Diario de sueños

En tiempos de coronavirus, lxs invitamos a recoger y compartir sus sueños. ¿Cómo? En la web de LOM ediciones publicaremos un diario colectivo de sueños que será actualizado cada domingo. Escribe o graba en un audio tus sueños y envíalo a la dirección de correo suenosmundos@gmail.com. Nosotros nos encargaremos de publicarlo con el mayor cuidado posible. No olivdes contarnos qué día soñaste, qué edad tienes y a qué te dedicas. Tu nombre o cualquier otra información distinta a la solicitada no serán publicados. Revisa la convocotaria completa aquí.

20 de mayo

Nos reencontramos después de un tiempo. Está de mal humor, tal como la última vez que nos vimos. Nos sentamos en un sillón mientras le muestro algo y de repente se me acerca para darme un beso. No de forma tierna, sino que con rabia. Como si fuera una obligación. Como si fuera mi culpa y la de mis fantasías. Así tenía que ser, porque yo así lo había querido por tanto tiempo, pero como yo no hacía nada al respecto, decidió hacerlo por mí, para acabar con la espera, o tal vez con el suplicio.

Entonces nos besamos. Y su saliva era muy líquida y muy ácida. Besaba con rabia, y yo besaba con pena. Con pena por no ser correspondida. Con pena porque, en el fondo, sabía que el asco que me generaba el beso no significaba que yo no sintiera amor, sino que estaba siendo intoxicada. Su saliva, ácida y líquida, era veneno, veneno que me estaba inyectando con rabia.

Me dormí pensando que esa noche iba a ser la noche en que nos besaríamos por primera vez, y desperté sabiendo que iba a ser la última.

[abogada, 25 años]

 

18 de mayo

Estábamos en la calle y se puso a llover plástico, como el que se usa para plastificar libros. Era un plástico suave y delgado que se pegaba estáticamente a la ropa y pies. Por alto parlante se escucha "no salga de su casa, lave sus alfombras cuando haya sol, cuide sus pertenencias".

[teletrabajadora, 30 años] 

 

16 de mayo

Miro por el ventanal caliente, se alza tremenda llama en la casa del Vecino. Bajo la escalera caracol y afuera. En el pasaje del frente se incendia la casa del Rene y en la otra manzana la del Tambo. Bastó bajar la mirada para pensar ¡¿qué chucha?! y tengo toda mi población en llamas naranjas dándole humo al cielo para hacerlo más negro más sin estrellas. Incluso así, pasan palomas gordas acarosas con roña y nos fijan sus ojos de repugnancia y hambre.

[estudiante, 21 años]

 

15 de mayo

Íbamos bajando a comprar algo para el almuerzo y los vimos llegar en sus motos. Yo seguí caminando en nuestra dirección pese a los llamados del grupo para tomar otra ruta y así evitarlos. Me pidieron el salvoconducto. Lo tenía impreso así que lo extendí, me agarraron igual, me subieron al auto, me sentaron y me hicieron unos moñitos porque les molestaba mi pelo largo. Prendieron el auto y me llevaron. Pregunté a dónde y por qué. Se rieron de cómo pronunciaba las palabras. Me pusieron un babero y me pidieron decir una serie de palabras: limonada, carabinero, estrella fugaz. Todo les causaba risa.

[profesora, 30 años]

 

12 de mayo

Llegaba a una playa repleta de algas y pedazos de palos. Había un hombre mayor, una madre y su hijo. Me parece que el hijo tenía algún síndrome. Ella iba a bañarse. Luego yo le decía al pequeño si quería que fuéramos a bañarnos al mar. Le decía: “Dame la mano”. Nos quedábamos en la orilla y nos mojábamos los pies. “¿Vamos a caminar hasta el fondo de allá?”. Caminábamos y al final había un gran muro y mucha gente miraba el muro. Eran personas antiguas, vestidas de otro tiempo, como de los 70 o los 80, gente humilde. Chaqueta, chaleco, pantalones y zapatos de esos negros, sombrero y piel arrugada. Me acercaba al muro y eran autos estacionados con la cola hacia el muro. Adentro de los autos había ataúdes. La gente se despedía. Veía a un señor muy afectado con los ojos llorosos.

 


11 de mayo

"¿Hacia dónde irán si no regresan por el río azul?"

 

8 de mayo

Un doble mío hablaba por teléfono con mi jefe mientras yo escuchaba impaciente la conversación desde la cocina. El jefe pedía más, más esfuerzo, más trabajo, mejor trabajo, malograba el trabajo que habíamos realizado hasta ahora en la oficina porque no se alineaba con los objetivos trazados. ¿Cuáles objetivos?, preguntaba yo haciéndole señas a mi doble. ¿Acaso no están lo suficientemente claros?, respondía el jefe. Me quedaba en silencio. El jefe retomaba su trayectoria de ir siempre por más y yo permanecía de pie en la cocina.

[contador, 40 años] 

 

4 de mayo

Anoche me acosté con la ventana abierta y el viento soplándome la cara.

De pronto me vi en el Cajón del Maipo, en un pico de gran altura. Me monté sobre una llama y comencé a recorrer el monte. Hacía mucho frío allá arriba. El paisaje pasó de ser precordillerano y semi paramoso a convertirse en pampa argentina.
Una larga franja de tierra dividía las fértiles planicies y parecía llegar muy lejos. Por allí andaré, me dije. Me sentí gigante en mi llama, y la gente a mi alrededor se veía enana, como si estuviera pasando por Lilliput.
Los liliputienses pampinos, vestían trajes curiosos. Túnicas largas, hasta en el rostro, pareciendo ser miembros del Ku Klux Klan. Seguramente debe haber comunidades afro cercanas, pensé, por eso estos artífices del odio andan por estos lares. Sentí ganas de aplastarlos con mi poderoso camélido andino. Pero se escabulleron como las ratas.
Mi llamita, en cambio, siguió. Tenía afán.
Luego, fui llegando a lo que parecía ser al final del camino. Del otro lado del fin, volvían indígenas quichua, pero curiosamente vestidos para misa. Me generó mucha extrañeza. Raro, pero colonialmente posible.
En la medida que iba avanzando mi entorno se volvió amazónico. Una densa espesura selvática comenzó a meterme en sus entrañas. Este breve túnel húmedo y boscoso comenzó a dar paso a la urbe de Florencia, Caquetá.
Se hizo momento de dejar a mi compañera llama.
La Puerta de Oro de la Amazonía Colombiana se veía descuidada. Su asfalto húmedo y sucio en pleno amanecer me hacía avanzar con desconfianza. Pasé por un puente metálico, sorteando el caudaloso río. Al bajar por las escaleras, unos muchachos revolvían la basura.
Olía a hambre y bazuco, que es como se conoce la pasta base en esta parte del planeta. Sentí algo de miedo.
Comencé a subir por la calle, algunas fogatas urbanas alumbraban la oscuridad de la madrugada que lentamente se escondía. Algunas miradas comenzaron a sugerirse entre sí que yo era una posible presa. El susto no me quitó la hospitalidad, pues mi principal sensación era la de estar en algún cerro marginado de Valparaíso.
Estuve de vuelta, ya cerca de casa.
Desperté.
Miré mi reloj: 04:49 am.
Afuera llovía torrencialmente.

[sociólogo, 26 años]


Soñé que estaba en el gimnasio de un colegio, habían muchas personas y todo estaba muy oscuro. Decían que la mitad estábamos contagiados, yo no lo creía posible y pensaba que nos tenían en ese lugar para matarnos porque todos allí compartíamos el mismo pensamiento. Veía cómo personas nos inyectaban una droga en el cuello para volvernos más dóciles, vi a Piñera escogiendo personas al azar para inyectarlos y llevárselos para matarlos. Yo intentaba escapar y corría por un lugar totalmente oscuro y húmedo y me mentalizaba para soportar horas o quizás días en ese lugar sin comida ni luz. Ahí desperté pensando que había visto el futuro.

[comunicadora audiovisual e ilustradora] 

 

Soñado a fines de abril, sin fecha exacta

Por la línea 5 nos encontrábamos con mi amiga viajando con destino a la típica combinación por Baquedano. Al bajarnos, nos acercamos a un guardia debido a que nos extrañó la conducta de la gente, más alterada y agresiva de lo normal. Él nos responde “váyanse a la casa porque estamos en una guerra”. Con mi amiga corrimos, nos tomamos de la mano en busca de una micro que nos acercara a nuestras casas. Al fin pudimos subirnos, apretadas como siempre nos asombramos al mirar por la ventana. Solo veíamos la violencia vehemente de la fuerza policial, cuerpos en las calles, humo por todos lados. Mi amiga enojada grita “¡pacos culiaos!”. Para nuestro asombro, la gente del transporte nos agrede, nos culpa de lo sucedido, a lo cual solo reaccionamos a correr de aquel lugar. Mi camino sigue, por las calles del centro, llego al Parque Forestal, al darme vuelta ya no veo a mi amiga. Para mi asombro, un jeep negro se para al frente mío y mujeres de adelantada edad, rubias y cuicas, me invitan a subir. Sin ninguna preocupación me preguntan a dónde voy, que me pueden acercar. Solo atiné a pedir que me dejaran en Providencia. Al llegar, estaba en una especie de cerro, en donde me encuentro con mi novio. Él estaba sentado con un ridículo vestuario, tipo filósofo griego conversando con sus amigos en unas rocas. Me altero, le grito: “Cómo es posible que estés acá, hay una guerra”. Me responde sin ninguna preocupación: “¿Cata, de qué estás hablando?”.

[estudiante de historia, 23 años] 

 

15 de abril

Entramos rápido a la casa que tenía la puerta abierta. Pasando la mampara, subía una escalera enorme que apresuramos. De las habitaciones colgaban ancianas que miraban aterradas las ventanas llenas de ruido. Una de ellas nos dijo que había una buhardilla que tenía vista al McDonald. Entré y me puse a mirar; varios pacos comían McFiestas mientras caían escombros por todos lados. El Cristóbal se asomó a la buhardilla y ajustando su ojo me dijo que desde ahí mi cabeza tenía el mismo porte que el helado de un paco. Había mucho ruido y en eso ya estábamos bajando un colchón, donado a la causa por una de las ancianas de la casa. Algunas personas lo agarraron por las esquinas y lo alzaron. Todo sucedía rápido. El resto nos pusimos debajo para protegernos y, con los brazos completamente extendidos, llevamos el colchón hasta la bocacalle. Desde arriba se veía bonito: un cuadro blanco caminando que resistía todos los proyectiles que nos llegaban del cielo.

[profesora de lenguaje, 30 años]

14 de abril

En el sueño aparecía la frase “Habitar una realidad para-capitalista”.

[estudiante de psicología, 23 años]


Marchamos hacia el sector alto de la ciudad. Hablamos con un grupo acerca de la desesperación ante la escacés. Después nos quedamos un poco al margen viendo a algunos pacos jugando y apostando junto a sus vehículos. La marcha se ha disuelto. No recuerdo haber visto a nadie con mascarilla. Después entraba en un pequeño café a lavarme las manos. Dejaba mi bicicleta afuera apoyada. El café era uno de los pocos locales abiertos en una especie de galería de dos niveles y a cielo abierto. Había llovido, pozones grises en el suelo. Casi todos los locales estaban quebrando. La mayoría eran negocios dedicados a las fotocopias y a la venta de colaciones. Desde una señal de radio me llegaba el mensaje de que el gobierno estaba arrojando cajas con mercadería debajo de los puentes (las cajas tenían puros paquetes de galletas y nada de agua). Además del café, el otro local abierto era una tienda que vendía telescopios antiguos hechos en madera. Cotizo los precios de los telescopios pero no tiene sentido: el vendedor solo acepta escudos (según el sueño, un escudo equivale aproximadamente a diez mil pesos chilenos). Dejo atrás la galería, se supone que estoy en una ciudad costera y que me estoy quedando en un departamento junto al mar. El edificio de al lado se está quemando. Los bomberos intentan apagarlo. Todos los carros bomba están desplegados en esta avenida costera que es muy amplia. Por la fachada del edificio en llamas corre agua como si fuera una cascada, pero el fuego no se apaga. Me acerco a mirar. Desde una ventana me arrojan pequeñas piedras verdes (veo con claridad la trayectoria de las piedras que caen hacia mí y escucho a la gente gritar cuidado).

[historiador, 31 años ]

 

10 de abril 

Soñé que tenía que ir de compras y se me quedaban las llaves dentro del departamento. Después perdía mi bicicleta azul y al final no hacía ninguna compra.

[estudiante, 21 años]

 

9 de abril 

Soñando me soplaron: “Para lograrlo, agua de luna, agua azul de luna en un cuenco blanco”.

[bibliotecario, 35 años]

 

25 de marzo 

Todo era en blanco y negro. Estaba sentada en un living viendo fotos en un álbum. Las familias se sacaban fotos y posaban con los ancestros (los ancestros eran sus huesos).

[profesora, 39 años]

 

Soñado a mediados de marzo, sin fecha exacta

Día normal en la universidad. Mis compañeros y compañeras esparcidos en una sala típica de la facultad de Historia. Como nunca, llegó una profesora de una extraña apariencia. Un vestuario excéntrico de fuertes colores y marcas lujosas combinaban con su cabello voluminoso. Mis amigos no se inmutan a esta extraña personaje que entraba por la puerta principal. Junto a ella un ayudante lleva una gran bolsa negra de basura, con un extraño y pesado contenido. La clase en un principio era sobre cine, sin embargo, el curso de esta cambia al momento de saber cuál era la actividad de hoy. La mujer se presenta, nos explica que debemos juntarnos en grupos y cortar las extremidades de un cadáver animal. Me horrorizo, pero veo las caras de los alumnos y alumnas sin inmutar, sin reaccionar, ni extrañarse de aquella terrible actividad. El ayudante abre la bolsa y comienza a entregar a cada grupo un animal. “Somos historiadores, no veterinarios”, pensaba. A pesar de la supuesta normalidad de aquella atrocidad, no logro controlarme y rompo en llanto. Intento hacer entender a mis amigos que no estaba bien, que no debíamos hacerlo. Me escuchaban, pero no reaccionaban. Para mi horror, Antonio ya había cortado un muslo del animal, chorreado de sangre lo mordía, disfrutando el placer de su carne aún fresca.

[estudiante de historia, 23 años]

 

10 de marzo

Un muchacho hacía aseo. Tenía los dos brazos dentro de un cabestrillo que colgaba del cuello. En medio, entre el cabestrillo y el pecho, sostenía una escoba con la que barría el suelo. Me contaba que había estudiado tiro y que había escondido un bidón con bencina dentro de un vehículo para practicar con blancos móviles. K-boom, decía, k-boom. Después se iba por un pequeño vidrio roto.

[vendedor, 27 años]

 

6 de marzo

Sueño con gas pimienta rojo colándose por las lomas del parque Forestal y, en los árboles, sombras de pacos que parecen costales.
Sueño con enfrentamientos, oculto detrás de un kiosko abierto, con todos los diarios colgando mentiras, y un compañero por detrás me dice ‘fume compañero, lo necesitamos’.

[bibliotecario, 35 años]