Diario de sueños

En tiempos de coronavirus, lxs invitamos a recoger y compartir sus sueños. ¿Cómo? En la web de LOM ediciones publicaremos un diario colectivo de sueños que será actualizado cada domingo. Escribe o graba en un audio tus sueños y envíalo a la dirección de correo suenosmundos@gmail.com. Nosotros nos encargaremos de publicarlo con el mayor cuidado posible. No olvides contarnos qué día soñaste, qué edad tienes y a qué te dedicas. Tu nombre o cualquier otra información distinta a la solicitada no serán publicados. Revisa la convocotaria completa aquí.

24 de julio

Yo era una especie de investigadora que había estado observando cómo nacían los bebés simios con coronavirus, muchos morían, así que yo buscaba una forma de salvarlos. Estaba escapando de los simios a través de laberintos de la jungla, corría con todas mis fuerzas. De golpe entré a una especie de cueva con simios bebés, entonces vi una cascada con simios bebé volando que brillaban como seres místicos. Tuve una idea, incubar artificialmente los bebés de madres simias con coronavirus, pero primero debía tener claro dónde incubarlos, si no por ningún motivo debía hacerlo.

[estudiante de pedagogía en educación parvularia, 20 años]

 

11 de julio

En una maleta grande negra echo cuatro libros, el computador, su cargador y mascarillas. El nuevo plan de acción del gobierno me deja en el edificio CSEASP (Centro de Servicio Educacional y Asistencia de Salud Pública). Me esfuerzo por concentrarme en llegar a la sala, cruzar los pasillos de paredes crema y mucha luz led sin pegarme a la sensación que me da la secuencia box-clase-box-clase, los uniformes blancos, la gente enferma en espera.

[estudiante, 21 años] 

 

10 de julio

Éramos tres estudiantes de media, de un colegio católico lleno de figuras con santxs en las paredes, en la ciudad de Osorno. Aburridxs, nos escapabamos de clases.

Ya afuera, del lugar, y sin que nos vean lxs inspectorxs, corremos por las calles  sin rumbo fijo, solo para matar el tiempo, y damos vueltas por parques hasta llegar a otro liceo. No entramos, solo vemos desde afuera su cancha, en la que
juegan a la pelota varios chicos de entre 15-16 años. Mientras mis amigos miran al grupo, yo me distraigo con un subterráneo que tiene ventanas y deja entrever unas sombras un tanto curiosas.

De pronto, los chicos de la cancha comienzan a tirarnos piedras, además de insultos... porque estábamos en su territorio, entonces nos amenazan con echarnos encima a su inspectora.

Con esta situación, nos vimos en la obligación de correr, y pasar por otro pasaje. Ya a salvo, y con la respiración agitada, caminamos abrazados los tres, y nos sentamos a fuera de unos edificios. Mi amigo saca de su bolsillo un casette de los Beatles... me sorprendió el formato, y le pregunté preocupada ¿dónde se supone que lo escucharemos si no hay radios? y él, mágicamente, sacó un personal stereo.

El atardecer ya se acercaba, hasta que de pronto, el peligro nuevamente: Donald Trump nos buscaba a gritos: quería matarnos y/o expulsarnos de su pasaje.

Tuvimos que escondernos bajo una mesa, hasta que este desapareció dentro del edificio más alto, con fachada de los 90... ya a salvo del peligro, nos reímos de la situación. Desperté.

[estudiante de pedagogía en historia y ciencias sociales, 22 años]


2 de julio

Recibía una llamada telefónica desde el trabajo, me decían que la cuarentena total había sido totalmente levantada de improviso y que debíamos volver a trabajar ahora ya... Visión del centro de Santiago, Estado con Huérfanos, las personas empiezan a llenar las calles, abren y acuden a los negocios con entusiasmo, como si nada, como si así de rápido todo se hubiese esfumado... Yo seguía al teléfono, lo tapaba con mi mano y le gritaba a alguien que estaba conmigo en la habitación: "Ni cagando es momento de romper la cuarentena".

[actor, 27 años]


29 de junio

La calle Tomás Moro, donde se conocieron mis papás, donde pololearon y solían esconder, había desaparecido. El Target, esa cadena norteamericana con el logo rojo-blanco-rojo, había comprado todos los almacenes pequeños de la zona, y a mí, cada vez que veía esos circulitos rojos-con-blanco en el umbral de un almacén, me daban ganas de llorar. La americanización de Chile, algo que pasó hace rato, apareció en mi sueño como una novedad. El encuentro posterior fue quizá un producto obsceno de aquella observación pueril: Žižek y yo nos sentábamos en la vereda, él tenía cara de aburrimiento y de 71 años; yo lo miraba enamorada e impresionada por aquel enamoramiento repentino. Él jugaba con su mano de viejo aburrido y la deslizaba entre mis piernas. Lo seguí a su casa porque, en algún nivel oscuro del meta-sueño, el enamoramiento se mezcló con la coerción, la corrupción y la intriga. Su casa era una casa-rodante pequeña, pero al entrar se extendía como el espacio infinito—plagio onírico de algún cuento de Borges (?). Dentro estaba yo medio secuestrada por la curiosidad, asustada de su aburrimiento y rodeada por todas las mujeres que lo habían seguido hasta allí.

[dibujante, 29 años] 

 

23 de junio

Estaba en el desierto, una mina y pueblo abandonado, entré a una casa y alguien desde las sombras mutilaba mi mano izquierda, pero no sangraba ni había dolor.

[administrativo, 35 años]

 

22 de junio

Estoy caminando por un bosque como los que alguna vez pasé cerca de Puerto Williams y encuentro una cabaña que por dentro se parece mucho a la casa donde viví muchos años en Lo Espejo con mi abuela materna. Ella está ahí, me pregunta cómo ha estado el viaje, que siempre se preocupa cuando salgo así, a lugares raros, y me dice que juguemos carioca tomando piscola, como lo hacíamos entonces. La casa se inunda como lo hizo varias veces en invierno, y mi wely dice que para el frío una cazuela y piscola es el mejor remedio, que no le haga caso al sonido de animales que parecen estar despedazando gente afuera. Cuando termina de comer se fuma un cigarro, como el primer recuerdo que tengo de ella.

[geólogo, 36 años]

 

20 de junio

Estaba junto a mi pareja en el sueño. Yo era un hombre robusto de piel morena, pelo largo, espalda en ve y calzoncillos blancos. Él, un mino medio rubio, tez blanca, de pelo corto engominado, un poco de barba y bigote, de treintaitantos. Tampoco llevaba ropa, sólo unos calzoncillos blancos iguales a los míos. Los dos musculosos. 
No podría decir el color de ojos ni detalles como la forma de nuestros pies, porque la imagen era como de celular de baja resolución, o como de sueño olvidadizo. 
La partida ya había empezado. Estábamos parados en el mapa del desierto. Yo tenía una metraca en la espalda, él una escopeta agarrada en las manos. Estábamos mirando para donde ir a buscar los kills. Agarramos un auto abandonado que vimos cerca y  fuimos directo a una parte del mapa donde se veían casas y edificios, el lugar perfecto para buscar armas, kit de salud y uno que otro botín de seguridad. La idea era pillar a nuestros contrincantes distraídos y atravesarles las balas de mi mingun. Entonces vimos uno que saltaba detrás de un muro, mientras nos disparaba, haciendo el viejo truco para esquivar nuestras balas, pero no pudo. ZAS! Lo acribillamos sin misericordia. Otro que pensaba que escaparía arriba de un helicóptero, nada. Lo botamos al piso en un minuto. Saqueamos toda la aldea sin dejar rastro de vida ni armas, sentí que la partida era mía, cruzábamos caminando en medio de la arena amarilla de juego de celular, a pleno ojo del enemigo, nada de esconderse a esperar a que vinieran, íbamos por ellos. Con sed de sangre. Estábamos terminando ya por jugar y se empezó a oscurecer, el ocaso marcaba una línea de bits cálidos en el horizonte. Seguíamos en la calle, a lo que él se me acercó como tirándome un cariño coqueto. Le respondo un toqueteo inconcluso. Nos metemos a una casa rápidamente como para seguir con el asunto, pero nada. Todo inconcluso. Al pensar qué hacer para solucionar el problema, se me ocurrió una idea y fui buscar otra víctima. Encontré a una débil contrincante en el edificio de al lado, que después de agarrar a cacho y botarla inconsciente, arrastré hasta llevarla donde mi amado. Vi que la miró con deseo y supe que mi idea había funcionado. Me puse a un lado y mientras él se saciaba con la chiquilla del piso, yo aguardaba por la ventana que nadie viniera a eliminarme de la partida.

[artista visual, 31 años]

 

19 de junio

Camino por las calles, recorro la Avenida República vestida llena de árboles. Avanzo pisando las hojas caídas, sintiendo la música que produce el crujir de las pisadas. Son tan bellos los árboles en esta estación, se abren con sus ramas, quieren abarcarlo todo.

Me detengo y mi vista se fija frente a un par de ellos. Los miro y parece que me hablaran y dijeran, me estoy sacudiendo un poco y observo cómo caen las hojas, cómo danzan, cómo ellas bailan sobre mi cabeza. En unos minutos la vereda se llena de ellas, de sus formas, de sus colores. Estoy feliz, estoy viviendo el bello otoño, la mejor de las estaciones del año.

De pronto, despierto y la melancolía se asoma, porque se ha perdido el otoño. Sólo he tenido un maravilloso sueño.

[ingeniera comercial, 52 años]

 

17 de junio

Estábamos en la sala de un cine, a punto de comenzar a ver nuestra película, todo oscuro, palomitas de maíz y unas bebidas. Con la música de apertura entra un paco a caballo vestido de reflectante. Sube las escaleras, avanza pidiendo salvoconducto, dice que la película no parte "hasta que el salvoconducto". Yo no tengo, la salida se bloquea con reflectores y más pacos a caballo.

[profesora, 30 años]

 



6 de junio

Es de noche. Un policía nos apunta con su pistola láser y mientras lo hace veo cómo el punto rojo evapora mi cuerpo. No siento dolor pero no entiendo. Veo cómo suben mis muñecas convertidas en partículas de polvo. Trato de correr, de escaparme de los láser, pero el suelo es como arena y se ve poco. Desde un edificio gritan mi nombre y cuando levanto la mirada un rayo directo en mi pupila me despierta.

[estudiante de psicología, 23 años]

 

29 de mayo

Mis gatos estaban en la calle del pasaje donde vivimos cazando unas palomas. Yo los miraba jugar mientras fumaba. En eso aparece un carro sanitario, que en realidad era uno de esos huanacos blancos nuevitos que llegaron a Chile hace unos meses, tirando burbujas de jabón. En el carro decía "agua desinfectante anti Covid-19". La gente del pasaje se agrupaba para recibir un poco del chorro, pero no había agua. Estábamos todos tan cansados que no alegamos. Al alejarse el camión, la cruz roja mal hecha que arrastraba el huanaco hace varias cuadras terminó por desprenderse y quedó ahí, tirada a la salida del pasaje. Nadie quizo ir a buscarla.

[académica, 31 años]


28 de mayo

Soñé con un pescador en un mar de hielo. Se trataba de un lugar lejano en Alaska. Un hombre alto y delgado se erguía sobre un pequeño bote de madera, trabado con sus remos entre bloques de hielo, con la quilla mirando al mar cubierto de capas de hielo frágil y nieve a medio disolver. Alzó la cabeza, usando una mano como visera delante de los ojos, como buscando. Tenía el cráneo rapado casi por completo, salvo por una línea relativamente delgada en el centro, que corría desde su frente hasta su nuca con cabellos erizados, rígidos de frío y viento. Luego se agachó y del fondo del bote sacó todos los aparejos necesarios para la pesca. Parado en el pequeño bote, con las piernas exageradamente separadas, lanzó el anzuelo, con su respectiva carnada y plomo, de una caña que se veía desproporcionadamente pequeña comparada con la alta figura del hombre y lo largo del sedal, que cruzó el aire con un silbido y fue a caer muy, muy lejos del bote, exactamente donde el pescador lo quería. El resultado no se hizo esperar.

Picó de inmediato, y el pescador dio un eficiente tirón a la caña, enganchando al pez. Era enorme, y su testa oscura y antediluviana se asomaba cada cierto trecho entre el agua semi congelada, igualmente negra, pero con focos de frío blanco traslúcido condensado flotando apaciblemente en la superficie. El pez, contrario a cualquier intuición, arremetió violentamente hacia adelante, en dirección al bote. El pescador, contrario a cualquier intuición, soltó la caña, dejándola trabada en el bote, y se agachó nuevamente a sacar algo del fondo. Una voz en off describió lo que estaba ocurriendo, como si se tratara de un documental: “El pescador, sin embargo, no está conforme con ese solo premio, y ahora se apronta a herir al pez que ya tiene capturado, esperando que la sangre y el movimiento atraiga a otras posibles capturas, para que piquen alguno de los anzuelos secundarios, o incluso, algún pez aún más enorme que se coma al ya enganchado”, Efectivamente, el pescador –o tal vez, a esas alturas, cazador sacó del fondo del bote un arco en miniatura, el cual tensó para lanzar una veloz saeta que impactó directamente en el costado del pez, del cual manó sangre roja. El pez entró en un espasmo caótico, moviéndose de lado a lado, antes de volver a impulsarse hacia adelante con aún más ímpetu, sobrepasando el bote y tirando de él. El pescador lo destrabó y dejó que el pez arrastrara la pequeña embarcación, a una velocidad completamente desproporcionada a su tamaño. Con la caña fuertemente aferrada al bote, el pescador apoyaba el movimiento con fuertes impulsos de los remos, los que rompían el agua con un estallido de sonido y gélida espuma. El bote se deslizaba entre (y a ratos, sobre) bloques de hielo cada vez más gruesos y macizos, sólidos, siguiendo al pez que también por momentos se arrastraba por fuera del agua, a veces a saltos, en una mezcla de caminata rudimentaria e imperfecta con una especie extraña de vuelo. Tras un buen rato de esta situación, finalmente el pez arrastró al bote sobre una planicie de hielo plano y firme, inmaculadamente blanco, y luego, brevemente, por la playa de arena negra, mezclada con la blanca nieve, hasta que la barca finalmente encalló. Entonces el pescador cortó el sedal y dejó que el pez se fuera, entre la nieve blanca, saltando y reptando cada vez más tierra adentro, hasta que al fin se detuvo, algunos metros delante del bote.

El pescador se paró entonces lentamente de su puesto en el bote y fue a buscar su presa. Al acercarse, se dio cuenta de que dentro de la boca del pez se encontraba un cuervo, negro, lustroso, graznando desesperadamente, con los ojos inyectados de sangre. El pescador abrió la boca del pez y agarró al ave, que se retorcía aún con sus graznidos, y ahora movía las alas frenéticamente soltando plumas azabache. Pronto se calmó, sin embargo, extenuado, y quedó inerte en manos de su captor, quien se volvió al bote, recogió sus cosas, y caminó tierra adentro. 

Al poco andar se encontró una camioneta, una Toyota con pick up, de color blanco. Sobre el pick up había una especie de toldo, y bajo él, un hombre mayor. Se notaba que era un hombre de Dios, alguna especie de clérigo, por la camisa y los pantalones de tela negra inmaculada, el cuello blanco, y el pendiente de plata, una cruz relativamente grande y maciza, en que los maderos se veían mucho más rústicos y curvados que en las representaciones habituales, y el sufrimiento del Nazareno aparecía representado con un sorprendente detalle. Tenía la barba cana, toda plateada y alba por partes iguales, y muy frondosa, pero a la vez extrañamente ordenada y cuadrada, y el cabello largo, también albo y plateado, pero liso, contrastando con los abundantes risos de su barba. El rostro tenía arrugas y durezas pero a la vez daba una sensación de profunda pulcritud, y sus grandes ojos, azules claros con explosiones de tintes verdosos, hondos como pozos sepulcrales primigenios, agua de tumba y nacimiento, daban, al igual que el resto del conjunto, una sensación de enorme paz y bondad, pero al mismo tiempo de una formidable fuerza, y una robustez saludable tanto física como de carácter, como si el paraje de invierno perpetuo imprimiera aún en los sacerdotes cierta determinación salvaje a la supervivencia, una vitalidad desatada en forma de fortaleza corporal y de espíritu. El pescador se le acercó, y el viejo se irguió de entre lo que estaba haciendo, preguntándole si había tenido éxito. El pescador le dijo que solo había picado uno, y botó el pescado en el suelo, frente a la camioneta. Sin embargo, al caer, la boca de este se abrió aún más, dejando entrever que más adentro del gran pez negro había otro, algo más pequeño pero de todas formas de decente tamaño, de color verdoso, con la boca igualmente abierta en mueca ridícula, y los ojos igualmente muertos y apagados. Ambos hombres parecieron muy contentos con el hallazgo, ciertamente poco usual pero que no parecía especialmente útil. El pescador, sin embargo, estaba más preocupado por el otro ocupante de la boca del pez; le mostró el cuervo al clérigo y le dijo que quería quedárselo, pero que las circunstancias del hallazgo le atemorizaban un poco, y que no quería que fuera una maldición o un mal presagio. El viejo tomó el ave entre las manos y la examinó con la mirada, luego cerró los ojos y alzando el rostro hacia el cielo, musitó una breve plegaria, al tiempo que alzaba también las manos con el cuervo entre ellas como una suerte de ostia oscura, que empezó entonces a recobrar la conciencia y a graznar y a mover las alas, pero sin el estrépito de antes, si no que con cierta inteligencia grabada en los ojos, como si supiera que ahora estaba a salvo y que se lo debía a las personas con las que ahora se encontraba. Probablemente había pasado rozando muy cerca del agua y el pez mayor había estado lo suficientemente atento como para saltar y agarrarlo en el aire.

El sueño termina así: en medio del amplio descansillo de una enorme escalera, se encuentra una gran y espaciosa jaula de hierro, que se ubica frente a un vitral de colores rojizos y amarillos, por el cual entra un sol opaco. En la jaula, hay un magnífico cuervo, negro como la noche, de espléndido plumaje y ojos de sabio anciano, moviéndose entre grandes ramas secas colgadas para él. Bajo por aquellas escaleras, de lo que no puedo describir si no como un antiguo palacio ruso como el que nos entregan las novelas a veces, de paredes y barandillas exquisitamente adornadas y amoblado con opulencia. Bajo hasta llegar a una cámara central en que se encuentra puesta una opulenta mesa, ataviada con manteles delicados y vajilla brillante y cubiertos y bandejas de plata. Y mucha comida, un banquete abundante. Recuerdo claramente que en la mesa había un león completo, sobre una enorme bandeja dorada, múltiples porciones de verduras y acompañamientos, y otros animales más convencionales, también enteros. Había en la habitación un ambiente luminoso y cálido, como si fuera iluminada por una gran chimenea o por múltiples velas, y también cierta jovialidad. Vi a mi familia vestida con ropa estrambótica, anticuada, pero definitivamente glamorosa para alguna época de antaño. Recuerdo haber visto a mi abuela reírse. Y sin embargo, existía algo escabroso en ese banquete morbosamente abundante, algo terrible y casi maligno. Y un pescado enorme y oscuro, con la boca abierta en un grito desesperado, con otro pescado dentro, cocinado dentro de él, se reía con ojos muertos y escamas verdosas.

[estudiante universitario]

Soñado entre el 21 y el 19 de mayo

Soñé que iba al sur, a la única región de Chile que no conozco, Aysén, llegaba a Coyhaique, y me subía a un vehículo tipo van, todo pasaba como un rápido recorrido por la ciudad a medida de que la naturaleza iba predominando en el paisaje. De pronto llegaba a un lugar, cerca de las montañas que estaban llenas de bosque, pero de baja altura. Lo más extraño de todo es que, ese lugar, aparentemente en medio de muchos kilómetros a la redonda deshabitados, era un espacio donde siempre era de noche. Se podía ver el límite de la luz, circular donde el día se separaba de la noche, el área de un par de kilómetros oscura, aunque igual tenía una luz tenue (quizá porque justo al lado era de día).

"¿Cómo puede ser posible que acá siempre sea de noche? eso no puede ser, excepto quizá un día al año en medio de un polo terrestre en invierno, pero no estamos ahí ¿verdad?", eso recuerdo haber pensado. En esa pequeña y misteriosa área había un lago que ocupaba gran parte de este espacio eternamente nocturno, a pesar de eso, podía ver el agua, parecía ser turquesa y la marea o altura de este lago era baja, podía ver las piedras de la orilla del lago mientras el agua se movía en un tranquilo vaivén.

Y de pronto veía ahí en ese lago, en las piedras, muy enrrollada, una serpiente. Enorme gruesa, así como una manguera de un carro de bomberos, con líneas horizontales negras y celestes, intercaladas. Me dio la sensación que se estaba recuperando de algo. De la nada aparecía una anciana a su lado y me decía algo, no recuerdo qué, pero sí tenía que ver con la serpiente, algo sobre su estado. Miraba a la serpiente de nuevo y a la cabeza se me venía el mito de Trentren y Caicai.

De repente el lago cambiaba, la marea subía, mucho, el agua se tornaba densa, como un petróleo, tenía una textura con grandes grumos esféricos. Y yo estaba en un pequeño barco de madera, no estaba en la cubierta, sino abajo, era elegante y la madera era muy bella, era así como esa madera casi amarilla lustrada y barnizada, con cortinas blancas de encaje en sus pequeñas ventanas. Luego en ese piso interior bajaba por otra escalera que daba a más abajo, por un pasillo muy muy angosto (tanto que parecía ser secreto) del borde del barco, justo veía por las pequeñas ventanas ese líquido denso y oscuro, que gracias al barco no podía tocarme.

Lo último que recuerdo es que volvía a Coyhaique, que me llevaban en el mismo vehículo al aeropuerto o terminal, supongo. En ese trayecto veía una costanera con gente, varias personas reunidas en grupos pequeños haciendo altares (pensaba que quizá eran familias), no sé si precisamente eran de carácter religiosos. Pero sí conmemoraban algo, como si no quisieran olvidar, algunos se veían afligidos o tristes y me transmitían ese sentimiento.

[antropóloga, 29 años]

20 de mayo

Nos reencontramos después de un tiempo. Está de mal humor, tal como la última vez que nos vimos. Nos sentamos en un sillón mientras le muestro algo y de repente se me acerca para darme un beso. No de forma tierna, sino que con rabia. Como si fuera una obligación. Como si fuera mi culpa y la de mis fantasías. Así tenía que ser, porque yo así lo había querido por tanto tiempo, pero como yo no hacía nada al respecto, decidió hacerlo por mí, para acabar con la espera, o tal vez con el suplicio.

Entonces nos besamos. Y su saliva era muy líquida y muy ácida. Besaba con rabia, y yo besaba con pena. Con pena por no ser correspondida. Con pena porque, en el fondo, sabía que el asco que me generaba el beso no significaba que yo no sintiera amor, sino que estaba siendo intoxicada. Su saliva, ácida y líquida, era veneno, veneno que me estaba inyectando con rabia.

Me dormí pensando que esa noche iba a ser la noche en que nos besaríamos por primera vez, y desperté sabiendo que iba a ser la última.

[abogada, 25 años]

 

18 de mayo

Estábamos en la calle y se puso a llover plástico, como el que se usa para plastificar libros. Era un plástico suave y delgado que se pegaba estáticamente a la ropa y pies. Por alto parlante se escucha "no salga de su casa, lave sus alfombras cuando haya sol, cuide sus pertenencias".

[teletrabajadora, 30 años] 

 

16 de mayo

Miro por el ventanal caliente, se alza tremenda llama en la casa del Vecino. Bajo la escalera caracol y afuera. En el pasaje del frente se incendia la casa del Rene y en la otra manzana la del Tambo. Bastó bajar la mirada para pensar ¡¿qué chucha?! y tengo toda mi población en llamas naranjas dándole humo al cielo para hacerlo más negro más sin estrellas. Incluso así, pasan palomas gordas acarosas con roña y nos fijan sus ojos de repugnancia y hambre.

[estudiante, 21 años]

 

15 de mayo

Íbamos bajando a comprar algo para el almuerzo y los vimos llegar en sus motos. Yo seguí caminando en nuestra dirección pese a los llamados del grupo para tomar otra ruta y así evitarlos. Me pidieron el salvoconducto. Lo tenía impreso así que lo extendí, me agarraron igual, me subieron al auto, me sentaron y me hicieron unos moñitos porque les molestaba mi pelo largo. Prendieron el auto y me llevaron. Pregunté a dónde y por qué. Se rieron de cómo pronunciaba las palabras. Me pusieron un babero y me pidieron decir una serie de palabras: limonada, carabinero, estrella fugaz. Todo les causaba risa.

[profesora, 30 años]

 

12 de mayo

Llegaba a una playa repleta de algas y pedazos de palos. Había un hombre mayor, una madre y su hijo. Me parece que el hijo tenía algún síndrome. Ella iba a bañarse. Luego yo le decía al pequeño si quería que fuéramos a bañarnos al mar. Le decía: “Dame la mano”. Nos quedábamos en la orilla y nos mojábamos los pies. “¿Vamos a caminar hasta el fondo de allá?”. Caminábamos y al final había un gran muro y mucha gente miraba el muro. Eran personas antiguas, vestidas de otro tiempo, como de los 70 o los 80, gente humilde. Chaqueta, chaleco, pantalones y zapatos de esos negros, sombrero y piel arrugada. Me acercaba al muro y eran autos estacionados con la cola hacia el muro. Adentro de los autos había ataúdes. La gente se despedía. Veía a un señor muy afectado con los ojos llorosos.

 


11 de mayo

"¿Hacia dónde irán si no regresan por el río azul?"

 

8 de mayo

Un doble mío hablaba por teléfono con mi jefe mientras yo escuchaba impaciente la conversación desde la cocina. El jefe pedía más, más esfuerzo, más trabajo, mejor trabajo, malograba el trabajo que habíamos realizado hasta ahora en la oficina porque no se alineaba con los objetivos trazados. ¿Cuáles objetivos?, preguntaba yo haciéndole señas a mi doble. ¿Acaso no están lo suficientemente claros?, respondía el jefe. Me quedaba en silencio. El jefe retomaba su trayectoria de ir siempre por más y yo permanecía de pie en la cocina.

[contador, 40 años] 

 

4 de mayo

Anoche me acosté con la ventana abierta y el viento soplándome la cara.

De pronto me vi en el Cajón del Maipo, en un pico de gran altura. Me monté sobre una llama y comencé a recorrer el monte. Hacía mucho frío allá arriba. El paisaje pasó de ser precordillerano y semi paramoso a convertirse en pampa argentina.
Una larga franja de tierra dividía las fértiles planicies y parecía llegar muy lejos. Por allí andaré, me dije. Me sentí gigante en mi llama, y la gente a mi alrededor se veía enana, como si estuviera pasando por Lilliput.
Los liliputienses pampinos, vestían trajes curiosos. Túnicas largas, hasta en el rostro, pareciendo ser miembros del Ku Klux Klan. Seguramente debe haber comunidades afro cercanas, pensé, por eso estos artífices del odio andan por estos lares. Sentí ganas de aplastarlos con mi poderoso camélido andino. Pero se escabulleron como las ratas.
Mi llamita, en cambio, siguió. Tenía afán.
Luego, fui llegando a lo que parecía ser al final del camino. Del otro lado del fin, volvían indígenas quichua, pero curiosamente vestidos para misa. Me generó mucha extrañeza. Raro, pero colonialmente posible.
En la medida que iba avanzando mi entorno se volvió amazónico. Una densa espesura selvática comenzó a meterme en sus entrañas. Este breve túnel húmedo y boscoso comenzó a dar paso a la urbe de Florencia, Caquetá.
Se hizo momento de dejar a mi compañera llama.
La Puerta de Oro de la Amazonía Colombiana se veía descuidada. Su asfalto húmedo y sucio en pleno amanecer me hacía avanzar con desconfianza. Pasé por un puente metálico, sorteando el caudaloso río. Al bajar por las escaleras, unos muchachos revolvían la basura.
Olía a hambre y bazuco, que es como se conoce la pasta base en esta parte del planeta. Sentí algo de miedo.
Comencé a subir por la calle, algunas fogatas urbanas alumbraban la oscuridad de la madrugada que lentamente se escondía. Algunas miradas comenzaron a sugerirse entre sí que yo era una posible presa. El susto no me quitó la hospitalidad, pues mi principal sensación era la de estar en algún cerro marginado de Valparaíso.
Estuve de vuelta, ya cerca de casa.
Desperté.
Miré mi reloj: 04:49 am.
Afuera llovía torrencialmente.

[sociólogo, 26 años]


Soñé que estaba en el gimnasio de un colegio, habían muchas personas y todo estaba muy oscuro. Decían que la mitad estábamos contagiados, yo no lo creía posible y pensaba que nos tenían en ese lugar para matarnos porque todos allí compartíamos el mismo pensamiento. Veía cómo personas nos inyectaban una droga en el cuello para volvernos más dóciles, vi a Piñera escogiendo personas al azar para inyectarlos y llevárselos para matarlos. Yo intentaba escapar y corría por un lugar totalmente oscuro y húmedo y me mentalizaba para soportar horas o quizás días en ese lugar sin comida ni luz. Ahí desperté pensando que había visto el futuro.

[comunicadora audiovisual e ilustradora] 

 

Soñado a fines de abril, sin fecha exacta

Por la línea 5 nos encontrábamos con mi amiga viajando con destino a la típica combinación por Baquedano. Al bajarnos, nos acercamos a un guardia debido a que nos extrañó la conducta de la gente, más alterada y agresiva de lo normal. Él nos responde “váyanse a la casa porque estamos en una guerra”. Con mi amiga corrimos, nos tomamos de la mano en busca de una micro que nos acercara a nuestras casas. Al fin pudimos subirnos, apretadas como siempre nos asombramos al mirar por la ventana. Solo veíamos la violencia vehemente de la fuerza policial, cuerpos en las calles, humo por todos lados. Mi amiga enojada grita “¡pacos culiaos!”. Para nuestro asombro, la gente del transporte nos agrede, nos culpa de lo sucedido, a lo cual solo reaccionamos a correr de aquel lugar. Mi camino sigue, por las calles del centro, llego al Parque Forestal, al darme vuelta ya no veo a mi amiga. Para mi asombro, un jeep negro se para al frente mío y mujeres de adelantada edad, rubias y cuicas, me invitan a subir. Sin ninguna preocupación me preguntan a dónde voy, que me pueden acercar. Solo atiné a pedir que me dejaran en Providencia. Al llegar, estaba en una especie de cerro, en donde me encuentro con mi novio. Él estaba sentado con un ridículo vestuario, tipo filósofo griego conversando con sus amigos en unas rocas. Me altero, le grito: “Cómo es posible que estés acá, hay una guerra”. Me responde sin ninguna preocupación: “¿Cata, de qué estás hablando?”.

[estudiante de historia, 23 años] 

 

15 de abril

Entramos rápido a la casa que tenía la puerta abierta. Pasando la mampara, subía una escalera enorme que apresuramos. De las habitaciones colgaban ancianas que miraban aterradas las ventanas llenas de ruido. Una de ellas nos dijo que había una buhardilla que tenía vista al McDonald. Entré y me puse a mirar; varios pacos comían McFiestas mientras caían escombros por todos lados. El Cristóbal se asomó a la buhardilla y ajustando su ojo me dijo que desde ahí mi cabeza tenía el mismo porte que el helado de un paco. Había mucho ruido y en eso ya estábamos bajando un colchón, donado a la causa por una de las ancianas de la casa. Algunas personas lo agarraron por las esquinas y lo alzaron. Todo sucedía rápido. El resto nos pusimos debajo para protegernos y, con los brazos completamente extendidos, llevamos el colchón hasta la bocacalle. Desde arriba se veía bonito: un cuadro blanco caminando que resistía todos los proyectiles que nos llegaban del cielo.

[profesora de lenguaje, 30 años]

14 de abril

En el sueño aparecía la frase “Habitar una realidad para-capitalista”.

[estudiante de psicología, 23 años]


Marchamos hacia el sector alto de la ciudad. Hablamos con un grupo acerca de la desesperación ante la escacés. Después nos quedamos un poco al margen viendo a algunos pacos jugando y apostando junto a sus vehículos. La marcha se ha disuelto. No recuerdo haber visto a nadie con mascarilla. Después entraba en un pequeño café a lavarme las manos. Dejaba mi bicicleta afuera apoyada. El café era uno de los pocos locales abiertos en una especie de galería de dos niveles y a cielo abierto. Había llovido, pozones grises en el suelo. Casi todos los locales estaban quebrando. La mayoría eran negocios dedicados a las fotocopias y a la venta de colaciones. Desde una señal de radio me llegaba el mensaje de que el gobierno estaba arrojando cajas con mercadería debajo de los puentes (las cajas tenían puros paquetes de galletas y nada de agua). Además del café, el otro local abierto era una tienda que vendía telescopios antiguos hechos en madera. Cotizo los precios de los telescopios pero no tiene sentido: el vendedor solo acepta escudos (según el sueño, un escudo equivale aproximadamente a diez mil pesos chilenos). Dejo atrás la galería, se supone que estoy en una ciudad costera y que me estoy quedando en un departamento junto al mar. El edificio de al lado se está quemando. Los bomberos intentan apagarlo. Todos los carros bomba están desplegados en esta avenida costera que es muy amplia. Por la fachada del edificio en llamas corre agua como si fuera una cascada, pero el fuego no se apaga. Me acerco a mirar. Desde una ventana me arrojan pequeñas piedras verdes (veo con claridad la trayectoria de las piedras que caen hacia mí y escucho a la gente gritar cuidado).

[historiador, 31 años ]

 

10 de abril 

Soñé que tenía que ir de compras y se me quedaban las llaves dentro del departamento. Después perdía mi bicicleta azul y al final no hacía ninguna compra.

[estudiante, 21 años]

 

9 de abril 

Soñando me soplaron: “Para lograrlo, agua de luna, agua azul de luna en un cuenco blanco”.

[bibliotecario, 35 años]

 

25 de marzo 

Todo era en blanco y negro. Estaba sentada en un living viendo fotos en un álbum. Las familias se sacaban fotos y posaban con los ancestros (los ancestros eran sus huesos).

[profesora, 39 años]

 

Soñado cerca del 20 de marzo

Hoy desperté en medio de un sueño hermoso, de esos raros, lleno de placer visual, de encanto. Ahora me doy cuenta que tuve otro sueño días antes, no tan placentero, más hollywoodense. Estaba dentro de la ciudad desierta de Nueva York, sabía que era riesgoso caminar por ahí, pero me atrevía a hacerlo para poder sentir la magnífica sensación de ver lo imposible hecho realidad: la maravilla de la ciudad desierta, la magnitud de los rascacielos con la sola presencia de nieve alrededor, Times Square en silencio ¡¡¡por fin todo se detuvo¡¡¡

Pero el sueño de hoy esparcía belleza. Me encontraba en el sur, salía a caminar y daba con un páramo donde se decía que existía el volcán Lockwood, nombre de un inglés que lo había descubierto y a cuyas faldas existía también un bosque y un pueblo dentro de él. El bosque se podía ver desde el páramo, pero el volcán solo era avistable desde un punto que yo lograba pisar y así verlo con su prístina punta nevada para luego comenzar a caminar hacia el bosque, sabiendo que todavía contaba con horas de luz día para ir y volver. La sensación de caminata al aire libre era tan gratificante que hasta olores sentía. El paisaje y el pueblo que llegaba a ver eran tan bellos que en el sueño me ponía a sacar fotos, creo que podría pintar cada una de esas tomas, callejuelas de tierra, construcciones de madera, construcciones de concreto, árboles dorados, luz otoñal, carteles hechos a mano, iglesias pequeñas. Una mezcla entre un pequeño pueblo de madera del sur de Chile con un pequeño pueblo en Bretaña, Francia.

Intrigada por ese nombre tan definido que puse en mi sueño a bosque, volcán y pueblo, se lo comenté a mi hijo de nueve años quien me sacó de la incógnita; Lockwood era el apellido del protagonista de Cantando bajo la lluvia que habíamos visto juntos la noche anterior.

Y todo esto ha pasado en una semana de cuarentena por la pandemia, primera semana donde todavía hay un clima grato, donde podemos abrir las ventanas y al atardecer nos baña una cálida luz. El regalo de los sueños nos salva, guía, inquieta. ¿Qué soñarán los presos me pregunto, qué habrá soñado mi padre? Sé que hizo medallas y anillos a partir de monedas de Escudos. Ningún encierro nos puede privar de los sueños. Ningún encierro limita a ese inconsciente fértil que no cesa de producir. Mientras no tenemos horizontes la imaginación vuela, arrancando de toda angustia, de todo horror. Imaginación que vuela tan alto como la de Italo Calvino y su Barón que vive en los árboles o de su Vizconde partido en dos. El sueño mezcló libremente literatura con un clásico del cine. Podemos vivir donde queramos.

[artista, 43 años]

 

Soñado a mediados de marzo, sin fecha exacta

Día normal en la universidad. Mis compañeros y compañeras esparcidos en una sala típica de la facultad de Historia. Como nunca, llegó una profesora de una extraña apariencia. Un vestuario excéntrico de fuertes colores y marcas lujosas combinaban con su cabello voluminoso. Mis amigos no se inmutan a esta extraña personaje que entraba por la puerta principal. Junto a ella un ayudante lleva una gran bolsa negra de basura, con un extraño y pesado contenido. La clase en un principio era sobre cine, sin embargo, el curso de esta cambia al momento de saber cuál era la actividad de hoy. La mujer se presenta, nos explica que debemos juntarnos en grupos y cortar las extremidades de un cadáver animal. Me horrorizo, pero veo las caras de los alumnos y alumnas sin inmutar, sin reaccionar, ni extrañarse de aquella terrible actividad. El ayudante abre la bolsa y comienza a entregar a cada grupo un animal. “Somos historiadores, no veterinarios”, pensaba. A pesar de la supuesta normalidad de aquella atrocidad, no logro controlarme y rompo en llanto. Intento hacer entender a mis amigos que no estaba bien, que no debíamos hacerlo. Me escuchaban, pero no reaccionaban. Para mi horror, Antonio ya había cortado un muslo del animal, chorreado de sangre lo mordía, disfrutando el placer de su carne aún fresca.

[estudiante de historia, 23 años]

 

10 de marzo

Una casa en la playa, una familia. Mamá, papá, hijo, hija. Yo trabajaba para ellos.
Un día, logro ver a un pequeño de no más de 3 años, con su pijama blanco y brillante y su pelo rubio, era pequeño y tierno. Le pregunto a dónde va. No responde, solo me observa mientras se acerca caminando por el pasillo que salía de la pieza principal. Era de noche o estaba oscuro. En eso llega hasta el sillón del living donde me encontraba y lo tomo en brazos. Me recordó a mis sobrinos.
Una de las primeras veces que lo vi, tenía un color traslúcido, pero con el mismo brillo. Tampoco generaba miedo, era ver a un niño caminando y curioseando por su casa.
Decidí contarle a la familia. Nos reunimos en el closet o en el baño de la pieza principal y les conté de él. La madre angustiada y emocionada, el padre sin palabras y los niños sin entender mucho lo que pasaba. No fue necesario que me explicaran nada. Era su hijo, su hermano pequeño que los había dejado hace unos años.

[geóloga, 24 años]

Un muchacho hacía aseo. Tenía los dos brazos dentro de un cabestrillo que colgaba del cuello. En medio, entre el cabestrillo y el pecho, sostenía una escoba con la que barría el suelo. Me contaba que había estudiado tiro y que había escondido un bidón con bencina dentro de un vehículo para practicar con blancos móviles. K-boom, decía, k-boom. Después se iba por un pequeño vidrio roto.

[vendedor, 27 años]

 

6 de marzo

Sueño con gas pimienta rojo colándose por las lomas del parque Forestal y, en los árboles, sombras de pacos que parecen costales.
Sueño con enfrentamientos, oculto detrás de un kiosko abierto, con todos los diarios colgando mentiras, y un compañero por detrás me dice ‘fume compañero, lo necesitamos’.

[bibliotecario, 35 años]