Barcelona: el despertar de las izquierdas frente al avance neofascista: IV Cumbre de Defensa de la Democracia

Por Grínor Rojo

Hay un sentimiento, yo no voy a decir de euforia, pero sí de esperanza, en el progresismo mundial. Después de un período de crecimiento sostenido de la ultraderecha neofascista y a pesar de que esta posee todavía fortalezas enormes, alojadas en particular en los arsenales armamentísticos de Estados Unidos, país que, por lo mismo, es hoy más peligroso que antes (Trump ha pedido al congreso un alza de 445 billones en el presupuesto del Pentágono, lo que aumenta el gasto en defensa de Estados Unidos hasta una cifra anual de 1.5 trillones, 42% más que la cifra actual y mayor que la que suman los nueve países que vienen a continuación), una seguidilla de acontecimientos promisorios hacen pensar que la mala racha pudiera estar amainando: el triunfo del liberal antitrumpista Mark Carney en Canada, en marzo de 2025, y su repetición en las elecciones parlamentarias de 2026, la elección de Zoran Mamdani como alcalde en Nueva York en noviembre de 2025, el rechazo de la propuesta de reforma constitucional que convocó Giorgia Meloni en Italia el 23 de marzo de este año y su posterior reencuentro con el europeísmo y la OTAN, habiéndose escurrido del alero de Trump y criticado abiertamente su política exterior, la derrota de Viktor Orbán en las elecciones húngaras del 12 de abril, los fracasos de Trump, desde la disparada de los aranceles a su riña con el papa y a la guerra del Medio Oriente (aunque él se jacte de triunfos espectaculares, los fracasos son obvios y los están pagando sus compatriotas de menos recursos, lo que a él le ha significado una caída en las encuestas, en las que anda hoy por sobre del 60% de reprobación, y peor aún le va en las de Europa, donde el rechazo sube hasta más del el 80%), son algunos de los hitos que jalonan el declive. 

Y, entre nosotros, en Chile, el ultra José Antonio Kast fue elegido presidente de la República el 14 de diciembre de 2025 con un 58,16% de los votos, y hoy, lunes 20 de abril de 2026, cuatro meses después de esa elección y solo uno después de su asunción del cargo, las aprobaciones bajan al 37% y al 33,3%, según las encuestas de Criteria y Pulso Ciudadano respectivamente.

Pero la última de las buenas noticias internacionales, y a ella voy a referirme en lo que sigue, consiste en el despertar de las izquierdas (el plural lo uso para destacar y aplaudir la coexistencia de la heterogeneidad dentro del bloque, un logro que considero de primera magnitud), lo que quedó de manifiesto en la reciente IV Cumbre de Defensa de la Democracia en Barcelona, el 18 de abril. Que hayan estado allí juntos Luiz Inácio Lula da Silva, Pedro Sánchez, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro, Yamandú Orsi, Gabriel Boric y hasta nuestra comunistísima Camila Vallejo, me parece a mí una maravilla. También dejo constancia de que a este encuentro de las izquierdas mundiales asistieron el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, la cabeza de la oposición italiana, Elly Schlein, David Lemmy, viceprimer ministro del Reino Unido, Lars Klingbell, vicecanciller de Alemania, Naana Jane Opoku-Agyemang, vicepresidenta de Gana, entre otros cinco mil dignatarios y cuadros del más alto nivel. De Estados Unidos, enviaron saludos Hillary Clinton, Bernie Sanders y Zoran Mamdani. 

No cabe duda de que esta es gran una victoria de las izquierdas respecto de sus adversarios, pero sobre todo respecto de ellas mismas, una victoria sobre sus juicios y prejuicios. En Barcelona las izquierdas mundiales se han revelado capaces de entender que los tiempos no están para bollos, poniéndose por encima de sus diferencias, las que pueden ser muy respetables en el empíreo de las ideas celestes, pero que en la actual coyuntura devienen secundarias. Cuando se tiene en consideración que el planeta cuelga de un hilo, con una amenaza nuclear que es cada día más aterradora, con una crisis ecológica cuyas mitigaciones se implementan con más lentitud que los estropicios y con una tecnología digital de la que son dueños un puñado de tecnomagnates que han entrado ya en la era de la inteligencia artificial, que la utilizan mañosamente y que prometen a corto plazo la fabricación de máquinas que van a funcionar de manera autónoma, cuando todo esto se encuentra a la vista e hirviendo, temas como el de la lucha de clases o la conveniencia de la dictadura del proletariado suenan a hueco. 

Yo sé que la historia no se repite, pero también sé que el irracionalismo fascista -que no es solo el de los payasos Mussolini y Hitler, vestidos ambos de uniforme y vociferando y gesticulando sobre alguna tarima-, obedece a una tendencia instalada en lo que somos; que forma parte de la humana condición y que para hacerse efectiva puede obedecer a motivaciones distintas en circunstancias distintas, pero cuyo elemento en común es constituir una antítesis a la racionalidad. Umberto Eco hablaba a propósito de esto del “Ur-Fascismo” o del “Fascismo Eterno” y aclaraba que, aunque sus características no nos dejen distinguir en él un sistema coherente, ya que muchas de esas características se contradicen entre sí, basta con que una de ellas esté activa “para que el fascismo se consolide a su alrededor”. 

Reaparecen así los payasos malignos, una y otra vez, y en todas las ocasiones su reaparición hay que conectarla con un momento histórico en que la razón humana bajó la guardia, cuando se distrajo o, lo que es más grave, cuando su vocación cuestionadora la hizo cuestionar sus fundamentos. 

En Barcelona se pusieron de manifiesto las coincidencias que reclama nuestro tiempo. Lula llamó a desenmascarar a la extrema derecha, a mostrarla en lo que es, antipatriota, antiigualitaria, racista, sexista y belicista; también elogió el multilateralismo y un orden internacional basado en reglas y, consecuentemente, el derecho de todos los pueblos del mundo a autogobernarse sin injerencias externas. Sánchez habló del orgullo de ser progresista y se refirió a la persecución de los migrantes, denunciando las atrocidades que se cometen al respecto y reconociendo que España es también un país de inmigrantes (¿y no lo son todos?, me pregunto). Sheinbaum, que tiene a Trump sobre la cabeza y que debe oír sus amenazas de invasión día por medio, fue enfática para exigir respeto por la soberanía de Cuba, y pensando, me parece a mí, que al defender la soberanía de los cubanos estaba defendiendo también la de los latinoamericanos todos y la de los mexicanos en particular. Petro insistió en un asunto que lo obsesiona, a él y a muchos, y que es la crisis ecológica en marcha y en la urgencia de sustituir las energías fósiles por energías limpias, porque esas no contaminan, porque son más baratas y porque las guerras en el Medio Oriente las hace aún más estimables. ¿Por qué se opone Trump a su desarrollo? ¿Será por los más de treinta millones de dólares reportados que las petroleras invirtieron en su campaña, en su transición y en su investidura posterior, y a las que él les prometió en contrapartida desregulación ambiental y libre fracking? Boric, finalmente, se refirió a un asunto que me parece crucial. Argumentó que la democracia no crecía en los árboles, que era una creación de la inteligencia humana, que había que celebrarla, pero que también había que cuidarla y mejorarla.

Y es claro: la desafección de las masas con la actividad política, que es un suceso indesmentible, que ha estado ocurriendo a nivel mundial durante el último cuarto de siglo, y el correlativo deslumbramiento de esas mismas masas con el credo neofascista, no son fenómenos que haya que atribuir solo a carencias económicas, que son efectivas sin duda, de alimentación, de vivienda, de salud, de seguridad en las calles, etc., y de las cuales el Estado de Bienestar debió preocuparse, pero no lo hizo o lo hizo a medias, sino también a carencias culturales. El progresismo de la primera parte de este siglo dio a la democracia por descontada y la sacó del debate público y de la educación de los jóvenes, y hasta se encandiló, aunque haya sido solo a ratos, con los cantos de sirena del neoliberalismo. En Chile, entre los muchos reproches que yo les hago a los progresistas que se hicieron cargo del gobierno durante la inmediata postdictadura, el primero es que no educaron a los chilenos políticamente, que no se preocuparon de asegurarle a la democracia el lugar que ella necesita tener en la conciencia ciudadana. El resultado lo estamos viendo hoy día, y es la presidencia de José Antonio Kast.

Pero Barcelona es un indicio de que a lo mejor hemos entrado en una etapa de sensatez. El anfitrión del encuentro, el presidente Sánchez, declaró que el tiempo de la ultra se había “acabado”, que nos hallábamos ya en los comienzos de una “nueva era”. Yo prefiero ser más cauteloso que Sánchez, porque me parece que los datos disponibles no dan para un derroche de voluntarismo como el suyo, pero percibo la recuperación y eso me llena de alegría. Entiendo también que este es un proceso, que completarlo va a llevar tiempo y que nuestra obligación es acudir en su respaldo, auspiciando en primer lugar la unidad, atenazada en el propósito de enfrentar los despropósitos del neofascismo, una unidad que nos va a permitir actuar juntos, pero sin desconocer las diferencias. No borrando las diferencias, sino jerarquizándolas e impidiendo así que las que importan menos se impongan por sobre las que importan más.

Porque en la historia humana no ha habido otro tiempo que sea como este que ahora vivimos, cuando lo que está en riesgo es la desaparición de la especie de la faz de la tierra. Hay en la actualidad más de doce mil ojivas nucleares en distintas latitudes del mundo y con el estallido de una o dos docenas de ellas podríamos saltar por los aires todos y todas. Los indicadores del desastre ecológico, los que documentan la profundidad del cambio climático, la pérdida de biodiveridad y una contaminación tóxica desbocada, son, por otra parte, múltiples e irrefutables. El discurso de Trump, quien acusa a los denunciantes de este desastre de ser diseminadores de un “hoax”, de un bulo, de una estafa (lo dijo hasta en la asamblea de las Naciones Unidas: “En mi opinión, es la peor estafa jamás perpetrada contra el mundo”) es comparable con el discurso de aquellos que en su momento negaban la redondez de la tierra, porque era contraria al sentido común, o al de los que se oponían al evolucionismo de Darwin, porque no era eso lo que la Biblia les había enseñado. 

Y, en cuanto a las nuevas tecnologías, quienes las controlan están afectando con sus malas prácticas no solo el entendimiento que las personas tienen acerca de ellas mismas y el que tienen acerca de sus pares (y, por lo tanto, la fluidez de la comunicación interpersonal y la deliberación colectiva, que son dos pilares de la sociedad moderna), sino también su/nuestro derrotero existencial. Las nuevas tecnologías pretenden dotar a las máquinas de una eficacia frankesteiniana, tanta como para que esas máquinas operen eventualmente sin la ayuda de nadie. No solo eso, sino que también quieren proveerlas para que esas máquinas queden en condiciones de autoperfeccionarse y autorreproducirse. Si lo consiguen, esta va a ser la causa de un salto ya no en la historia de la tecnología sino en la historia de la evolución.

Todo lo cual significa que los temas están claros y que también está claro el diagnóstico, lo que no está claro para nada son las causas y su tratamiento. 

 

Pienso que la causa principal es una economía capitalista que no puede ya lidiar con la complejidad del mundo que ella misma construyó, una economía en la que la contradicción entre la capacidad productiva que la humanidad ha alcanzado a estas alturas y el ordenamiento social y político que la acompaña ha devenido insostenible. La agonía del capitalismo no es un misterio para nadie, su misma belicosidad no es sino la de la bestia herida que embiste contra todo aquello que piensa que podría acelerar su extinción. Si en el primer cuarto del siglo XX el descuido democrático de las izquierdas les abrió camino a los neofascistas, el capitalismo en su agonía los llama de nuevo y les pide que lo ayuden mantener abierto su negocio. Yo, por mi parte, creo que sería mejor discontinuarlos a los dos.