“America for the Americans": Una mirada histórica al expansionismo estadounidense en América Latina y a la renovada vigencia de la Doctrina Monroe bajo Donald Trump
Por Grínor Rojo
El primero fue Simón Bolívar. En una carta fechada el 5 de agosto de 1829 y dirigida a Patricio Campbell, escribió: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”. Conviene retener la fecha de esta carta porque seis años antes, el 2 de diciembre de 1823, el presidente estadounidense James Monroe había proclamado la “doctrina” que lleva su nombre, misma a la que a mediados del siglo XIX precisó James Polk, a la que a principios del siglo XX Theodore Roosevelt le agregó un “corolario” y que Donald Trump rebautizó no hace mucho como doctrina “Donroe”. La de Monroe era una parada de carro que él les estaba haciendo a los anhelos recolonizadores de los viejos monarcas europeos, los que se reinstalaron en sus tronos con posterioridad a la derrota de Napoleón.

Con todo, la palabra “American”, con la que ya por aquel entonces los estadounidenses se nombraban a sí mismos, dejó resonando en los oídos una duda: ¿Estaba hablando Monroe de los habitantes de su país o de los de todo el continente? ¿Qué quiso decir cuando escribió que Estados Unidos consideraría “cualquier intento por su parte [por parte de los europeos] de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad”? ¿No se trataba entonces de Estados Unidos, sino, para repetir sus palabras, de “cualquier porción de este hemisferio”?
Fue una duda que se aclaró en el medio siglo, durante la presidencia de James Polk, quien en 1845 reactualizó la doctrina de Monroe imprimiéndole un sesgo religioso, calvinista, convirtiéndola entonces en el “destino manifiesto” de Estados Unidos, en una profecía acerca de su futuro grandioso, el de un pueblo “elegido” por Dios para expandirse. El ímpetu expansivo y divinizado de Polk apuntó hacia el noroeste y hacia el sur. En el noroeste, incluyó los actuales estados de Oregon y de Washington y porciones de Wyoming y Montana, que eran hasta entonces posesiones británicas, y en el sur, ¡cómo no!, el territorio de México. En una guerra desigual, entre 1845 (si se considera la anexión de Texas) y 1948, Estados Unidos le arrebató a México el 55 por ciento de su territorio. He ahí pues la mera verdad: América estaba siendo, y nada menos que por una decisión del Altísimo, “for the Americans”.
A Bolívar lo sigue el cubano José Martí. Cuando en 1889, desde Washington, Martí informa a sus lectores argentinos acerca de los debates de la Conferencia Internacional Panamericana que allí se celebra, que reúne a representantes de diecinueve países y anticipa lo que iba a ser años después la OEA, les advierte que "Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiriera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder". Y en la segunda parte de ese mismo artículo se pregunta: "¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?". Martí sabía muy bien de qué estaba hablando. Había vivido en “el monstruo” desde 1880 y le conocía “las entrañas”, como lo dijo alguna vez.
Y es que los tiempos ya no eran los mismos: el expansionismo estadounidense había dejado de ser a esas alturas una simple ambición teritorial, un puro deseo de crecer y ser “grande”. Había sonado la hora de dar un salto cualitativo, de transformarse desde un capitalismo doméstico en un capitalismo imperialista. Podríamos decir entonces que el siglo XIX estadounidense concluye con la derrota española de 1898, la que supuso la descolonización de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, a la vez que una recolonización inmediata, llevada a cabo por los triunfadores, la de Cuba y la de Filipinas al menos durante algún tiempo y la de Puerto Rico hasta hoy. Cuba estuvo militarmente ocupada por Estados Unidos entre 1899 y 1902 y luego entre 1906 y 1909, sin contar con varias ocupaciones menores, entre 1912 y 1917. Pos su parte, Filipinas fue una colonia hasta 1946 y Puerto Rico se definía hasta hace poco, no sé si lo sigue haciendo aún, como un “Estado libre asociado”.
Después de eso, desde 1901 en y hasta 1921, se suceden los gobiernos de Theodor Roosevelt, William Taft y Woodrow Wilson. Estos se mueven desde el “corolario” Roosevelt a la doctrina Monroe (“cazador primitivo y moderno”, lo llamó Darío), a la “diplomacia del dólar” de Taft y a las hipocresías colijuntas de Wilson. Era otra época. Estados Unidos se había transformado en un imperio planetario. Y en lo que a los latinoamericanos nos toca, las intervenciones militares y económicas (por lo general, de las dos clases) se prodigan y sobre todo en Centroamérica, entre ellas con la secesión de Panamá en 1903, ayudando Estados Unidos a los secesionistas para conseguir así el canal, y las ocupaciones militares de Nicaragua, entre 1912 y 1933, y de Haití, entre 1915 y 1934. Que en estos países suceda lo que hoy sucede no debiera extrañarnos
En su discurso de diciembre de 1904, ante el Congreso, Theodor Roosvelt había puesto las cosas en su lugar: “Todo cuanto este país desea es ver a los países vecinos estables, ordenados y prósperos. Cualquier país cuyo pueblo se comporte bien puede contar con nuestra amistad cordial, Si una nación da señales de que sabe actuar con una eficiencia y una decencia razonables en los asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no debe temer a la interferencia de Estados Unidos. La mala conducta crónica, o la impotencia que resulta del aflojamiento de los nudos de la sociedad civilizada, puede hacer que en América, como en cualquier otra parte, se requiera de la intervención de una nación civilizada, y en el Hemisferio Occidental la adhesión de Estados Unidos a la doctrina Monroe puede forzar a Estados Unidos, aunque reticentemente, en casos flagrantes de mala conducta e impotencia, al ejercicio del poder policial internacional”.
No obstante las contorsiones diplomáticas del lenguaje de Roosevelt, la metáfora con que su notificación circuló públicamente fue el “big stick”, el “gran garrote”. Si te portas bien, lo vas a pasar bien. Si te portas mal, te vamos a dar de garrotazos. De Taft, por su parte, es esta joyita de 1912: “No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente”. Es como estar oyendo a Trump.
Pero don Teodoro y don William se murieron, como no podía menos que ocurrir. Desde 1914 se desatan las dos guerras mundiales y durante su transcurso a los latinoamericanos se nos obsequió con la política del “buen vecino” de Franklin Delano Roosevelt, un primo del otro. Es decir que las intromisiones de Estados Unidos en América Latina continuaron durante el segundo Roosvelt, pero ahora eran económicas principalmente, intromisiones que apropiaban recursos (que la Anaconda Cooper haya sido dueña de casi todo el cobre chileno hasta 1971, cuando Salvador Allende lo nacionalizó, es una prueba de lo que digo), generaban endeudamiento, desarrollaban el subdesarrollo, en fin, y esta vez de preferencia gracias a la siempre lista colaboración de los cómplices domésticos, sobornando Estados Unidos a una manga de politicastros ansiosos por enriquecerse. Se cuenta que don Franklin Delano invitó a Washington y recibió con honores al dictador nicaragüense Anastasio Somoza en 1939, y que alguien le sopló que era un “hijo de puta”, y él respondió que sí, que eso era cierto, que Somoza era en efecto un hijo de puta, que él lo reconocía, pero que también reconocía que era “nuestro hijo de puta”. Pero, a pesar de todo eso, Franklin Delano Roosevelt dejó espacio para una tentativa de industrilazación latinoamericana, la que fue significativa en los países más grandes, en México, en Brasil, en Argentina, menor en los medianos, como Chile, e insignificante en los demás, los de Centroamérica y el Caribe. Industrialización a medias y que dio origen a un Estado de Bienestar latinoamericano, también a medias.
El capítulo siguiente es el del agotamiento de esta política durante los años sesenta. “Nacional y popular”, llamó Enzo Faletto a ese tramo, yo prefiero identificarlo como el de nuestra entusiasta, gloriosa y finalmente trágica segunda modernidad. Se había agotado el espíritu del “buen vecino”, el de los tiempos de la guerra y la postguerra, y se había entronizado en cambio un espíritu menos consentidor, el de la Guerra Fría. En América Latina, el pobre Estado de bienestar hacía agua por los cuatro costados y el socialismo apareció en el horizonte como una opción apetecible. Estaba ya en Cuba (¡siempre en Cuba!), desde 1959, donde había habido una revolución, la primera revolución socialista en la historia de este continente. Los movimientos guerrilleros, que querían imitar a los cubanos, proliferaban. En mi generación, todos, incluidas nuestras novias, queríamos ser el Che Guevara.
Esta etapa llega a su fin con las dictaduras de los setenta y ochenta, sin duda las peores que ha habido en la historia continental. Parten con el golpe de Estado de 1964 en el Brasil, al que siguen el de Uruguay, en 1973, el de Chile, también en 1973, y el de Argentina, en 1976, por nombrar solo a los más conspicuos. Muy bien asesoradas y pertechadas por el Pentágono y la CIA, las nuevas dictaduras decían estar actuando en defensa de la civilización occidental y cristiana. Así, no les bastó con perseguir, encarcelar, torturar y matar a los guerrilleros y a los militantes de izquierda. Fueron más allá: querían acabar con cualquier forma de disidencia, reeducar a la población civil, disuadiéndola de cuanto oliera al socialismo antioccidental y anticristiano. Ni Estados Unidos ni nuestros valientes soldados, estos entrenados por Estados Unidos en Panamá y en Fort Knox, podían permitir que surgiera otra Cuba en el hemisferio. Basándose en archivos y otras fuentes confiables, el historiador José del Pozo anota 30.000 muertos en la Argentina, muchos de ellos desaparecidos, y esa cifra espeluznante da cuenta del celo homicida con que los militares de los setenta y ochenta asumieron su quehacer.

Hasta que…, hasta que la Guerra Fría se acabó. En 1989 los alemanes echaron abajo el muro de Berlín y en 1991 se derrumbó la Unión Soviética, acontecimientos ambos que se veían venir. Con eso las dictaduras latinoamericanas dejaban de ser serviciales, y una detrás de la otra, durante la década del ochenta, se desvanecieron (Pinochet fue el más recalcitrante, pero el plebiscito del 88, un año antes de la caída del muro berlinés, lo descolocó). Los generales volvían a sus cuarteles (unos pocos, muy pocos, a una temporada de descanso en la cárcel) y las “democracia liberal” regresaba.
Pero fue por un tiempo corto de nuevo, porque a comienzos del nuevo siglo los porfiados socialistas volvieron, en esta oportunidad protagonizando un “ciclo progresista” o, más desafiantemente, autoproclamándose como los representantes del “socialismo del siglo XXI”. En 2010, yo estaba en La Habana, y mis amigos cubanos no cabían en su pellejo de puro contentos. En Venezuela, dirigía el país Hugo Chávez; en Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; en Ecuador, Rafael Correa; en Argentina se había producido ya el relevo después de la muerte de Néstor Kirchner, remplazado este por su esposa Cristina Fernández de Kirchner; en Uruguay, José Mujica; en Bolivia, Evo Morales; en Paraguay, Fernando Lugo; y en El Salvador, Mauricio Funes. De todos ellos, me da no sé qué constatarlo, el único peleador que continúa en el ring es el incombustible Lula da Silva.
Desde fines de los años sesenta o desde principios de los setenta, pongamos que desde el fin de la guerra de Vietnam, en 1975, se fue haciendo cada vez más evidente que el imperio había entrado en una curva de declinación. Las crisis económicas y las debacles militares se acumulaban. Perdieron en Vietnam, perdieron en Afganistan, y se puede decir que perdieron también en Irak y en Siria (de estos últimos dos países ellos dicen que “se retiraron”). Y hoy están perdiendo también en Irán, como todo el mundo sabe.
Paralelamente, las crisis del aparato económico son más y más rápidas: el caos financiero de 2007, el del banco Lehman Brothers, junto a la larga fila de otros bancos que lo acompañaron en el naufragio, es una muestra. Hoy, con los aranceles que impone Trump a diestra y a siniestra, tratando de reindustrializar su país a la fuerza, y con los costos multibillonarios de la guerra de Irán (la última cifra oficial son 37.5 billones de dólares, es decir treinta y siete mil quinietos millones en nuestra lengua, y eso sin contar con los gastos colaterales, médicos, etc.), la tendencia se profundiza.
Quiero decir que la estrella estadounidense, la que se encendió a principios del siglo XIX, como un deseo de expansión geográfica, y que derivó con posterioridad en una empresa capitalista imperial y global, ha empezado a apagarse. Ya no son bienvenidos en el lejano Oriente, donde China es el patrón, y tampoco lo son en Europa y en el Oriente próximo, lugares donde solían fungir como el guardián designado y donde les perdieron la fe. Incluso los canadienses, con quienes tenían hasta hace poco relaciones afectuosas, pero a cuyo territorio Trump declaró tenerle ganas, ya no los pueden ni ver. Así es cómo sus antiguos socios en tales sitios están tratando, y en buena hora, diría yo, de hacerse responsables de sus propios problemas. Un tipo como el genocida Netanyahu, que es uno de los pocos amigos que aún le quedan a Trump, es también uno del que le convendría cuidarse, porque es capaz de traicionar a su madre. Menos que un aliado, Netanyahu es un ángel de la muerte. Metió al loco en una guerra de la que este no sabe cómo salir.
En este cuadro, no es difícil ver que el imperio se repliega y se atrinchera, que no lo dice con todas sus letras, pero se da cuenta de su debilidad, lo que no impide que siga soñando con volver a “ser grande”, con volver otra vez a los tiempos de su fresca juventud (MAGA, “Make America great again”). Si se puso en marcha en América Latina en el siglo XIX, es en América Latina adonde ahora se refugia. Es un retroceso, qué duda cabe, pero un retroceso para rehacerse y recobrar la salud.
Como de costumbre, para tener éxito en un esfuerzo como este, se ponen en ejecución una estrategia y unas tácticas. Respecto de América Latina, la estrategia quedó explicitada en el documento National Security Strategy of the United States of America, de diciembre de 2025, fue precisada tres meses después, en marzo de 2026, durante la reunión que tuvo Trump con los presidente latinoamericanos ultras, en Miami, en un hotel de su propiedad, el Doral, y acabó de perfeccionarse en un video reciente del Departamento de Estado. En este último documento, al cabo de un relato encomioso y a ratos redondamente falaz de la historia de la doctrina Monroe, se expone la postura del presidente que hoy está en funciones y al que se representa como un seguidor, uno mas, pero muy importante, en la lista de los herederos del viejo legado: “Avanzando hasta la era contemporánea, la doctrina encontró a su más reciente defensor en el presidente Donald Trump. Mediante la denominada Operación Absolute Resolve, Estados Unidos capturó al dictador venezolano Nicolás Maduro y lo trasladó a territorio estadounidense para enfrentar cargos por narcoterrorismo. Esta operación envió una señal contundente a todo el hemisferio, reforzada por una declaración de Donald Trump”. Y cita a Trump: “Bajo nuestra nueva estrategia de seguridad nacional, el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado” (uso la transcripción que hizo Nestor Aburto para el periódico de de la radio Bío-Bío).
Como ya dije, esta estrategia funciona en dos niveles: en el primero, que hasta cierto punto es aceptable y que se empaqueta en un lenguaje seudoamistoso, se nos informa que Estados Unidos ha tomado la iniciativa en América Latina para proporcionarles seguridad a los ciudadanos combatiendo a los pérfidos narcotraficantes, y también para mantenerlos a salvo de cualquier penetración que vulnere los sagrados principios de la democracia. Pero está también el segundo nivel. Aunque no se lo declare, se infiere en este otro nivel un reconocimiento tácito de que el imperio pierde en todos los frentes y que, en tales circunstancias, lo mejor para él es retroceder. Volver al patio de atrás, es decir, volver a las tierras de América, al espacio donde inició su carrera, con la esperanza de recomponerse y contratacar. Volver sobre aquello que en el pasado hizo a la America blanca “grande”, reivindicando desde luego la vieja doctrina Monroe, si bien aggiornada (como en su respectivas épocas lo hicieron también Polk, Taft y el primer Rossevelt) para así enfrentarse en mejor forma con los nuevos desafíos.
Recuérdese ahora que esta estrategia tiene también un costado táctico, de práctica inmediata. Me refiero a los más de doscientos muertos que han dejado las treinta y tantas lanchas bombardeadas en el Caribe hasta estos momentos, con el pretexto de que los lancheros eran narcotraficantes (no se han dado pruebas de que que lo fueran y, aunque las hubieran dado, también los delincuentes tienen derecho al debido proceso), a las varias incursiones en territorio mexicano con el mismo pretexto, a la amarga vergüenza de Venezuela y al acoso implacable a la isla de Cuba, todos ellos ejemplos fehacientes. Y agrego uno más y aterrador: la activación en Panamá, hace apenas unos días, del pacto ultra que crea un frente militar panamericano y de nuevo con la excusa de combatir el narcotráfico. La maniobra es la consabida. Se califica a las bandas de traficantes como organzaciones terroristas, lo que autorizaría a Estados Unidos para introducirse y actuar a su amaño en el país del caso.

Pero, ¿qué, concretamente, es lo que el imperio quiere de nosotros los latinoamericanos? En primer término, un apoyo incondicional, lo que pasa por una campaña de docilización, por la erradicación de las conciencias de nuestra gente de cualquier tipo de ínfulas indómitas, que puedan traducirse en un “estallido social”, y ello recurriendo a los oficios de unos políticos domésticos corruptos, que una vez más van a ser los encargados de aplicar la medicina legalizando constitucionalmente el uso de la represión. Se espera que así nos sumemos al empeño salvacionista del imperio sin vacilaciones. Si ellos retroceden y se atrincheran, nosotros también. En esta eventualidad, el que nos saquemos de encima a los chinos constituye, por supuesto, una primera prioridad. No, por consiguiente, al cable submarino de fibra óptica, que uniría Valparaíso a Hong y que disminuiría nuestra dependencia digital de Estados Unidos. No igualmente a la concesión a una empresa china de algunos de los puertos del Canal de Panamá. No a la operación china del puerto peruano de Chancay, un paradero importante en la llamada “ruta de la seda”. No a las redes sociales en las que haya mano china involucrada, como Tik Tok, inmensamente popular en países como México, Brasil y Colombia. Pero, sobre todo, no al comercio con China, el que se realiza en desmedro de las empresas de Estados Unidos, aunque a nosotros nos convenga. Que en varios países latinoamericanos, Chile entre ellos, China se haya transformado en el principal socio comercial, es impresentable.
Por otra parte, atrincherarnos involucra alejarnos de los organismos y de la legislación internacional. Si se da por de contada la aquiescencia que al respecto muestran los países centroamericanos y del Caribe, con las endebles excepciones de Nicaragua y de Cuba, los del sur nos retiramos de la Corte Penal Internacional de La Haya, como acaba de hacerlo Venezuela, o del grupo de los países no alineados de la ONU, como hace Chile (esto después de cincuenta y cinco años de pertenecia), o les permitirmos a las tropas estadounidenses su ingreso en el territorio nacional, como ya lo autorizó el nuevo gobierno colombiano.
Pete Hegseth, el secretario de guerra de Trump se está sobando las manos. En la malhadada reunión del 12 de agosto, en Panamá, explicó que la recién creada Coalición de America contra los Cárteles le daba continuidad en tierra a la Operación Lanza del Sur, la de los bombardeos aéreos a las lanchas del Caribe, y que eso era algo que Estados Unidos hacía para proteger a “nuestros vecinos del sur” de “las drogas, de la violencia, de la migración masiva, del marxismo y la explotación extranjera”. Más precisamente: “estamos matando terroristas. Estamos derrotando las ideologías fracasadas y tóxicas del socialismo y el comunismo”. Remata Hegeth su perorata: “hace dos siglos la Doctrina Monroe fue la primera en levantarse --la primera en levantarse contra la intromisión y la explotación extranjeras en nuestro hemisferio--. Estados Unidos les advirtió a los poderes coloniales europeos que vería cualquier amenaza contra las naciones libres de este hemisferio como una amenaza contra Estados Unidos. Pues bien, ahora, bajo el liderazgo fuerte, claro y visionario del presidente Trump, nos atenemos al corolario de Trump a la doctrina Monroe” (En línea)
He ahí el carro en el nosotros tenemos que subirnos. Nuestro deber de súbditos leales es colaborar en la lucha contra los “enemigos” del imperio en las Américas, en la lucha contra China, en primerísimo lugar, y colaborar en la reconstrucción de su economía capitalista cada vez más estropeada. Esto último poniendo a disposición nuestros recursos naturales y nuestra fuerza de trabajo (lo de Venezuela, el robo de su petróleo, además de ser una tragedia, puede repetirse fácilmente en otros sitios, ¿por qué no podrían las transnacionales del cobre “recuperar” de la misma manera las minas que Salvador Allende les quitó en 1971?), no incurrir en competencia “desleal”, como hace Brasil, con su sistema Pix de transferencias y pagos, que es gratuito, beneficia a los brasileños pero perjudica los negocios de Mastercard y de Visa, y endeudarnos hasta el cuello, dándole a Hegseth en el gusto, comprándoles a los estadounidenses armas, muchas armas, y favoreciendo de ese modo a una de las industrias que les producen ganancias sustanciales. Aumentaríamos así nuestro presupuesto de defensa desde el 1 por ciento, que es la cifra de este momento y que ya es alta, hasta por lo menos un 3,5 por ciento. Esto en un continente donde la media presupuestaria en cultura es del 0,1 por ciento del PIB, donde según la CEPAL hay 162 millones de pobres y donde la única guerra que ha habido en más de cien años fue una que duró cuatro días y se produjo en 1969, entre El Salvador y Honduras, a causa de un partido de futbol mal arbitrado.
Y, claro está, esto es así porque “America” es y siempre será “for the Americans”.