rehusamos a ser borrados… a partir de otra de las preguntas que el mismo autor se plantea, confrontado al dilema de escribir sobre lo que está pasando en Gaza, en Palestina, al mismo tiempo que con “lo palestino”, mientras se perpetúa e intensifica de forma brutal y pornográfica el genocidio, y que es una pregunta que podríamos plantearlos en este mismo momento, aquí:
¿Cuál es la función de la literatura? ¿A quién sirve aquí, en el mundo anglófono, en vestíbulos de hoteles de lujo y auditorios de universidades de élite [podríamos decir, en el Liguria], a años luz de los improvisados rifles que surgen en los campos de refugiados? Cuesta decirlo. Cuesta imaginar qué puede hacer un poema frente a un cañón (150).
Encarnando una de las paradojas en las que nos sumergimos cuando desbordamos la categoría del arte por el arte, para adentrarnos en el camino plagado de contradicciones de la escritura o el arte comprometido.
Pero, y aquí viene una pregunta que propongo a las escrituras y a las artes, en plural ¿debiéramos resolver nuestras paradojas o contradicciones? ¿qué sucede cuando nos adentramos en el boscoso terreno de lo que no está resuelto en nosotros mismos respecto de nuestras pulsiones vitales, y en lugar de aspirar a una resolución del conflicto, asumimos que debemos trabajar junto con ello? Como, por ejemplo, presentar un libro sobre la masacre en Gaza, en un lugar hermoso y casi rococócamente europeo como el Liguria, mientras allá revientan cuerpos ¿Debiéramos dejar de hacerlo? ¿Seríamos más éticamente impecables si lo presentáramos en otro lugar? ¿O debiéramos intentar llenar cada espacio de este país secuestrado de estos relatos?
No soy quién para decir qué se debe o no se debe hacer. A nadie. Solo tengo la responsabilidad de asumir lo que mi cuerpo puede, quiere y debe asumir, en la escucha de su pulsión vital. En ello, mi gesto es una respuesta a mis preguntas, al mismo tiempo que una semilla de imaginación de lo invisible que este gesto mueve a propósito de estas preguntas.
En ello también, decido alinearme con lo que el-Kurd propone en otro fragmento del texto:
Los que tenemos plataformas, una cierta protección, un cierto capital social o capital real debemos cambiar la cultura y no limitarnos a hablar de la necesidad de cambiar la cultura, porque Gaza no puede luchar sola contra el imperio; o por usar un amargo dicho que soltaba mi [su] abuela al ver el informativo de la noche: “Le preguntaron al farón: ‘Quién te hizo faraón?’ y el respondió: ‘Nadie me detuvo’” (153).
Dado que todo este genocidio de experimentación sobre los palestinos y de exportación al globo, no se ha construido solo a partir de colonización, expropiación, militarización, racismo, contubernio de potencias occidentales y traiciones de los países árabes, sino, también, de la generación de una cultura de la apropiación, de la estigmatización de un pueblo, a través de relatos, mitos, poemas y narraciones. Películas, documentales, obras de teatro, y reels de Instagram. Canciones y bailes. Y es necesario ya, demasiado necesario, atrevernos a escuchar la voz de las víctimas. De las víctimas como son en su real. Es decir, imperfectas.
II. Las voces. Lo que se escucha. La experiencia de las voces aún vivas.
Es lo que registra el otro libro, el que leí primero, Nos rehusamos a ser borrados…editado por Zahid Pranjol y Jacob Norris, pero que ahora introduzco segundo, el que se rebela contra el borramiento y nos permite conversar imaginariamente con la experiencia de jóvenes que tienen menos de la mitad de la edad que yo tengo, cuyos ojos, cuerpos, pelos y piel, han visto la tragedia aconteciendo en su cotidiano, con una intensidad que ni siquiera yo, niña crecida en una dictadura militar latinoamericana de fines del siglo XX, mujer ya de medio siglo, he podido ver.
Voces que muchas veces mientras nuestros ojos acompañan la línea de texto sobre la página, nos recuerdan vibratoriamente que es posible que sean al día de hoy, voces de fantasmas.
Escrituras-experiencia de carnes, huesos y sangres vivas que posiblemente hoy, justo hoy, ya sean cadáveres bajo los escombros del pornourbanicidio de Gaza. Cadáveres para los que desde esta distancia deseo, al menos, como mínimo, una sepultura.
Esas voces son las testigos directas de la pornocarnicería.
Y desde ese ser testigo hacen crónica e incluso conservan un lugar para el hilado de las palabras y la poesía, en donde nos comparten su vivir con la singularidad que solo puede darte el hecho de ser testigo, de estar ahí.
Gestos textuales, a veces en prosa, otras veces en verso, que nos muestran eso que no puede contener la pornografía del reel de Instagram, no tan solo de algunas de las formas más espeluznantes del horror, sino, además, las increíbles formas en que el pueblo palestino crea una y otra vez formas de sostener la vida, sumud, en medio de una tormenta de muerte.
Los ejemplos son cientos: estudiantes universitarios que han seguido estudiando a pesar de que ya no existen universidades, entonces lo han hecho a través de internet; aferramiento a la rebelión y a la esperanza en el próximo festín a pesar del uso del hambre como arma de exterminio; certeza de que la verdad de Gaza será reconocida en el gran relato de la historia, porque lo que está pasando no es un simulacro; conciencia de la pedagogía de la masacre y al acostumbramiento a estas necropolíticas a las que nos quiere llevar occidente, los traidores árabes y un equipo de fútbol de multimillonarios obsesionados con eliminar lo que queda de democracia para poder vivir tranquilos en Marte; la rabia que mantiene en pie; la escritura como posibilidad de señalar la vida:
Alguien me preguntó: ¿Por qué hablas? ¿Por qué escribes?
Porque ellos quieren que muramos en silencio, que
desaparezcamos sin dejar rastro, sin un relato.
Escribimos porque escribir es resistencia.
Compartimos porque el silencio es complicidad. El silencio es un
testigo que miente.
Sí, muchos saben que hay hambruna en Gaza,
pero saber no basta.
No escribimos solo para que el mundo “sepa”.
Escribimos para que nadie pueda pretender que no sabía.
Escribimos para que no puedan mirar hacia otro lado sin sentir culpa.
Escribimos para exponer.
Escribimos para perturbar su comodidad,
para sacudir conciencias dormidas.
Escribimos para que el niño que murió de hambre no sea olvidado.
Para que los hambrientos tengan nombres.
Para que los asesinos sean nombrados también
(“Morimos…tú seguiste deslizando”, de Wissam Yousef, 2026: 198)

III. Estas víctimas están en rebelión.
El libro de Mohamed el-Kurd es un libro escrito con fuego.
Un fuego que hace caer cualquier posibilidad de existencia de la máscara de la hipocresía política, de la hipocresía discursiva, del eufemismo del lenguaje.
Feroz de principio a fin.
No exento de humor. Sí. También. De ese humor que hace caer el cínico y miedoso acuerdo de la sociedad, como cuando el niño en el cuento de Andersen exclama: “El emperador está desnudo”.
En ello destroza categorías que se han normalizado en el relato del despojo palestino y la unilateral guerra de Israel y sus aliados, sobre su tierra y su pueblo.
Cada capítulo es un destapador de los espacios de tus sesos que estaban un poco adormecidos, para hacernos ver porqué es importante, demasiado importante, usar las palabras correctas y no permitir la tergiversación de las narrativas, a propósito de — muchas veces— intenciones bien pensantes respecto de este crimen.
Como el título señala, una de las cuestiones importantes tiene que ver con la cuestión de dejar de pensar a las víctimas palestinas como víctimas perfectas, que solo pueden ser reconocidas en tanto navegan en las aguas de esa perfección, y de la política del encanto.
Algunas de las condiciones que constituyen la creación de la posibilidad de misericordia o quizás de la ascensión a la categoría de humanos para estas víctimas, está vinculado con responder a un patrón, que les habilitaría a ser llorados, lamentados, defendidos, en el mejor de los casos, en donde la víctima perfecta carece de la posibilidad de rebelión. Al revés, asume su destino, como si fuera un buen cristiano, que pone la otra mejilla. Acepta la tragedia y no odia a los enemigos. Habilita al que está en otra vereda a abrir la ventanita de: “era un palestino bueno”, por tanto: “aunque le asesinaron, quizás no merecía la muerte”, porque era bueno. Buenismo que puede estar determinado por otros factores como: tener títulos universitarios: “era profesor de la universidad”; o: “era artista”; o: “tenía pasaporte estadounidense” (situación de Shireen Abu Akle)… pero bondad que siempre, tiene implícita la condición que te podría permitir acceder al algún paraíso: ser un ser carente de rebelión. Por eso, nadie que integre a Hamas puede ser considerado víctima, porque quien defienda a Hamas, o apoye a Hamas o a cualquier otro grupo de resistencia, carece de la condición que le permite acceder a la posibilidad del paraíso.
Entonces, recuerdo una frase que llevo conmigo ya hace un tiempo, cuando pude aproximarme al trabajo del Teatro de la Libertad en Yenín, dicha por uno de sus fundadores Juliano Mer-Khamis (que, entre otros integrantes del grupo, es mencionado también en el libro):
No hay que “curar” a los niños de Yenin. No intentamos “curar” su violencia. Intentamos canalizarla hacia vías más productivas. Y esas vías más productivas no son una alternativa a la resistencia. Lo que hacemos en el teatro no pretende ser un sustituto ni una alternativa a la resistencia de los palestinos en la lucha por la liberación, sino todo lo contrario. Esto debe quedar claro. Sé que no es bueno para recaudar fondos, porque no soy un trabajador social, no soy un buen judío que va a ayudar a los árabes, y no soy un palestino filántropo que viene a dar de comer a los pobres. Nos sumamos, sin lugar a dudas, a la lucha por la liberación del pueblo palestino, que es nuestra lucha de liberación... No somos sanadores. No somos buenos cristianos. Somos luchadores por la libertad (https://thefreedomtheatre.org/who-we-are/).
Y me acuerdo de ello porque el-Kurd también nos deja clara la falacia de la teoría de la víctima perfecta, pues a quien se ha asesinado en Palestina desde la Nakba, hiperintensificada desde 2023, son justamente, también a estas víctimas perfectas.

Categoría, además, de la que se puede ser excluido en cualquier momento, no solo a partir de las decisiones de lucha que puedas tomar, sino, también a propósito de las palabras que uses. Pues lo que se necesita para ser señalado sospechoso, terrorista, un blanco a eliminar, no es solo algo que puede ser detectado por un dron, sino también aquello que puede ser manipulado por el uso de los tropos.
La propuesta del texto nos invita entonces a pensarnos sin el temor a perder esa categoría, a atrevernos a desmantelar el uso eufemístico y falaz del lenguaje, para hacer caer los bastidores de la propaganda, sin caer en la trampa de la identidad.
Ninguna de ellas tareas fáciles.
Todas ellas tareas que implican una pulsión vital atenta y despierta ante los simulacros de la representación, la construcción de realidad y el poder.
A fin de cuentas, la invitación que realiza es a poner en práctica una radical valentía con la emergencia de lo real y el lugar en la realidad de lo que verdaderamente está ocurriendo. Con todo lo que de contradictorio pueda haber a veces en ello.
IV. Irreverencia.
Al final del libro Víctimas perfectas, el-Kurd, señala la importancia que, en todo su sostenimiento de la vida, en Palestina, junto con Palestina, tiene el poder actuar irreverentemente, en medio de todo el dolor, tragedia y confusión. En sus propias palabras, escribe:
Un hombre palestino camina de regreso a casa en zona de guerra. A lo lejos se oyen sirenas y explosiones, y hay un tanque militar apostado frente a su casa. Se acerca el soldado israelí, en el interior del vehículo blindado, para regañarlo: “¿Cuántas veces te he dicho que no aparques el tanque a la puerta de mi casa?”. Aquí, el hombre se ha creado un reino donde el potente Merkava no es más que una molestia irritante, una medida burocrática, como presentar los impuestos. En ese reino, el dominio del soldado no permea la psique, su rifle es solo un juguete, y el gas lacrimógeno en el aire es un perfume nauseabundo de alguien que pasa por ahí.
En otras palabras, la irreverencia es un acto de rechazo dignificador, pues los confinados por el cerco o la prisión pueden emanciparse mentalmente. Para excavar un túnel hay que imaginarlo antes de ponerse a escarbar el suelo. La irreverencia construye una realidad alternativa allí donde la ocupación no es impenetrable y el ocupante no es indeleble. Ni el oficial de policía es omnisciente ni el francotirador omnipresente. Aquí, el sentido simbólico de las barreras militares no se extiende más allá del hormigón tangible. Para el hablante — ya sea el joven activista, el académico o el taxista— la irreverencia no es solo una estrategia retórica, sino una forma de supervivencia y desafío, un terco rechazo de la subyugación psicológica. La irreverencia es el equivalente discursivo de ir con la cabeza bien alta. Me siento agradecido por la oportunidad que tengo de ser frívolo, satirizar y ridiculizar a mis colonos, que tan invencibles parecen; de denigrarlos y desterrarlos de mis monólogos interiores para convertirlos en un chiste.
Sé que el precio de la broma puede ser muy volátil: unas veces es libelo, censura, acoso o incluso arresto; otras veces me sale gratis, y entonces, por muy insólita que sea la jugada, merece la pena. En este reino, la risa se asemeja a la fe en su capacidad de aliviar un poco el dolor de las heridas. Aunque no lo he explorado mucho en este libro, lo cierto es que he hallado consuelo en el humor. He encontrado una herramienta, una forma de movimiento, una vida. Y así como la fe consuela a una madre destrozada prometiéndole que su hijo, asesinado y volado en mil pedazos, en realidad está entero y en un lugar mejor — el cielo de los mártires—, la risa también acerca ese lugar a la tierra.
La elección de ser irreverente en el estrado libera tanto al hablante como a los oyentes, aunque sea por un instante. En la pausa entre una observación sarcástica y la risa, algo sagrado se revela en el inconsciente. El amplio escenario se convierte entonces en un íntimo comedor, y la tragedia de turno, sea la que sea, se vuelve un asunto familiar. El hablante aparta de su mente el prestigio del estrado, desecha el papel que se ha visto obligado a ensayar y proclama lo que le han enseñado a susurrar. Por un momento, el público se implica en el espectáculo, se ve salpicado de imperfecciones, se siente partícipe de la broma. Algo sagrado sucede en el inconsciente: un mundo sin fingimientos donde todos nos miramos a los ojos (165-166).
*El-Kurd, Mohamed; Víctimas perfectas y la política del encanto (trad. Blanca Gago), LOM ediciones, Santiago de Chile, 2026.
*Pranjol, Zahid y Norris, Jacob (eds.) Nos rehusamos a ser borrados. Una antología de resiliencia, duelo e inquebrantable esperanza de estudiantes universitarios de Gaza, LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2026.