Van Gogh pintando a King Kong, de Roberto Fuentes

Por Francisco Ortega (Texto leído en la Presentación del libro)

En King Kong, la película de 1933, hay una escena que casi todos recordamos aunque no la hayamos visto: un gorila gigante trepado en la punta más alta del edificio Empire State, aferrado a algo diminuto y frágil, mientras el cielo entero —representado por unos biplanos de guerra— le dispara. Lo que nunca terminamos de mirar bien en esa escena es que Kong no está atacando. Está protegiendo. Todo ese despliegue de fuerza bruta, esa monstruosidad que asusta a la ciudad entera, existe únicamente para sostener algo pequeño que podría romperse con la mano. Esa imagen —el monstruo que en realidad es un cuidador aterrado— es, me parece, la mejor puerta de entrada a esta novela.
 
Van Gogh pintando a King Kong de Roberto Fuentes trata, en el fondo, de eso: de un hombre que se ha construido una fachada de tipo duro: el escritor que va a las barricadas, que posa de revolucionario en redes sociales, etc y etc, y que en el momento menos pensado descubre que todo ese Kong es en realidad un padre sosteniendo a su hijo en la punta de un edificio, tratando de que el mundo no se lo lleve. O no se los lleve, así en plural.
 
No sé si esta novela es una autoficción o no. No sé, honestamente, si eso importa. El narrador es escritor, vive en Santiago, hace clases vespertinas, tiene un hijo con síndrome de Down y atraviesa el estallido social del 2019 con una mezcla de entusiasmo político y cobardía personal que a mí, como lector, me pareció de una honestidad casi vergonzosa. Es decir pura valentía. Roberto Fuentes no nos pide permiso para caer bien. Lo deja mentir, lo deja ser cínico, lo deja ser un padre que prefiere que su hijo mire YouTube para poder escribir tranquilo. Y ahí, en ese borde difuso entre quién narra y quién vivió, la novela encuentra su valentía más genuina.

Porque de eso quiero hablar primero: de la valentía masculina de desnudarse. No hay aquí ninguna deconstrucción manoseada, ningún gesto de corrección que el narrador se cuelgue como medalla. Hay, más bien, un hombre mirándose al espejo —literalmente, se pasa buena parte del libro mirando su propio reflejo en ventanas, vidrios, pantallas— y pasando, despacio, de la rabia contra ese reflejo al amor por él. Un hombre que confiesa, sin pedir indulgencia, que sintió "un peso muerto en el estómago" cuando su esposa le anunció “esa noticia” y que segundos después no pudo evitar atacarla con sarcasmo. Un hombre que se avergüenza de sí mismo porque hacerlo es parte de crecer, o de envejecer, o de lo mismo Esa cobardía cotidiana, esa pequeñez, es exactamente lo que vuelve creíble —y conmovedora— su ternura cuando aparece.
 
Y aparece, sobre todo, a través de Pablo.
 
La verdadera columna vertebral de esta novela no es el estallido social, ni las infidelidades, ni Van Gogh en el MOMA: es la relación del narrador con su hijo. Pablo es, al mismo tiempo, un personaje entrañable con nombre y voz propia —esas conversaciones sobre "besos de amor", sobre si el agua mata a Spiderman— y una imagen especular del propio narrador. No es casualidad que sea Pablo quien, en los capítulos que le dan nombre a la novela, se le aparece a Van Gogh en el pasado y le da consejos para terminar La noche estrellada. No es casualidad que sea Pablo quien resume, sin saberlo del todo, la poética entera del libro cuando dice que su papá le enseñó… todo. 
 
El padre necesita inventar ese sueño, necesita que su hijo entre al cuadro y converse con el pintor, porque es la única forma que encuentra de decirse a sí mismo lo que no puede decirse despierto: que ese hijo lo salva, que ese hijo es más lúcido que él, que ese hijo —"no importa que se te congele el cerebro"— tiene el corazón tibio en un libro lleno de adultos con el corazón a medio apagar.
 
Ahí la novela se conecta con una tradición que no es nueva, pero que sigue siendo incómoda: la de la masculinidad confesional. Pienso en Karl Ove Knausgård y su obsesión por narrar la paternidad sin ningún filtro heroico. Pienso también en Alejandro Zambra, que en Chile lleva años escribiendo hijos, padrastros y padres torpes con una ternura que no necesita ser solemne para ser profunda. Y pienso, por supuesto, en Raymond Carver —que el propio narrador cita dentro del libro, casi como una clave de lectura—, ese minimalismo que deja el drama ocurriendo entre líneas, en los silencios de una pareja que ya no se toca: las dos primeras páginas son literalmente un misil Minuteman con carga de 1.2 megatones detonando sobre Santiago de Chile. Fuentes construye su prosa con esa misma economía: frases cortas, diálogos que se pegan sin comillas ni guiones largos, un fluir casi respiratorio que imita cómo pensamos de verdad, sin ordenar demasiado.
 
El título, claro, es la llave de todo. Van Gogh —el artista frágil, el que se corta una oreja, el que pinta remolinos porque el mundo real no le alcanza— pintando a King Kong: la fragilidad retratando a la fuerza bruta, la delicadeza haciéndose cargo de aquello que asusta.

He leído casi todas las novelas de Roberto. Incluso fui editor de un hermoso libro de no ficción dedicado también a Pablo —viaducto narrativo con esta novela—. Recuerdo que alguna vez fui jurado de un premio donde ganó, aunque luego supe que era él. Y desde esa experiencia lectora creo que Van Gogh pintando a King Kong es su mejor novela. Subrayo lo de creo porque puede que sea la que más me ha gustado, que es parecido pero no lo mismo. No, miento, no es la que más me ha gustado, es la que más me ha emocionado… Podemos hacernos viejo cierra un párrafo en la penúltima página, me sacó una sonrisa lagrimeante, imagino que muchos de los aquí presentes saben de eso.
 
Vuelvo entonces a esa escena de 1933. Todos recordamos a Kong cayendo. Pocos recordamos que, mientras caía, seguía con la mano abierta hacia ella. Roberto Fuentes —santiaguino, formado lejos de la literatura en un principio, en la geomensura, antes de dedicarse por completo a contar historias, autor de libros de cuentos y novelas publicadas desde comienzos de los dos mil— ha escrito una novela sobre esa mano abierta. Sobre lo que un hombre es capaz de sostener cuando por fin deja de fingir que no tiene miedo.