Instantáneas de un tiempo común

Texto de presentación del libro "19 me acuerdo" de Fernando Orellana

Por Antonio Ostornol

Mi relación con la familia Orellana data de los primeros años 70 y se estableció, inicialmente, a través de Isabel (la Chabela) y sus hermanos, entre los que, por supuesto, estaba Fernando. Me acuerdo haber visitado la casa de calle Pontevedra, creo que pasadito Clorinda Henríquez hacia arriba, casi al lado de Larraín. En su libro, Fernando se acuerda de la dirección exacta. Cincuenta años después, una o dos veces al mes paso por esa esquina cuando voy a la Feria. Me acuerdo que Fernando se acuerda de la Plaza donde hoy se instala la feria. 20 años más tarde, en el inicio de los noventa, me vinculé con Carlos Orellana, el pater familias de los Orellana, cuando él dirigía un incipiente proyecto de renovación editorial en Chile. Es posible que, entre tanto, en los años de dictadura, me haya cruzado con Fernando en París entre el 84 y el 85. Podría haber sido en el bar Rayuela, que regentaba nuestro camarada Paco Peña, y en el que se congregaba parte de la colonia en el exilio. Algunos, como yo, transitoriamente por razones de estudio. Otros cumpliendo las condenas que les impuso la dictadura, como Fernando. Si nos encontramos, no me acuerdo.

Pero no me olvido. Al autor de este libro debiéramos llamarlo “Peluca” porque su recuerdo se ancla en esos años en que “nosotros” nos iniciábamos en la militancia comunista y todos teníamos algún alias. Fines de los sesenta, comienzos de los setenta con Allende y la Unidad Popular ya en el gobierno. Éramos militantes de la organización comunista de estudiantes secundarios de Santiago. Pululábamos por Marcoleta 96, el local del Comité central de la jota. Fernando se acuerda. Quizás ya era parte de las BRP o, incluso, de los equipos de autodefensa. Yo no me acuerdo bien y, quizás, Fernando tampoco o simplemente tuvo el debido cuidado de no precisarlo. También me acuerdo de jornadas memorables: la marcha “Por Vietnam”, caminando desde Valparaíso a Santiago. Fernando también se acuerda, él arriba del camión de la BRP y yo a pie por la carretera. Y se acuerda de alguna manifestación estudiantil que terminó en el parque forestal, seguro que lanzando piedras contra el consulado de USA. No lo dice, pero seguro debe haber sido así.

¿Por qué establezco estas relaciones? Y mi respuesta debiera ser: porque este es un libro político. Pero si contestara solo eso, me quedaría corto. Fernando nació el año 1954 y hoy tendría 71 años. Lo sé con certeza: yo también nací el año 1954. Y en este texto Fernando recoge vivencias y recuerdos hasta el año 1973, hasta sus / mis 19 años. A través de sus recuerdos –para quien ha sido completamente contemporáneo de su trayectoria, como yo- esta suerte de poemario / memoria / relato se transforma en una verdadera inyección de nostalgia a la vena. A través de estos recuerdos de Fernando, que se exponen uno tras otro sin un orden aparente, transcurre una vida, una épica, un destino. Hay una infancia chilena, hay barrios, hay emporios, hay juegos, hay dichos, hay revistas, hay hechos históricos, hay experiencias personales que, siendo profundamente íntimas, son iguales a miles vividas por otros seres humanos. Esta historia nace en la infancia inaugurada en mitad de los 50 (Hay una hermosa foto que inaugura el- texto; foto de estudio, con las luces bien cuidadas, tal vez retocada: la foto que cada familia en Chile quería tener de sus hijos: sentado porque todavía no camina, con la mirada puesta en un futuro que, para ese entonces, sería protagonizar la mirada esperanzada de sus padres ); decía, nace en esa infancia y avanza hasta la abrupta irrupción de la juventud a los diecinueve años, con el fin abrupto de la adolescencia, el año 73. Es la historia de la última generación que vivió sus primeros años en la guerra fría y en el esplendor de las ideas revolucionarias. Es la historia de una generación que todavía, tal vez en forma ingenua, creía en utopías.

Esta suerte de crónica vivencial, mirada desde una perspectiva amplia, tiene la gracia de que le compete a cualquiera que haya vivido esos años, ya sea por adhesión o rechazo a sus tiempos. Las referencias al Chile de los años cincuenta, sesenta y setenta, la compartieron cientos de miles de chilenos: el silabario Lea, el mundial del 62, los Iracundos, el record mundial de los Jockers, el primer astronauta, el hombre en la luna, la crisis de los misiles el 62, etc. Y cosas menores: los lápices BIC, el champú en calugas, el cordelito para anunciar la bajada de la micro… Pero el círculo de referencias se va, simultáneamente, ampliando y acotando. Porque Fernando habla del mundo de las clases medias chilenas (¿y latinoamericanas?), emergentes, educadas… Por eso hay literatura: Donoso, Cortázar, García Márquez, y hay cine: El bueno, el malo y el feo, La conquista del oeste (en Cinerama), Dr. No. Aparece el Liceo, luego la universidad. Este mundo no es exclusivo de nadie: el país, y sus jóvenes de los años 60, se educaban más que antes, ya sea en lo privado o lo público, pero Fernando habla desde lo público, desde lo fiscal, desde esa educación gratuita y de razonable calidad, al menos en algunos liceos. El libro de Fernando tiene la virtud de ir recogiendo una historia desde lo más primario, la experiencia vital. Y así como se recuperan las vivencias políticas, también podemos apreciar las vivencias puramente humanas, la que se construía en los barrios de ese Santiago antiguo que nos resultaba tan familiar, donde se podía circular por la ciudad sin extrañezas, tiempos en que todos nos sentíamos dueños de ese espacio. Íbamos a pie o en micro a la escuela desde los primeros años; el deporte, la política, el arte, el amor, nos hacían recorrer y conocer la ciudad. Esa ciudad que apenas asomaba la cabeza desde la pobreza, está en el recuerdo de Fernando. Es la ciudad que todavía en 1984 se puede reconocer y que Fernando retrata con su cámara fotográfica (ver “Chileno de Chile”).

Al inicio del texto, Fernando reconoce su inspiración en en texto “I remember” de Joe Brainard, así como de “Je me souviens” de Gerges Perec. Del primero, Paul Auster hizo el siguiente comentario: “los libros supuestamente importantes de nuestro tiempo serán olvidados uno tras otro, pero la pequeña y modesta joya de Joe Brainard perdurará”. Me parece que algo similar podríamos decir del libro de Fernando Orellana: una pequeña joya, un libro multifacético, fuera de todo canon, inclasificable por su diversidad. Un libro que puede leerse como un álbum fotográfico, donde el lector se va encontrando con pequeñas instantáneas que, en su conjunto, configuran el retrato de una época, de una generación de padres y madres comunistas que junto al silabario Lea transmitían a sus hijos toda la ilusión y la esperanza que movía sus vidas, que se consagraba en la alabanza a los grandes logros de la Unión Soviética, y de esos hijos que en su patrimonio personal, a los 19 años, año 1973, Chile, cargaban con el acervo de todo un siglo.