Una experiencia que ilumina los desafíos en el Chile Contemporáneo: La Comuna de París

 ¡En pie! ¡condenados de la tierra! ¡En pie! ¡esclavos del hambre!
La razón atruena en su cráter: Es la erupción final.
¡Del pasado hagamos tabla rasa, muchedumbre esclava!, ¡en pie! ¡en pie!
El mundo va a cambiar de base: ¡No somos nada, seámoslo todo!
(La Internacional, Eugéne Pottier, junio de 1871)

                              

                Paula Vidal Molina, Universidad de Chile


A 150 años de la Comuna de París, esta gesta histórica de 72 días de existencia, nos sigue mostrando la vigencia de las ideas y objetivos que la hicieron posible porque –como dice Lenin– “la causa de la Comuna es la causa de la revolución social, es la causa de la completa emancipación política y económica de los trabajadores, es la causa del proletariado mundial. Y en este sentido es inmortal”. Hoy, las estructuras opresivas, explotadoras y destructoras del planeta debido al orden capitalista, no solo se mantienen, sino que se han profundizado y extendido a escala mundial.

 

La Comuna de París quiso cambiar la sociedad de su tiempo, de los resabios de la monarquía, la moral estrecha, de las miserias y sometimientos que vivían los y las trabajadores, poniendo en su centro el colectivo y la autogestión, así, mujeres y hombres lucharon por la liberación de todes.

En Chile, después del 18 de octubre de 2019, quedó en evidencia que estamos lejos de ser una sociedad profundamente democrática, igualitaria y con justicia social y que necesitamos urgentemente cambiar la estructura que la ha sostenido desde el golpe cívico militar.  Vienen muchas batallas para lograr una transformación real de la sociedad chilena, por ello, mirar la Comuna de Paris y su legado –Marx la destacó por lograr existir y funcionar concretamente en tanto primera revolución obrera y de las clases populares en la historia–   nos recuerda que podemos construir una alternativa en Chile y cambiar la sociedad.


 La Comuna: hija del encadenamiento de circunstancias

Entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871, los proletarios “tomaron el cielo por asalto”, un acontecimiento inédito en la historia que surgió de modo espontáneo, sin embargo, diversas circunstancias se encadenaron para forjarlo. Charles-Luis Napoleón Bonaparte (sobrino del Emperador Bonaparte) quien gobernó Francia entre 1849 y 1870, dio un golpe a fines de 1851, lo cual permitió promulgar una constitución donde se refuerza el poder ejecutivo en desmedro del legislativo. Mediante un plebiscito, a fines de 1852, Francia se proclamó como imperio y Napoleón III, como su emperador. En julio de 1870, este le declaró la guerra a Prusia de Guillermo I, y en septiembre del mismo año fue capturado junto a su ejército, en la batalla de Sedan.

En este escenario, los diputados republicanos derribaron el Imperio y proclamaron la República, pero a los pocos días, Paris fue sitiada por Prusia, provocando una situación económica y social estrepitosa. A comienzos de 1871, se forja una Asamblea con seguidores bonapartistas y monarquistas, y ellos entregan el poder ejecutivo a Louis Adolphe Thiers, quien más tarde firmó un armisticio en el Palacio de Versalles. En Paris, se dan dos entidades militares antagónicas, por un lado, el ejército dirigido por oficiales reaccionarios y, por otro, la Guardia Nacional, milicia ciudadana integrada por miles de parisinos, y que tiene sus raíces en la revolución francesa de 1789. Esta había ayudado a defender la ciudad contra las tropas prusianas y, posteriormente resguardó las armas de ese ejército.

Las medidas inmediatas impulsadas por Thiers -en marzo de 1871- fueron exigir el pago casi inmediato de los arriendos, deudas y moratorias de pagarés, además se eliminó el pago de salarios a los guardias nacionales, se censuraron periódicos republicanos y condenó a muerte a importantes figuras revolucionarias. Entonces, la situación de desempleo, hambre y escasez, además de la persecución de los revolucionarios, profundizó el descontento de la población. 


La mañana del 18 de marzo de 1871, las mujeres del barrio se dan cuenta de que el ejército está arrebatando los cañones que la propia población de la ciudad había comprado para defenderse, y frente a esto, ellas invitan a los soldados a desobedecer estas órdenes, quienes terminan sumándose a ese llamado. Ante esta situación, Thiers, las autoridades y funcionarios huyen a Versalles (dejando abierta la posibilidad del doble poder, es decir, el pueblo de Paris organizado que disputa el poder establecido de Thiers). Así, la Guardia Nacional convocó a elecciones comunales sobre la base del sufragio universal (masculino) y se entregó entonces el poder provisional al consejo municipal elegido democráticamente, donde se incluían trabajadores, artesanos, pequeños comerciantes, carpinteros, etc. de diversas tendencias (socialistas, anarquistas –de Proudhon y Bakunin-, marxistas, jacobinos, blanquistas e independientes).

El legado de esta jornada es que inaugura una nueva forma de la política, protagonizada por mujeres, niños, trabajadores, guardias nacionales y soldados amotinados, es decir, el pueblo organizado que, además de elegir sus representantes, está determinado a construir su propio poder para llevar adelante sus reivindicaciones.

La Comuna, en esos 72 días, va a dotarse de algunas estructuras (Guardia nacional y Consejo de la Comuna) y un programa, el cual avanzó ideas revolucionarias. Uno de los primeros decretos proclamados para frenar la pobreza, fue la suspensión del pago de los arriendos y de la venta de objetos depositados en las casas de empeño. En lo político, se crearon comisiones para reemplazar los ministerios existentes: guerra, finanzas, seguridad general, educación, subsistencia, justicia, trabajo y comercio, relaciones exteriores, y servicios públicos. La democracia directa de la Comuna contempló la revocabilidad de los representantes electos, los magistrados y otros cargos públicos y el control de su labor. Junto con ello, se disolvió el ejército regular, substituyéndolo por la Guarda Nacional democrática. En el ámbito de lo social, se planteó que todos los miembros del gobierno tendrían un salario semejante al de un trabajador, se prohibió acumular y sacar provecho de sus cargos, asimismo, el trabajo nocturno de las panaderías fue prohibido, se promovió que las casas desocupadas fueran requisadas para las personas sin hogar, las fábricas abandonadas por sus propietarios fueron entregadas a los trabajadores, por medio de cooperativas autogestionadas, se hicieron proyectos para limitar la duración de la jornada laboral, se decretaron salarios mínimos dignos, se implementaron medidas como el suministro de alimentos a mujeres y niños abandonados, y se aprobó el fin de la discriminación entre niños legítimos y naturales.
La Comuna tuvo plena conciencia de que la libertad requería que la iglesia fuera separada del Estado y que la educación fuese laica, gratuita y obligatoria, basadas en la naturaleza científica de las disciplinas. Se acogió el internacionalismo, pues muchos inmigrantes pudieron participar -sin discriminación- en las instancias de la Comuna. Asimismo, las mujeres tuvieron un rol fundamental, no solo en el estallido de la revolución, como en la cotidianidad de concretar la comuna y –posteriormente- su defensa directa en las calles contra el ejército de Thiers, sino también transgrediendo los valores patriarcales y saliendo de la dimensión privada. Si bien, en la comuna se le prohibió el derecho al voto, sí se avanzó en la generación de condiciones igualitarias entre hombres y mujeres, cuya primera medida fue la creación de escuelas para ellas. La propia organización de las mujeres logró la igualdad salarial con los maestros varones y reclamó la igualdad de derechos en el matrimonio, el reconocimiento de las uniones libres, entre otras medidas.
Por otro lado, se promovió el acceso al teatro, el arte, los museos y las bibliotecas, se instauró la libertad de prensa, asamblea y asociación. Como si lo mencionado fuera poco, durante los 72 días se intervino la ciudad sacando símbolos regresivos como la guillotina, que fue públicamente quemada y la columna Vendôme, símbolo de las victorias napoléonicas, fue derribada.

Sin embargo, estas transformaciones del orden no podían permitírselo la burguesía europea y, en una alianza internacional, Thiers llegó a un acuerdo con Bismarck para que los prisioneros de guerra franceses retornaran para así fortalecer el ejército y reprimir la Comuna. El 21 de mayo de 1871 un enorme ejército entró a Paris y, a pesar de la heroica resistencia de les comuneros, estos fueron derrotados, cuyas consecuencias en ejecuciones, presos y deportaciones fueron miles.
 
Legado de la Comuna a la luz de las luchas en el Chile contemporáneo

Uno de los enormes legados de la Comuna, para las luchas y desafíos que tiene Chile en frente, es haber mostrado el heroísmo de las masas y su capacidad de sacrificarse por el futuro, en ese sentido, la ciudadanía chilena que quiere los cambios, ha mostrado su heroísmo para poner en el espacio público sus demandas, enfrentando la represión y violaciones de los derechos humanos que han vivido cientos de ciudadanos.

Así, el legado de la Comuna, para los tiempos que vivimos en Chile es que ante el sentimiento de injusticia social y sometimiento que experimenta la ciudadanía, esta tiene el derecho de organizarse políticamente para transformar sus condiciones de existencia. En esta línea, podemos decir que la Comuna –como experiencia con una clara orientación emancipadora y de justicia social– vivió solo gracias a la participación masiva y un sólido espíritu de ayuda mutua. La proliferación de organizaciones y asociaciones horizontales en todos los distritos, ofrecieron a la ciudadanía la oportunidad de reunirse para formarse, además de discutir la situación social y política, y sugerir alternativas para la solución de los problemas cotidianos, haciendo carne la soberanía popular más allá de las instancias del Estado.

Como sabemos, a partir del 18 de octubre en Chile proliferó la organización en y de los territorios y barrios, para discutir y soñar el Chile que queremos. Si bien la pandemia y la crisis económico-social afectó el mantener estos espacios de encuentro directo, no se erradicó la necesidad de la ciudadanía por discutir sobre una nueva institucionalidad, el porvenir de Chile y convertirse en dueños de su propio destino. Hoy, la participación popular y masiva, no solo en las elecciones de los convencionales constituyentes para redactar la nueva Constitución política de Chile, sino durante todo el proceso de elaboración de la propuesta de los constituyentes, es fundamental para lograr que la nueva Constitución –como primer paso– siente el marco, que permita abandonar la lógica de valorización del valor que hoy permea todos los espacios de la vida cotidiana de las personas, y ratificar los derechos humanos y valores de solidaridad, de justicia, igualdad y dignidad social que el pueblo de Chile exige.

En ese sentido, el legado de la Comuna para los desafíos de las luchas que Chile hoy enfrenta, es poner en el centro también la pregunta por el modo o la vía para construir una sociedad fraterna, solidaria, igualitaria y con soberanía popular, donde la democracia directa, el reconocimiento de las diferencias (bajo condiciones de igualdad social y de derechos en las que se sostienen) y de la diversidad de culturas y naciones que habitan en el territorio, el cuidado y protección del planeta, o el trabajo que dignifica, entre tantas otras, se concreten.

Sin duda, la Comuna inaugura y expresa un camino frente a la necesidad de transformar y superar el Estado que está al servicio de los intereses de unos pocos, para transitar hacia unas nuevas relaciones e institucionalidad que rompan con el orden del capital, porque como nos recuerdan Marx y Engels, mirar la comuna de Paris, es mirar la dictadura del proletariado.