La densa atmósfera de la desolución estelar: Presentación a "La puerta de Tannhauser" de Juan Ignacio Colil Abricot

Por Leandro Hernández Gómez

Hay una novela corta de José Emilio Pacheco, publicada a inicios de los años 80, que se titula Las batallas en el desierto. Es una obra muy interesante dado que presenta una mirada sobre la infancia, más bien sobre una infancia: la de Carlos, un adulto que recuerda su vida como niño en el México post Segunda Guerra Mundial. Traigo a colación esta obra porque mientras leía La puerta de Tannhauser, se me vino a la mente.  

Recordé especialmente dos elementos. 

Primero, su inicio, que dice así: “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?...”.  

Luego, su epígrafe que -si bien está en su idioma original, el inglés- puede ser traducido más o menos así: “El pasado es un país extranjero. Las cosas, allí, se hacen de modo diferente”.

Como de seguro ya habrán inferido, la relación entre ambas novelas, la de Pacheco y la de Colil, se funda en el tema de la memoria y el recuerdo.

Hace unos meses, nos juntamos con Juan en Las lanzas. Además de comernos unos sánguches y tomarnos un par de cervezas, me acuerdo que me contó sobre la publicación de ésta, su última novela. Me acuerdo que me mostró la foto de su portada. No me acuerdo qué pensé en primera instancia de su título. Sí me acuerdo de haberle preguntado respecto a dónde específicamente estaba la mencionada puerta. Entonces, me dijo que no estaba en ninguna parte, aunque inmediatamente se corrigió y dijo que estaba en una película; en Blade Runner, específicamente en la parte final: en el monólogo de Roy Batty, el violento y filosófico replicante a quien en ese instante se le está acabando la batería.  

Permítanme, por favor, una derivada: Supe después que Tannhäuser, además de ser el título de una ópera de Wagner, es un personaje legendario. Y la puerta es la que éste habría descubierto en el Venusberg (el monte de Venus, espacio mítico donde el tiempo se detiene y los visitantes pierden la noción de la realidad). Supe también de una pintura que se llama justamente “Tannhäuser en el Venusberg” de John Collier. Sé que es sólo un alcance fonético, pero díganme si no hay cierta semejanza entre John Collier y Juan Colil. En fin, ahondar en este trovador medieval y personaje legendario, daría para otra ocasión. Si es que me acuerdo. 

Respecto al libro que presentamos hoy, creo que se puede decir al menos tres cosas.  

La primera, se relaciona con la intertextualidad que la novela de Juan hace evidente desde su título. Como ya dije, la alusión al monólogo final del film de Ridley Scott es en este sentido una conexión con la reflexión sobre la memoria y la muerte. En la novela, Arturo, el narrador, un poco a regañadientes acompaña/rescata a Juan, su padre, del estado en el que se encuentra. Y más que una puerta, lo que utiliza para ello es una ventana. El viaje urbano que emprenden se convierte en uno que se desliza por la memoria y los recuerdos del padre que, además, se mezclan con los del propio narrador. Así, las figuras del padre y del hijo asemejan a dos luces rojas que parecieran formar una constelación precaria, de sólo dos puntos unidos por una recta que en momentos se curva. 

La segunda, es la idea del naufragio: Por un lado, está el literal, el del Vapor Cautín ocurrido en el verano de 1948 en el caudaloso río Imperial donde se ahogó casi un centenar de peregrinos que se dirigían a la fiesta de San Sebastián en Nehuentúe. El padre recuerda este hecho del cual, según su memoria, él es un sobreviviente. Lo hizo siendo niño. 

Por otro, está el naufragio simbólico, el extravío, el del hijo siendo también niño en la estación de trenes, en medio del caudal de pasajeros que llegan o se van. Ambos naufragios se unen porque son recuerdos. 

En cambio, en el presente narrativo, el padre está a punto de naufragar en el centro de Santiago y luego en el estadio. Así, la deriva o la pérdida de sentido, ya sea el orientador o el existencial, se torna en un eje central de la novela de Colil porque el náufrago, su imagen, pareciera sintetizar la condición humana. Aunque también puede ser un destino posible de nuestras memorias, la posibilidad cada vez más cercana de que nuestro cerebro se transforme en una isla desierta. 

En tercer lugar, La puerta de Tannhauser también dialoga con la ciencia ficción, cuestión que ya se distinguía con cierta claridad en El sol en la escalera (LOM, 2023). En ambas obras, el subgénero funciona como un hilo sutil que sostiene precariamente a los personajes o como punto de fuga por el cual es posible construir un nuevo sentido a lo que se nos está contando. Me explico, en la novela que presentamos hoy, la ciencia ficción aparece de manera doble. Arturo, el narrador cincuentón, ha ensayado en su fracasada ruta la escritura de una serie de cuentos, por lo tanto es un ejercicio escritural que sugiere un acercamiento a esos mundos posibles. De hecho, su gato se llama Solaris. De otra forma, la ciencia ficción también se inserta en tanto mundo narrado (hay indicios en las luces rojas que aparecen y desaparecen) y cobijándose bajo la marquesina de la literatura especulativa, es también un ejemplo de la literatura de anticipación. Y ¿qué es aquello que anticipa? La decadencia, la obsolescencia a la que todos le tenemos miedo. 

En síntesis, esta nueva novela de mi amigo Juan Colil Abricot nos invita a descubrir, o más bien a confirmar, que somos réplicas y matrices que se disputan constantemente el ejercicio de vivir en un tiempo en que hasta nuestros ídolos deben seguir trabajando porque con la jubilación no les alcanza y son, al igual que nosotros, un replicante de una garza cuca que trata de escapar o de alcanzar algo mientras se hunde en el pantano y grazna: todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.  

Ahora, que ya debía terminar esta presentación, me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? ¿2001? ¿2003? Había comenzado recién a trabajar en un colegio subvencionado en La Florida. El director de esa escuela era Juan Colil. El colegio venía saliendo de una tremenda crisis. La mitad de los estudiantes y la mitad de los apoderados se habían ido para fundar otro colegio a un par de cuadras de distancia por la misma calle, en la misma constelación. Ese año, se hizo un campamento. Fuimos unas 50 personas entre estudiantes y profesores a una escuela y nos quedamos a dormir durante dos noches en ella. Era una escuela de madera ubicada en Padre Hurtado. Era septiembre. Atardecía y de entre medio de las tablas de las paredes exteriores comenzaron a salir innumerables manchas que zigzagueaban mientras  chillaban o realizaban chasquidos ecolocalizadores. Muchos estudiantes gritaban aterrados. Luego todo se calmó. Me acuerdo, no me acuerdo, que Colil me dice que en esa escuela, precisamente en esa escuela custodiada entonces por una colonia de murciélagos, se habían conocido sus padres cuando eran profesores normalistas. Mientras leía la puerta de Tannhauser, recordé esa imagen y esa conversación y al igual que Roy Batty, sentí que he visto cosas que no creerían.