Contra la inteligencia y en favor del instinto: La ofensiva anticientífica de Trump y la disputa por el conocimiento, el pensamiento crítico y la libertad de las ideas
Por Grínor Rojo

La actual embestida anticientífica del presidente de Estados Unidos, quien rehúsa ocuparse de los problemas de la salud pública o del medio ambiente, y que no oye, minimiza o hace mofa de las recomendaciones que al respecto le hacen los científicos que se especializan en estos asuntos, puede leerse muy bien bajo una oscura fe irracionalista. Desentendiéndose del consejo de los sabios, Trump emite un discurso con el que descalifica a todos/as aquellos/as que le advierten acerca de los riesgos de una catástrofe ecológica, acusándolos de ser unos falsarios, instigadores de una conspiración colosal. Lo ha dicho en múltiples oportunidades, una de las cuales fue su exposición de septiembre de 2025 en la Asamblea General de las Naciones Unidas, y que repitió después, en la Asamblea del 2026. Dijo en 2025: “En mi opinión, es el peor con job [estafa, timo, engaño] jamás perpetrado contra el mundo” (En línea*). Consecuente con estas palabras, saca Trump a Estados Unidos del Acuerdo de París de 2015, acerca de los efectos del cambio climático y cómo enfrentarlos; también de la OMS, de la UNESCO y de más de treinta de las otras agencias de la ONU, las que directa o indirectamente se ocupan de estos asuntos, a la vez que quita o reduce el financiamiento que al interior de Estados Unidos se destina, o se destinaba, al menos hasta el comienzo de su segundo mandato, a los mismos.
Leo esta información en un artículo del diario español El País: “El Gobierno de Donald Trump ha despedido a los 22 miembros de uno de los principales consejos asesores en temas científicos de la Casa Blanca y el Congreso de Estados Unidos, según han informado varios medios estadounidenses. Se trata del Consejo Nacional de Ciencia (National Science Foundation), uno de los principales financistas de investigación pública del país”. Y continúa el artículo, ahora refiriéndose al financiamiento de forma específica: “Ese organismo fija las principales políticas de la NSF, que maneja un presupuesto anual de unos 9.000 millones de dólares, la mayoría dedicados a financiar proyectos de investigación en universidades y centros de todo el país […] Hasta 274 premios Nobel habían recibido financiamiento de este organismo, incluidos cinco de los ganadores de la útima edición” (El País, 27 de abril de 2026).
Especial inquina es la que Trump manifiesta contra las universidades y, sobre todo, contra aquello que hace que estas merezcan el nombre de tales. Me refiero a la autonomía universitaria, que es la que garantiza que los investigadores puedan hacer su trabajo libremente, poniendo de este modo a la idea racional por sobre el instinto irracional, y hallando así tanto lo que coincide como lo que no coincide con los designios del poder, Esa autonomía universitaria es el primer blanco de las medidas de Trump.
Un artículo anterior al que acabo de citar, este del primer semestre de 2025, publicado por la importante revista Nature, y al que han seguido varios otros en el mismo sentido, daba noticia del impacto que estas medidas están teniendo sobre los productores de conocimiento. Entrega los resultados de una encuesta y son los siguientes: “Los cambios masivos que ha provocado la nueva administración del presidente Donald Trump en la investigación estadounidense están siendo la causa de que muchos científicos repiensen sus vidas y carreras. Más de 1200 científicos respondieron a la encuesta de Nature, y tres cuartos del total de ellos están considerando dejar Estados Unidos debido a las rupturas de Donald Trump. Europa y Canadá estaban en el tope de las selecciones de reubicación. //Esta tendencia aparece particularmente pronunciada entre los investigadores más jóvenes, los que se encuentran en la etapa temprana de sus carreras. De los 690 investigadores de postgrado que respondieron a la encuesta 548 estaban considerando irse; 255 de los 340 estudiantes de doctorado dijeron lo mismo” (Alexandra Witze, Nature, 14 de abril de 2025).
Pero, para no dispersar ni alargar la cuestión, yo voy a hacer aquí un breve repaso de las principales decisiones trumpianas en materia científica: I) el privilegio al financiamiento de los desarrollos tecnológicos por sobre los científicos basales, desde la IA a la computación cuántica y la robótica, y en desmedro, por otra parte, en un claro y hostil desmedro, de las ciencias sociales, las humanidades y las artes; II) la reducción de los fondos tradicionalmente asignados por el gobierno estadounidense a entidades tales como la National Science Foundation, la Environmental Protection Agency y los National Institutes for Health, para no decir nada de la National Endowment for the Humanities y la National Endowment for the Arts, a las que se les suprimieron las grants que otorgaba y se les instaló, como una condición para quienes postulen a ellas en el futuro, la adopción en sus proyectos de una perspectiva conservadora y nacionalista; III) el acercamiento de la investigación científica a las industrias y en general a los agentes privados, una vez más oponiendo las actuaciones de los agentes privados a las de las universitades a las cuales se castiga con una reducción del dinero público que ellas han percibeido hasta ahora acusándolas de ineficiencia, en el mejor de los casos, y de actuaciones sediciosas, en el peor (recuérdense los numerosos conflictos de Trump al respecto); IV) el desfinanciamiento de aquellos proyectos descalificados como de cultura “woke”, de preferencia los que tienen que ver con el cambio climático, con las energías renovables y con la diversidad sexual y racial; V) el debilitamiento, si no es la completa eliminación, del juicio de pares en la selección de los proyectos destinados a recibir financiamiento federal, dejando que ese juicio quede a cargo de evaluadores burocráticos no académicos, los que serán designados autoritariamente; y VI) la guinda de la torta, el cierre de la Secretaría (ministerio) de Educación nacional y el que a la Secretaría de Salud Pública se la haya puesto al mando de Robert F. Kennedy Jr., un individuo que padece de paranoia conspirativa y no cree en las vacunas.
A primera vista, todo eso se puede achacar cómodamente a la incultura del actual presidente de Estados Unidos, que supera de lejos a la de sus predecesores. A la ignorancia supina de un hombre que no lee libros, porque estima que su “instinto” es lo suficientemente certero como para que los libros no le hagan falta. Si nosotros no nos enojamos con tan grande fatuidad, si la sopesamos con humor, encontraremos que se parece mucho a la de aquellos que en otros tiempos negaban el movimiento de la tierra alrededor del sol, porque el movimiento del sol alrededor de la tierra era la evidencia que les estaba demostrando su “instinto” (“I have a natural instinct for science”, “Tengo un instinto natural para la ciencia”, entrevista con la Associated Press del 17 de octubre de 2018), o a la de los que descreían del evolucionismo darwiniano, porque eso no era lo que en la iglesia les habían enseñado. Es decir que, para juzgarla desde una distancia corta, denominándola en su lengua, esta de Trump es la personalidad del ignoramus, pero por desgracia un ignoramus pretencioso inmensamente.
Buscando identificar sus motivaciones profundas, sin embargo, hay los que conectan la actitud antiintelectual del presidente de Estados Unidos con sus actividades empresariales; que aseguran que es ese pragmatismo empresarial el que a él le habría enseñado que, si se exceptúa el financiamiento para unos cuantos servicios selectos, como pudieran ser la seguridad en las calles y por cierto la defensa nacional (o, más bien, la “guerra” del país contra unos “enemigos” que pueden o no ser reales. Yo tengo la sospecha de que la industria de armamentos, que es uno de los pilares de la economía estadounidense contemporánea, tiene mucho que ver con los preparativos de guerra. Se sabe que sus ganancias son exorbitantes, las que ya perciben y que quieren acrecentar, lo que explica la insistencia de Trump a los países de la Unión Europea y de América Latina a que estos aumenten su presupuesto en defensa hasta llegar un 5 por ciento de su PIB), los gastos sociales no son un problema del Estado Federal e incluidos entre esos gastos los que se destinan al cultivo de las ciencias, las humanidades y las artes. En la misma cuerda, se pone además el ojo en la proximidad entre el veto furioso de Trump a la investigación en energías renovables, y sus compromisos con las empresas petroleras, las que, como no es ningún secreto, han respaldado buena parte de su carrera política.
También se nos recuerda que, para todos aquellos que adhieren a esta línea de pensamiento, si el Estado decide invertir en la producción del saber ello podría tener algún sentido solo en el sector de los saberes aplicables y rentables. Las ciencias de base, las humanidades y las artes, que no tienen una aplicación directa o cuya aplicación no reditúa en el corto plazo (y, a veces, nunca), son desechables. Porque, ¿cómo reditúa el que los astrónomos se ganen el sueldo estudiando galaxias que se encuentran a millones de años luz de la tierra, y produciendo de esa manera unos conocimientos que, si es que llegaran a tener utilidad práctica, ello va a ser en un futuro al que ni siquiera podemos imaginar?, ¿Cuánto reditúan las voladas de los matemáticos puros? ¿Y cuánto los libros de poesía? ¿Tendremos que olvidarnos de los astrónomos, de los matemáticos puros y de los poetas?). Horkheimer y Adorno hubiesen detectado en este discurso la apoteosis de la lógica instrumental.
Explicaciones que pueden ser acertadas, pero que a mi juicio no bastan.
Sin descartarlas, porque a la incultura de Trump no hay que ir a buscarla muy lejos, y lo mismo puede decirse de su mentalidad de empresario, así como de los negocios que lo ligan con las petroleras (lo que ha hecho en Venezuela, por ejemplo, donde, con el consentimiento de la presidenta interina, se robó más del 22 por ciento de la totalidad de las reservas nacionales de crudo, calculadas en 65.000 millones de barriles, habiendo hecho que la presidenta firme un contrato con una duración de cien años. Ella ha dicho que solo son veinte…), y que igual cosa se puede decir acerca de su aprecio por los técnomagnates, yo quiero proponer aquí la hipótesis de que su grosería anticientífica y antihumanista no es un capricho; que se la ha visto surgir en otras oportunidades en la historia del mundo y con características similares; que este de Trump no es más que el último episodio en el calendario de los aborrecimientos fascistas a la creación, a la libre circulación y a la amplia difusión de las ideas.
Redivivo, el aborrecimiento de Trump no difiere del de los fascistas de antaño, el del Hitler, quien persiguió a los intelectuales más destacados de su tiempo, por ejemplo, y que es el mismo que ahora desempolvan personajes como Bolsonaro, Milei y varios más. En el Brasil, el presidente Jair Bolsonaro (2018-2022), ofrece un ejemplo notable. Desplegó en ese país el programa “Escola sem partido”, que prohibía el “adoctrinamiento” en las escuelas públicas, persiguiendo policialmente a los profesores que hablaban sobre política en sus clases y premiando a los estudiantes que los delataban. Por cierto, la verdadera finalidad de ese programa presidencial era impedir que los brasileños se educaran en esos temas, que adquirieran un conocimiento informado acerca de la marcha de los asuntos públicos e intervinieran así, eficazmente, en la vida de su país. Los resultados están hoy a la vista.
De modo que no se trata de un simple antojo. Como para Bolsonaro, para los fascistas en general constituye una necesidad de sus gobiernos desautorizar la creación y la propagación de un saber que ellos perciben correctamente que actúa o que tiene la capacidad para actuar en su menoscabo, que ese es un saber que les es contrario y simplemente porque es un saber y no una creencia. Y por eso la crítica no es una actividad bienvenida por ellos. Deciden entonces evitar que cualquier hijo de vecino se sienta con el derecho a descubrir una verdad alternativa a la suya, de encontrarla, usarla y diseminarla sin restricciones. Una educación segregada, en la que existan colegios privados y de excelencia para los jóvenes ricos, y colegios públicos y de indecencia para los jóvenes pobres, colabora en la solución de este problema a las mil maravillas.

El fascismo no puede tolerar, el acceso del ciudadano común a la verdad del mundo, a la demostrable y demostrada, es decir que no puede tolerar una crítica racional que desafíe a la suya hechiza. Como no es capaz de responder en un debate de ideas, segrega, prohíbe y persigue. Es un antiintelectualismo palurdo, de acuerdo, pero no inmotivado. Está al servicio de un objetivo preciso, constituye una estación importante al interior de una estrategia de tiro más largo y cuya meta consiste en el despojo a los ciudadanos de su condición de tales, para construir de esa manera la sociedad fascista ideal, la del Orden, una que ya no esté sujeta a las preferencias de los ciudadanos. Pero procurando siempre que sean esos ciudadanos/as mismos/as los/las que eligen este camino y perpetran el despojo, que sea ellos/ellas los que renuncian voluntariamente al derecho de ciudadanía, porque se habrán convencido de que no son capaces de protagonizar acciones valiosas, acreditadas y responsables.
No, en consecuencia, a las inteligencias despiertas, a las de aquellos/as que no solo saben, sino que saben usar lo que saben, y que por esto pueden exigirles a quienes gobiernan la justificación de sus actos. Tratar de que eso no ocurra, procurar contenerlo, en especial mediante la educación y los medios comunicacionales, está, lo repito, en el ADN de la dogmática fascista.
Me parece así que, sabedor o no de ese legado, las decisiones de Donald Trump, que como hemos visto bloquean o constriñen el desarrollo de un conocimiento científico, se ciñen a un canon, y lo que a nosotros tendría que interesarnos más no es por lo tanto el individuo Trump, sino su sujeción a los dictámenes de ese canon. La de Trump es la actitud de un jefe de gobierno contemporáneo que, como lo hicieron otros autócratas que lo precedieron, ha optado por un habitante de la ciudad al que se le han cortado las alas, mismas que le habían sido otorgadas por el pensamiento emancipador a partir de las revoluciones democrático-burguesas de los siglos XVII y XVIII.
Y esto no es por un capricho, sino porque para los fascistas el orden social debe organizarse como él es “naturalmente”. Compuesto por superiores, inferiores e indeseables. Entienden los fascistas que sus prójimos son nada más que próximos, y que esos próximos son una muchedumbre indistinta que solo está ahí. Y a esa muchedumbre no hay por qué darle explicaciones, ni menos se le puede permitir que se las dé a ella misma, puesto que pensar y decidir no son actividades que le conciernan y, peor aún, son actividades con las cuales podría subvertirse. La educación que la muchedumbre recibe ha de reducirse al adiestramiento de quienes las integran cuando a estos/as se los/las especializa en alguna rutina que les permite ganarse la vida.
Víctimas de un esfuerzo de convencimiento, que algunas veces se habrá servido de los instrumentos de la manipulación mediática y en otras de la fuerza bruta (Hannah Arendt consideraba que la segunda metodología antecedía siempre a la primera durante el despliegue de un proyecto de intención totalitaria), y que habrá sido de mayor o menor potencia según hayan sido las capacidades de quienes resisten, esa muchedumbre habrá concedido definitivamente que el conocimiento en profundidad no es un bien que sea para ella también, que no es un derecho que esté disponible para todos/as, sino un privilegio que se distribuye proporcional y jerárquicamente. Es más: que el conocimiento en profundidad está reservado para muy pocos, para los jefes desde luego, y no por una decisión popular sino porque ellos son jefes.
Y agrego una última observación: en las sociedades periféricas, como ocurre con la nuestra, la acusación de “improductividad” con la que suele desestimarse al conocimiento basal, es decir al que no es meramente tecnológico y de rédito rápido (“A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”… he ahí una cita textual de la primera de las autoridades chilenas …), es todavía peor. El raciocinio de quienes en países como Chile eliminan o reducen el apoyo del Estado a esta forma de conocimiento es que en tales sociedades el gasto para investigar en ciencias básicas es un lujo o que, dicho en general y francamente, que la creación de un saber sofisticado de cualquier laya que este sea es plata tirada. Piénsese solo en lo que significa que el gasto chileno en investigación y desarrollo haya bajado del 0,41 por ciento del PIB, en el presupuesto de 2026, al 0,34 por ciento, en el presupuesto que se proyecta para 2027, eso comparado con el de la pequeña Finlandia que es del 3,22 por ciento.
Como consecuencia de este raciocinio menospreciante de nuestra inteligencia (y, de paso, también de nuestra “competitividad” en el mercado, lo que según suelen predicar ellos mismos debiera importarnos sobremanera), o sea de lo que estaríamos capacitados para hacer los trabajadores de segunda fila que se nos ha dicho que somos, tiene que concentrarse en lo único que está a nuestro alcance, en la producción de materias primas y alimentos.
De ahí arranca el papel, también este de segunda fila, que el país en que habitamos está llamado desempeñar en el mundo y a lo que más vale acostumbrarse. Con suerte, quizás podamos los chilenos producir bienes elaborados de baja complejidad o las técnicas o una parte de las técnicas que se utilizan para la explotación de nuestros recursos naturales. Al menos esto piensa la ministra chilena del ramo, si yo leo correctamente sus explicaciones. Si necesitáramos más que eso, si es que llegáramos a necesitar más que eso, lo que no parece probable, podríamos comprarlo con lo que deja la exportación de nuestras commodities. Que este es un discurso idiota, que elaborar políticas públicas a partir de estos supuestos es de una torpeza impresentable, no hay ni qué argumentarlo.
Nota la pie:
- Es interesante que Trump reincida en esta acusación de estafa contra aquellos que recientemente le advierten acerca de los peligros de la inteligencia artificial y la necesidad de su regulación. Oponiéndose a cualquier regulación empresarial, incluso si, como en este caso, son los propios empresarios los que se la recomiendan, Trump opina que él personalmente, haciendo uso de su altísimo IQ, va a ser el mejor regulador.