Después de Venezuela
Por Grínor Rojo

Lo ocurrido en Venezuela, el secuestro de Maduro, el desprecio de Trump por la oposición que encabeza Corina Machado, la asunción a la presidencia de la vicepresidenta Delcy Rodríguez y su ofrecimiento de cooperación con los vencedores, ni es puntual ni es fortuito, y tanto es así que a mí no me extrañaría que el arreglo de Rubio con Rodríguez haya sido anterior al secuestro de Maduro. Tampoco es eso que les pasó a los venezolanos solo un ejemplo de la doctrina Monroe-Trump, anunciada oficialmente en el documento National Security Strategy, que yo comenté aquí mismo hace algunos días, y en el que, habiéndose sugerido un reparto del mundo en “zonas de influencia y competencia” (Asia, centrada en China; la Unión europea, tironeada entre Trump y Putin; y las Américas, propiedad de Estados Unidos. Mientras que en el Oriente Medio queda Israel a cargo de la guerra, pertrechada hasta los dientes y con el respaldo también de Estados Unidos. De África importan únicamente sus recursos naturales…), reconocía como único requisito legitimador el poder, el del fuerte sobre el débil.
Pero eso no es todo. Lo ocurrido en Venezuela es el anuncio de la cancelación de una política global, la que hasta hace poco regulaba o intentaba regular las relaciones entre los distintos países del mundo basándose en los dictados de la razón moderna y, por consiguiente, en el respeto por la soberanía de las naciones, el entendimiento pacífico entre pueblos diferentes y su relación guiada por las normas del derecho internacional. No siempre se logró que fuera así, lo reconozco, pero también reconozco que se hacía el esfuerzo. Esto es lo que ahora se acabó, lo que ha sido reemplazado por la fuerza bruta sin miramientos, y se grafica muy bien con la imagen de la zanahoria y el garrote. Zanahoria para el que colabore y garrote para el que no lo haga. En este “hemisferio”, como lo ha dicho Trump, Estados Unidos fija las reglas y nosotros obedecemos. Esto, que estaba expuesto con todas sus letras en el documento sobre la National Security, en Venezuela se ha concretado de una manera consecuente y contundente: “paz”, pero al cabo del uso de la “fuerza”.
Entre otras cosas, y poniéndolo esta vez en términos locales, ello quiere decir que, si en nuestra última elección presidencial hubiese ganado Jeannette Jara, los chilenos estaríamos ahora con una espada colgando sobre nuestras cabezas. Ganaron, en cambio, los amigos de Trump. Amigos como los que él tiene en Argentina, en Ecuador, en El Salvador, en Honduras, que entregan cualquier cosa que les pidan a cambio de que los dejen gobernar en la condición de colaboradores aplicados del deseo imperial (estoy tentado de escribir cipayos, no me faltan las ganas). Ponen estos los recursos del país a disposición y, simultáneamente, ofrecen territorio para la localización de bases militares estratégicas. Nadie sabe dónde va a ir a parar todo eso. Por lo pronto, nadie sabe lo que podría ocurrir en los próximos meses en Cuba, en Colombia y en México.

Yo soy un ignorante en materias de estrategia militar, lo confieso, pero después de la lectura del documento National Security me quedó clarísimo que Trump no tiene en este momento la capacidad necesaria para enviar tropas a todos los lugares del mundo, y que además aprendió de las derrotas o fracasos de Estados Unidos en Viet Nam, Afganistán, Irak, Libia y Siria. No quiere gente en tierra. En primer lugar, porque no quiere ver a los buenos chicos de Kansas o de Ohio enredados a tiros con los invadidos y, como ocurrió en Viet Nam y en Afganistán, que se le mueran unos cuántos y que el electorado estadounidense se lo cobre. Pero tampoco lo necesita o calcula que no lo necesita. Su idea, la que le está resultando más rendidora, es que sean otros los que envíen a sus propios chicos y que estos actúen en nombre del imperio, que sean otros los que pelean sus guerras en los territorios, como hace Netanyahu en el Medio Oriente. Colaboran los “aliados” con el invasor con docilidad, o bien porque fueron sobornados, comprados de una manera o de otra, o porque fueron chantajeados, también de una manera o de otra, o incluso porque no ven una salida mejor. Estados Unidos solo tiene que asegurarse de que la fórmula funcione. Y para eso no hay que tener soldados en terreno; le basta con la colaboración ajena, unida a una supervisión desde lejos y a una tecnología de guerra de última generación.
Lo que hicieron con Maduro fue, admitámoslo, espectacular. Pero nada de ello hubiese sido posible sin los colaboradores domésticos y sin la tecnología bélica más sofisticada del mundo. En las series de la tele van a acentuar la actuación heroica de los agentes estadounidenses, eso es casi seguro, pero la verdad es que esos agentes no hubieran actuado como lo hicieron sin los colaboradores locales.

En suma: lo de Venezuela es solo el comienzo de una reordenación geopolítica del mundo, una reordenación cuyos impulsores desprecian la razón y eligen la fuerza. En las relaciones internacionales, la fuerza reemplaza así a la inteligencia, el músculo reemplaza a la ley. El planeta se divide hoy entre dos potencias dotadas de una musculatura suprema, Estados Unidos y China, y una con una capacidad inferior, pero no menos belicosa, Rusia, y las comarcas restantes, las que quedan en una situación de mayor o menor dependencia con la potencia que se encuentra más a mano. Nosotros, los chilenos, que tenemos un territorio en el que hay cobre y litio, y que además contamos (o creemos que contamos) con un pedacito de la Antártica, va a ser bueno que nos preparemos para lo peor, a no ser que nuestros nuevos gobernantes se manifiesten disponibles, ellos también, ¡cómo no!, para colaborar.