La manipulación

Por Grínor Rojo

En la tercera de las acepciones que da en su definición del verbo “manipular”, la RAE dice que en nuestra lengua este significa “intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”. Más claro, echarle agua. 

Así, si nosotros damos por bueno este tercer significado de la defición de la Real Academia, tendremos que reconocer que la manipulación consiste en una “distorsión” de algo que es noble (o al menos decente) de suyo. Y, en el análisis sintáctico correspondiente, diremos que se trata de una actividad en la cual participan (1) un sujeto que tiene malas intenciones; (2) un verbo que nombra la práctica mañosa; (3) un complemento directo, que es el personaje sobre el cual se descargan las malas intenciones del verbo y cuya identidad desconocemos; y (4) un complemento indirecto, que son unos “intereses particulares”, los de los beneficiados con esta maniobra, a los que tampoco se identifica, pero están implícitos.

Políticamente, el sujeto del cual estamos hablando incluye a por lo menos un sector de los individuos que se disputan el poder en la esfera pública y, más precisamente, a los especialistas en manipular voluntades, a los que se contrata para que ellos ayuden a los contratantes a que sus aspiraciones se cumplan. Estos últimos son los protagonistas intelectuales de la acción y los otros los encargados materiales de realizarla. Si nos fijamos de nuevo en la tercera acepción de la RAE, constituyen un personal “hábil” y “artero” (artero “a veces”, dice la RAE pudorosamente), que actúa con el admitido propósito de “distorsionar” la “verdad” o la “justicia”. Y distorsionar, según la misma RAE, significa “torcer”, que es la primera acepción de este otro verbo; también significa una “deformación de imágenes, sonidos, señales, etc.. producida en su transmisión o reproduccion”, segunda acepción; y, finalmente, significa la “acción de desequilibrar la disposición de figuras en general o de elementos artísticos o interpretar hechos, intenciones, etc., deformándolos de modo intencionado”. Hay una cuarta acepción, pero no viene al caso. 

En cuanto a los medios a través de los cuales el verbo manipular lleva cabo su trabajo, aunque son muchos y pueden variar, el segundo significado de la Academia da a entender que se está aludiendo a recursos de “transmisión” y “reproducción”, o sea, a los mecanismos comunicacionales. Ellos son los brazos del verbo manipular. La escena final pertenece, por supuesto, al complemento indirecto, y en ella figuran aquellos/as para cuyo beneficio el operativo de manipulacion se está realizando.

Ahora bien, en política no se manipula solo para entrener a los manipulados. Aunque sea verdad que en política la manipulación adopta con frecuencia la forma del espectáculo, este es un medio y no un fin. Joseph Goebbels lo sabía mejor que nadie. Los espectáculos que él ponía en escena eran grandiosos, pero su principal objetivo no era darles a los asistentes en la vena del gusto. Su principal objetivo era disimular y legitimar en la conciencia del público alemán las atrocidades del nazismo, encendiendo emocionalmente a ese público con el brillo monumental del show, y convirtiéndolo de ese modo en un cómplice del horror. Con este mecanismo el ministro de propaganda de Hitler manipulaba las decisiones del pueblo, esto es, distorsionaba, torcía, deformaba la realidad que los/las ciudadanos/as estaban percibiendo al transformarla en un derroche de delirios patrióticos. Ese pueblo era el complemento directo, era el destinatario de la manipulación. Y lo que Goebbels se había propuesto no era entretenerlo, sino deslumbrarlo para lograr de ese modo un consentimiento cuyo resultado fue una guerra que dejó en Alemania más de cinco millones de muertos.  

Hoy los fascistas están de regreso allá y aquí. Son los nacionalistas que no hallan la hora de entregarles las riquezas del país a las transnacionales; son los patriotas que aseguran que van a defender la soberanía nacional con sus propias vidas, pero firman cuanta concesión de soberanía les exige el imperio; son los libertarios que reivindican a la dictadura; y son los populistas que desprecian al pueblo. ¿Paradójico? Para nada, ya que se trata en todos estos casos de una manipulación oximorónica, de una de esas contradicciones que no lo son, que nada más lo parecen, que le encantaban a Borges, y que se difuminan apenas uno las escarba y demuestra que se trata solo de una treta embaucadora, de una maniobra insidiosa, y que es aún más efectiva en estos tiempos en los que las manipulaciones se llevan a cabo con las herramientas de la tecnología digital.

Y hay especialistas dedicados a esta materia. Uno de ellos es un tal Fernando Cerimedo, de moda hasta hace poco en los noticieros. Es un ciudadano argentino al que metieron preso en Bolivia por haber contratado a unos sicarios para que le asesinan a la mujer. Eso solo nos da su estatura. El hecho es que se sabe que este personaje intervino en la elección que Jair Bolsonaro perdió en Brasil contra Lula da Silva en 2022 (después de la derrota, Cerimedo fue quien orquestó una acusación de fraude, la que derivó finalmente en los preparativos para un intento de golpe de Estado, por el que a Bolsonaro le dieron 27 años y tres días y se encuentra ahora en prisión… domiciliaria), en la de Javier Milei en la Argentina, en la de Nasry Asfura en Honduras y en la de Rodrigo Paz de Bolivia. Esto significa que l actuación de Cerimedo ha sido un factor de peso en varias de las recientes victorias electorales del neofascismo hemisférico. En Chile, se sabe que asesoró a los partidarios del rechazo al proyecto constitucional de 2022, también es vox populi que mantiene contactos con algunos de los funcionarios del gobierno de Kast y, aunque no está claro todavía, es muy posible que haya participado también en su elección. Admite Cerimedo abiertamente que él hace “campañas negativas”, esto es, campañas destinadas a desprestigiar al enemigo, y se jacta de haber puesto de esa manera en la silla a unos cuantos presidentes latinoamericanos. 

Le gusta a este Cerimedo que lo consideren un consultor publicitario o, lo que es más elegante, un “estratega digital”. Es o fue dueño en Buenos Aires de una empresa publicitaria, Numen, de un “portal de noticias”, La Derecha Diario, y de una academia de marketing (Milei dio clases ahí alguna vez). Por consiguiente, es un empresario activo en el rubro de las comunicaciones. Por lo que he podido averiguar, posee una educación mediocre (fue taxista en Buenos Aires, pero asegura haber estudiado en Harvard, donde habría sido compañero de Flavio Bolsonaro, pero ninguno de estos dos nombres aparece en los registros oficiales de la afamada institución) y posee ciertos conocimientos tecnológicos, pero por sobre todo es el propietario de una astucia y una falta de escrúpulos descomunales. Su área específica de trabajo es el convencimiento de las personas, la manipulación de sus convicciones, a las que presume que puede cambiar con comodidad, ya que a él mismo su experiencia la ha demostrado que carecer de convicciones no constituye un gran problema. 

Y esa es su especialidad. Cerimedo pone y saca convicciones de la cabeza de los destinatarios de sus maniobras como se ponen y se sacan sombreros. El territorio de su actividad se encuentra mapeado desde ya. Es un territorio donde se practica el deepfake (la “falsificación en profundidad), lo que se logra por medio de un procedimiento en dos etapas: primero el microtargeting (la detección individualizada y microscópica del/los objetivo/as) y luego el recurso a las “granjas de bots”, las que en el campo de las comunicaciones digitales se definen como unos “cultivos” de cuentas falsas a las que se simula que son cuentas de personas reales, y con las que se bombardea la red, “inundándola de mierda” (la famosa frase de Steve Bannon). Por cierto, la inteligencia artificial (IA) es la herramienta perfecta para este procedimiento. Se trata de llegar al destinatario, manipularlo y persuadirlo. Desprestigiando para ello al oponente y, más menudo, enlodándolo, ofreciéndole al destinatario una mejor “choice”, la del político (o quien sea) que pagó por la campaña. 

Con todo, Cerimedo es un pez chico en una piscina en la que nadan tiburones enormes. Cualquiera sea su destino final, una sucia cárcel boliviana o el regreso a la prosperidad de sus negocios bonaerenses y latinoamericanos at large (lo más probable es que ocurra lo segundo), el escándalo que ha causado, que en sí mismo es olvidable, solo es importante porque nos ayuda a sacar unas pocas conclusiones. 

La primera de estas conclusiones es que no cabe duda de que en la historia de las fábricas del consentimiento ha tenido lugar, contemporáneamente, una revolución. Quienes se dedican hoy a estos menesteres disponen de un instrumental que supera a todo cuanto se conoció en el pasado al respecto. No es esta una revolución cuantitativa, en consecuencia. No se trata de un mejoramiento de aparatos homólogos, y cuyo rendimiento se habría elevado un poco o un mucho. Es una revolución cualitativa, que introduce en el campo máquinas que son esencialmente otras. Además de su potencial inédito, estas máquinas son fáciles de operar y más fáciles aún de recepcionar. En un mundo en el que los teléfonos celulares han desplazado a los demás dispositivos de recepción de mensajes, donde no tener un celular en el bolsillo es lo mismo que ser un cavernícola, los “bots” hacen, por supuesto, una espléndida cosecha.

En segundo lugar, las nuevas tecnologías de la comunicación operan en el supuesto de que la voluntad ciudadana esta hecha de convicciones de papel, que carecen de mínima solidez y a las que por ende se pueden torcer y retorcer cuantas veces sea conveniente. De esa manera es como se consigue que el ciudadano común se pronuncie y se conduzca no guiado por una “verdad” y una “justicia” a las cuales se habrá descartado como preocupaciones abstractas y despreciables, sino de acuerdo con las pautas que el manipulador le señala. No es este un supuesto nuevo, por cierto. Mi cita favorita sobre el particular es la de los viejos políticos de balcón y cadena nacional, aquellos que con el micrófono en una mano y con la otra en el pecho les ofrecían su corazón a los engatusados, prometiéndoles el oro y el moro. En aquellos tiempos los que intervenían en la operación manipuladora eran ese personaje pintoresco, a menudo de oratoria fluida y florida, y un dispositivo radial y/o telemático más o menos confiable. 

Hoy, en estos tiempos de la manipulación digital, no hay un espectáculo a la vista y en la operación intervienen un operador que se mantiene en la sombra, y miles de dispositivos que simulan a otros miles de personas que supuestamente emiten los mensajes y que también supuestamente tienen los mismos intereses del destinatario, que son tan buenos ciudadanos como él y que lo/la están contactando para su bien. Para informarle acerca de algo que él/ella debe saber, antes de tomar cualquier decisión, la que sea, porque lo que él/ella está pensando no es lo que es. Por ejemplo, debe saber que el candidato por el que él/ella ha considerado votar en la próxima elección es un canalla o que la candidata que le interesa es una fulana que sufre de Alzheimer. Nada más democrático.

En tercer lugar, como dije arriba, existen expertos en el uso de estos recursos, y Cerimedo es solo uno y quizás no el peor. Tales expertos le ofrecen sus servicios al interesado y este los contrata para que ellos hagan para él lo que saben hacer; luego se van, y no es improbable que se vayan a servir a aquellos contra los cuales intrigaron recientemente. Al fin y al cabo, todo esto se reduce a un asunto de plata y lo que se vende y se compra son conciencias. El que tiene más plata contrata al mejor manipulador de conciencias. Contrata al que se destaca en el oficio porque es el propietario de una buena “granja de bots”, tiene el mejor instrumental de microtargeting y es capaz de producir los deepfakes más contundentes. Y, claro, usted sabe, tan bien como yo, de quién es el bolsillo de donde sale el dinero para pagar por estos servicios de desinformación, aunque el que posee el dinero y el operador al que se le paga no muestren sus caras jamás. La única cara que el hombre o la mujer del complemento directo imagina (puede que hasta la escuche), pero a la que nunca verá, es la cara que no es cara: la de la cuenta fantasma que simula a aquel vecino buena persona, el que le habló en el celular y le recomendó que no se dejase seducir por canallas y por enfermas mentales, advirtiéndole que era él quien, compartiendo sus mismos intereses, le estaba contando la firme.

Cuatro, si ahora tenemos en cuenta que el prototipo humano del fascismo es el no-ciudadano, esto es, un personaje que no aspira a saber, ni menos aún a hacer aquello que no es de su incumbencia, la manipulación digital es un anillo perfecto para este dedo. El ideal del fascismo es una sociedad jerárquica, antidemocrática por definición. En ella los humanos se dividen entre superiores, inferiores e indeseables. Mandan los superiores, obedecen los inferiores y a los indeseables (indios, judíos, árabes gazatíes, migrantes u otros, según sea lo apropiado para el escenario histórico respectivo) se los elimina o se los reduce, todo ello con el beneplácito, es claro, de los inferiores. Así es como los superiores les garantizan a los inferiores su “seguridad” y estos les retribuyen esa garantía odiando visceralmente a quienes les han enseñado que deben odiar.

Y para instalar una sociedad como esa, existen dos y solo dos procedimientos. O se procede a la instalación haciendo uso de la fuerza bruta o ello se logra por medio de la manipulación. Hanna Arendt creía que el fascismo los necesitaba a los dos, pero en su opinión la fuerza bruta era la que iba a la cabeza. Es decir que desde el punto de vista de Arendt primero se daba el gran mazazo, con el que se diseminaba el terror, y que desde los temblores que el terror causaba en el público era desde donde se construía luego el convencimiento, la convicción del aterrado de que para conservar su salud era mucho mejor hacerse el leso. 

Yo, por mi parte, tengo la impresión de que en el espacio público contemporáneo ese orden se ha invertido, que, como una consecuencia necesaria del salto en las tecnologías de las comunicaciones, la manipulación ocupa hoy el primer lugar. Manipular conciencias con el fin de persuadirlas es hoy más fácil y más rendidor de lo que era hasta ayer, cuesta menos introducirse en la cabeza del otro, coartar su libertad y coaccionar su autonomía. En cualquier caso, si la manipulación no da los resultados que se esperan, la fuerza siempre estará disponible.

Cinco, la tecnología de marras está en un proceso de constante perfeccionamiento. El presente es el de la inteligencia artificial y sus múltiples ramificaciones, como todos sabemos (por ejemplo, la robótica y la IA cuántica), y frente a estas capacidades de IA de las Big Tech, las de la granjita de Cerimedo no son más grandes que las de un modesto taller. 

Cerimedo y su taller de barrio latinoamericano constituyen apenas un síntoma doméstico de lo que, como una tremenda avalancha, se nos está viniendo encima y cuyas proyecciones son universales. Es la llegada a nuestras playas de la “sociedad del control”, la que sucede a la sociedad “disciplinaria” que tanto obsesionaba a Foucault y cuya gran metáfora era el “panóptico”. Esta otra, la “del control”, sería la que le sigue y su teorizador fue Gilles Deleuze. Recuérdese además que una imagen de este tipo de sociedad la habían anticipado Huxley, Orwell, Bradbury, Atwood y algunos otros de los buenos narradores del siglo XX. En ella la figura del ciudadano desaparece, no existe el derecho popular a la soberanía y la prioridad de “lo político” deja de funcionar, cediéndole su lugar a la prioridad de “lo identitario”, de la que disponen únicamente los miembros certificados del club. Para eso, las máquinas de la IA son inmejorables, no hay otras que las superen. 

Sexto y final: en estas condiciones, unirnos para bregar por la devolución a los ciudadanos del poder sobre sus personas constituye un deber primordial de los progresistas. Pero renegar de y/o intentar embridar las nuevas tecnologías comunicacionales no me parece que sea la mejor estrategia, y simplemente porque si esas tecnologías ya están disponibles alguien va a usarlas más temprano que tarde. En el mejor de los casos, podría regulárselas tácticamente (es lo que Lula y los de la Unión Europea están intentando y está bien), pero no mucho más. En cambio, yo creo que el progresismo tendría que pertrecharse él y por sí mismo con el nuevo repertorio tecnológico, y que tendría que proponerse controlarlo no táctica sino estratégicamente, por medio de un pacto internacional parecido a o mejor que el que se fraguó y funcionó durante la Guerra Fría respecto de la energía nuclear. Pero no para su consumo, para reproducir, con buenas intenciones, las manipulaciones nefandas del neofacismo, sino para distribuir este conocimiento democráticamente. No para manipular sino para desmanipular o, mejor aún, para que los/las ciudadanos/as se sacudan de la manipulación ellos/ellas mismos/as, para que despierten de sus miedos, para que los temerosos dialoguen y se activen, para que los jóvenes conversen y discutan, para que no se sigan haciendo los lesos. Obvio que también es necesario ocuparse del bienestar material de las personas, de que estas coman bien, de que tengan una vivienda decente, de que su salud esté protegida y de que el narcotraficante de la esquina no les corrompa los chiquillos. Pero tan importante como eso, y tal vez más importante que eso, es luchar para que esos vecinos nuestros vuelvan a ser los ciudadanos enteros que la cultura de la modernidad quiso que fueran, para que recobren sus derechos soberanos y produzcan con eso una democracia robusta en la que primen los auténticos valores de verdad y la justicia. Conseguir que esto suceda es el deber progresista de hoy. Si no se lo asume, estamos jodidos.