Juan Guzmán: una vida frente al deber de la justicia
Por Nancy Nicholls L.
Presentación de Juan sin miedo. Juan Guzmán Tapia, el Juez que procesó a Pinochet de Julia Guzmán Guatine (compilación y edición) y Patricia Albornoz Guzmán y Sandra Guzmán Guatine (colaboración) LOM, 2026.

El libro está dividido en dos partes, además de la presentación y la introducción, escrita por su hija Julia Guzmán. La primera reúne 23 recuerdos de diversas personas cuyas vidas se cruzaron con la del juez Guzmán con motivo de los roles y ocupaciones que tuvieron, y la segunda está constituida por siete artículos escritos por personas que también lo conocieron, las cuales aportan datos biográficos, pero además incluyen reflexiones desde la historia y el derecho, que sitúan la labor del juez en un contexto histórico y jurídico amplio.
Quisiera comenzar esta presentación señalando que el libro me cautivó desde sus primeras páginas, primero porque, como lo describe Julia Guzmán, constituye una suerte de mosaico en el que una polifonía de voces actúa como fragmentos que terminan por constituir un todo. Abogados, detectives, médicos, cineastas y defensores de los derechos humanos testimonian desde sus respectivas veredas sobre sus encuentros con el juez, lo que permite una visión en el largo tiempo de su vida como tal, pero también como amigo en los momentos en que desprovisto de su toga y birrete, fue un hombre capaz de reírse y de maravillarse. Junto al horror y al dolor que puede causar en las y los lectores conocer las formas aberrantes de represión que Juan Guzmán debió investigar, se despliega en Juan sin miedo el recorrido honesto que hizo desde la incredulidad de la ocurrencia de la violación a los derechos humanos por agentes del Estado dictatorial a su reconocimiento más absoluto. Como recuerda Elizabeth Farnsworth, en este recorrido se enfrentó a la imposibilidad de comprender el mal y la perversidad que animó a los perpetradores a cometer sus crímenes. “¿Qué razón habría para asesinarlos? No lo puedo entender” dijo Guzmán a Elizabeth y a Patricio Lanfranco luego de que se reconstruyera el esqueleto exhumado de Manuel Francisco Donoso y se encontrara un orificio en su cráneo causado por un disparo. Refiriéndose a él y otros ejecutados, el juez continúa: “no eran terroristas. Ellos eran funcionarios públicos y miembros de los partidos de Allende”. Destaco esta amplitud de criterio, así como la apertura mental del juez Guzmán, que mostró desde el inicio de sus investigaciones judiciales. La destaco porque es una cualidad poco común que revela su disposición a investigar para llegar a la verdad de lo ocurrido, más allá de su inclinación política del momento y de que esa verdad mostrara que debía correr el límite de lo que él consideraba posible o incluso imaginable. Creo que está bastante extendida una actitud que tiende a subordinar los hechos a ideas preconcebidas, de modo que estos no se ven de manera crítica; lo fáctico se pasa por alto para no enfrentarlo y correr el riesgo de que aquello en que creemos se desarme estrepitosamente. El juez Guzmán no optó por este camino; se enfrentó a la perturbadora evidencia de lo ocurrido y asumió el cambio, el giro en 180 grados, que probablemente significó en su vida arrostrar la aberrante violación de los derechos humanos cometida por la dictadura de Pinochet. Escribe Caroline Edelstam: “tengo una profunda admiración por las personas que tienen el coraje de cambiar de opinión y actuar en coherencia con la brújula más íntima de su alma”. Mientras leía el libro pensé en Vidas Paralelas, la obra clásica de Plutarco escrita hacia fines del siglo I y principios del siglo I de nuestra era, en que el autor expone biografías de personajes ilustres -tanto griegos como romanos- en una suerte de yuxtaposición de parejas susceptibles de ser comparadas. Pensé en este libro porque el propósito del autor griego fue mostrar a las generaciones jóvenes de su época las cualidades espirituales y morales de los personajes del pasado escogidos en su libro, sin restar espacio a la complejidad humana, como una forma de alentarlas a extraer lecciones de su comportamiento ético y de su liderazgo en el espacio público.
Quienes escriben sus recuerdos en este libro que comentamos hoy hablan de una amplia gama de cualidades del juez Guzmán: su consecuencia ética, su valentía, su empatía, calidez y generosidad. También se refieren a su ecuanimidad, humanidad y a su capacidad de escuchar. Quisiera detenerme un momento en esto último. “Era un hombre que sabía escuchar, que deseaba saber y entender lo que había pasado con Pedro y los muchachos asesinados” rememora José Bravo Aguilera a propósito de su declaración ante el juez sobre el caso Caravana de la Muerte en Valdivia, y específicamente sobre Pedro Barría Ordóñez, ejecutado en octubre de 1973. La escucha ha sido un anhelo profundo de las víctimas de violación a los derechos humanos. Lo ha sido históricamente en otras latitudes, en otros tiempos, en relación con otros crímenes de lesa humanidad o genocidios. Lo fue, por ejemplo, para los sobrevivientes del Holocausto, como testimonia una mujer que señaló en una entrevista: “queríamos sobrevivir para vivir un día después de Hitler y así poder contar nuestra historia” * . Pero, así como ha sido un anhelo, sabemos que la capacidad de oír ha sido muy limitada. Pueden dar testimonio de ello las mujeres que muy temprano en dictadura conformaron la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Mónica Monsalve, presidenta de la Corporación Memorial Cerro Chena realizó una visita en el año 2024 a estudiantes de Licenciatura en Historia de la Universidad Católica de Chile que estaban investigando los casos de detenidos desaparecidos y ejecutados del Cerro Chena. En esa oportunidad, Mónica comentó que era la primera vez que había sido invitada, y que por lo tanto asistía, a una universidad con el fin de testimoniar no sólo de su búsqueda personal, sino también de la de todos aquellos que ella representaba. En su relato, en esa ocasión, dio cuenta precisamente del clamor que ha realizado frente al Estado y cómo por años se topó con la indiferencia y el desprecio más absoluto. Al escuchar a las personas que han sido víctimas de crímenes abominables cometidos por el Estado entre 1973 y 1990 -la escucha empática como la del juez Guzmán- las víctimas y sus familiares son dignificados. La verdad resultante de la escucha restituye sus nombres denigrados por los agentes represores, quienes solían referirse a ellos como “extremistas” y “terroristas”. Pero también repara, como ha sido estudiado por Cornejo, Rojas y Mendoza**, quienes proponen el concepto de “cadena de la escucha” como un dispositivo que logra romper el silencio y la privatización del trauma o la sensación de que se ha vivido una historia traumática que no puede compartirse. Un aspecto interesante tanto de las semblanzas como de los artículos que componen este libro son las reflexiones que apuntan a la humanidad del juez Guzmán. Por ejemplo, pensar sobre la soledad que debe enfrentar un juez, sobre todo ante las decisiones claves que debe tomar durante los procesos, y que no fue una vivencia ajena a Juan Guzmán, quien además enfrentó amenazas, amedrentamientos y presiones públicas desde el momento en que decidió procesar a Pinochet. Me conmovió la reflexión de Pablo Ruiz Tagle, que alude a las emociones, en particular al miedo, el cual siendo parte de la condición humana, tiende a negarse en el caso de un juez cuya figura suele verse públicamente como la de alguien ajeno a toda reacción emocional. Ruiz Tagle se pregunta por los miedos que seguramente tuvo que enfrentar el juez Guzmán y cómo los habría superado con coraje.

Julia Guzmán Wattine y su padre Juan Guzmán Tapia en Santiago, Chile.
Cristóbal Venegas
Conecto entonces estas semblanzas y artículos sobre el juez Guzmán, con las Vidas Paralelas de Plutarco, pese a la gran distancia temporal e histórica que los separa, porque lo que generó en mí la lectura de Juan sin miedo fue estar frente a un personaje histórico excepcional, que marcó la vida de otros, un personaje que inspiró, motivó y emocionó y que lo continúa haciendo.
Mientras leía también pensé en el concepto del héroe, y si era posible aplicarlo al juez Guzmán. La figura del héroe -los héroes en la historia- ha sido estudiada desde diferentes ámbitos de la disciplina de las Ciencias Sociales y las Humanidades. En ocasiones se trata de una construcción donde la imaginación, la ideología y la necesidad de legitimar un evento o un proceso histórico desdibujan los contornos reales de esas figuras que son consideradas héroes, de modo que en algunas ocasiones estas se acercan más a la invención que a la representación. Junto con decir esto, pienso y evoco en mi experiencia como profesora, un curso en la universidad que trataba sobre las figuras heroicas, así como las de las víctimas. En el aula debatimos sobre la necesidad de héroes en nuestras vidas, porque son ellos o ellas quienes nos alientan e inspiran en nuestras luchas cotidianas, son referentes también en nuestros horizontes de vida más amplios, más profundos. Sugiero, en este sentido, una relación entre la figura del juez Guzmán y la del héroe, en lo que aquel tiene de referente ético e inspiración.
Finalmente, quiero referirme al legado que han dejado los miles de páginas de los expedientes judiciales de los casos que llevó Juan Guzmán. Sandro Gaete, prefecto de la PDI en retiro, finaliza su semblanza del juez puntualizando que los expedientes judiciales permanecieron “como testimonio histórico para ser leído, estudiado y difundido por las nuevas generaciones”. Coincido plenamente con dicha afirmación y fue una idea que me estuvo rondando desde que comencé la lectura del libro porque coincidentemente el semestre recién pasado dicté un curso en la universidad, en el cual las y los estudiantes investigaron y trazaron trayectorias de desaparición forzada correspondientes a los episodios denominados Chihuío, Mulchén y Liquiñe en el sur de Chile. Las fuentes principales en este trabajo fueron los expedientes de los casos llevados en gran medida por el juez Guzmán. A través del conjunto de pericias y diligencias que ordenó y realizó el juez, y sobre todo de los testimonios de testigos, familiares y perpetradores, se pudieron trazar las trayectorias. Las y los estudiantes lograron hacer inferencias que sugieren de una manera plausible y en un nivel hipotético, qué ocurrió en los espacios y tiempos de vacíos de estos recorridos que llevaron a la desaparición. Además, al tratarse de varios episodios que involucraron por ende un gran despliegue represivo se pudo observar cómo funcionó la maquinaria represiva post golpe en la zona sur, específicamente en el Complejo Forestal y Maderero Panguipulli, develando las funciones de los victimarios, es decir, el rol que tuvo el Ejército, Carabineros (sobre todo en comisarías y retenes a nivel local), conscriptos y cómplices civiles de la zona. Y algo que impactó al curso fue leer sobre las formas aberrantes alejadas del más mínimo sentido de humanidad, en que las víctimas fueron detenidas y hechas desaparecer. Carlos Castresana en su artículo titulado Un hombre bueno afirma: “La justicia importa. La verdad establecida en una sentencia judicial parece más verdad”. A través de los expedientes se ha establecido una base fáctica innegable de veracidad jurídica que es fundamental para la reconstrucción histórica de lo sucedido en dictadura y que, frente a la revitalización de la expresión pública del negacionismo, es un dispositivo necesario y oportuno. Quiero agradecer a Julia Guzmán, a Patricia Albornoz y a Sandra Guzmán por este libro que invito a leer para que puedan inspirarse y emocionarse como me ocurrió a mí.
* En Shoshana Felman y Dori Laub. Testimony. Crises of Witnessing in Literature, Psychoanalysis, and History (New York: Routledge, 1992), p. 78.
** Marcela Cornejo, Rodrigo Rojas y Francisca Mendoza, “From Testimony to Life Story: The Experience of Professionals in the Chilean National Commission on Political Imprisonment and Torture”. Peace and Conflict: Journal of Peace Psychology, 15, nº 2, (2009):111-133, http://dx.doi.org/10.1080/10781910802603450.