Palabras contra el olvido: discurso en La Moneda

La semana pasada, en el Palacio de La Moneda, la literatura chilena vivió uno de sus momentos más significativos. En el marco de la ceremonia de entrega de los Premios Nacionales 2025, Ramón Díaz Eterovic compartió un texto íntimo y reflexivo sobre la escritura, la memoria y el oficio de narrar.

Hoy, el blog de LOM publica la versión íntegra de su discurso, una lectura imprescindible para comprender cómo la literatura dialoga con la historia, el dolor y la esperanza.

Palabras contra el olvido: discurso en La Moneda

Por Ramón Díaz Eterovic

Antes que todo quisiera reiterar mis agradecimientos a quienes hicieron posible que hoy participe en esta ceremonia: A LOM Editores que impulsó mi postulación y ha publicado casi la totalidad de mis libros, a los 8 premios nacionales de literatura y otras disciplinas que se sumaron a la iniciativa, a los académicos universitarios y escritores chilenos y extranjeros que la apoyaron y a los miembros del jurado que evaluaron los merecimientos de los postulantes. También mis agradecimientos a los amigos, colegas, escritores y lectores que se alegraron con el reconocimiento y muy especialmente a mi compañera Sonia y a Valentina, Alonso, Ángeles, Leonor y Román, y a toda mi familia.  

Muchas veces me he preguntado por las razones que motivan mi escritura y la persistencia en un oficio que suele tener más obstáculos que estímulos. Al respecto, puedo decir que escribo desde un conjunto de vivencias y emociones que me impulsan a comunicarme. Escribo porque la literatura es un ejercicio de libertad y una manera de reflexionar y dar testimonio acerca de la sociedad que habito y que no siempre gira al ritmo de mis anhelos. Escribo por lo tanto desde cierta inconformidad porque como dice Juan Gelman, poeta argentino que admiro largamente: A este oficio me obligan los dolores ajenos, / las lágrimas, los pañuelos saludadores, / las promesas en medio del otoño o del fuego, /los besos del encuentro, los besos del adiós, / todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.  

Junto con lo anterior, una de las respuestas que más me agrada está vinculada a mi infancia. Viviendo uno de esos rudos inviernos que caracterizan a Punta Arenas, descubrí que los vidrios de las ventanas de mi casa se cubrían de vaho y que en ellos podía escribir las letras aprendidas en el colegio o de la mano de mi hermana, y que a través de ellas era posible ver el patio de mi casa, los animales que criaba mi madre, el cielo gris, la nieve, los vecinos que cada mañana salían a sus labores. Es decir, que a través de esas letras sobre el vidrio podía apreciar la vida que me rodeaba. Desde entonces y quizás sin reconocerlo de inmediato, descubrí que de esa distracción nació el afán de recrear mi mundo o construir otros a partir de las palabras. Todo parece estar a mi alcance en los caminos de la ficción y mientras los recorro siento la felicidad del hombre que es capaz de crear vida con las herramientas que le da su oficio. Entonces, también puedo decir que escribo por placer: el placer del artesano que trabaja sus materiales con infinita paciencia, dueño de un mundo del que nadie más que él conoce sus leyes y secretos.

Elaboré mis primeras creaciones con la inocencia de un aprendiz, hasta el día en que las imágenes que veía cambiaron brutalmente. Las experiencias de la adolescencia dieron paso a un dolor generalizado que dejó suspendida la palabra futuro. Soy parte de una promoción de escritores a la que se le llamó “del Golpe”, aludiendo con ello a que empezaron a escribir durante la dictadura que derrocó al gobierno del presidente Salvador Allende. Soy parte de un grupo de escritores que tuvo la violencia como horizonte cotidiano, que soñó con un modo de vida absolutamente diferente al que tuvo que enfrentar durante casi dos décadas. Soy hijo de ese tiempo y por eso en buena parte de lo que escribo hay un afán de memoria con relación a hechos que fueron y siguen siendo miserablemente silenciados o negados.

Tenía diecisiete años cuando abandoné Punta Arenas para seguir estudios universitarios en Santiago. En mi maleta provinciana portaba las hojas donde había escrito mis búsquedas iniciales. En la capital conocí a otros jóvenes aspirantes a escritores, y sin duda que el encuentro con ellos fortaleció mi vocación. No era una época fácil, pero tuvimos la imaginación y el coraje para escribir y para crear puentes que unieran nuestras creaciones con lectores que, intuíamos, necesitaban poemas y cuentos que hablaran por ellos y mantuvieran vivos los fuegos de la rebeldía y la solidaridad. 

Comencé a buscar un punto de vista desde el cual enfocar mis narraciones y fue entonces cuando entró en mi vida un personaje que acaba de cumplir cuarenta años a mi lado. Es un hombre que se llama Heredia y que en la puerta de su oficina tiene una placa que dice se hacen preguntas y nos interesan los asuntos ajenos. Decidí hacer una apuesta que en el ámbito de la literatura chilena suponía trabajar desde una doble marginalidad. Primero, la escritura dentro de los códigos de una forma literaria poco transitada y hasta podría decir menospreciada como lo era la novela criminal; y segundo, el abordaje de temas asociados inicialmente a los efectos de la dictadura en la vida de los chilenos. Temas que más tarde dieron paso a otros asuntos que igualmente hablan de las desigualdades y carencias de la sociedad en la que vivo, y que hacen que gran parte de las novelas que he escrito se lean como una crónica vinculada a nuestra historia. 
 
Por último, quiero decir que sigo escribiendo sobre los brillos y miseria de la vida en una época donde los valores son ambiguos y la lógica violenta del sistema que se nos impuso sigue manifestándose de múltiples maneras sobre las personas. Escribo desde mis experiencias y las de otros. Escribo desde mi imaginación, mis sentimientos y las lecturas que me acompañan. Escribo para hablar de vidas reales y otras posibles. Escribo desde los códigos de una forma literaria que en circunstancias históricas, geográficas y culturales diferentes a las que se originó, es eficaz para reflejar lo que está en el fondo de toda expresión literaria: la condición humana. 

Gracias por el reconocimiento que desde hoy me une a narradores para mí tan queridos como Manuel Rojas, Carlos Droguett, José Miguel Varas o Francisco Coloane, y que en el ámbito de los sentimientos y la imaginación comparto con mis viejos maestros del oficio, con muchos de mis compañeros de generación con los que hemos escrito desde el dolor y la esperanza, con los lectores que constantemente me animan a escribir y con toda mi familia que de un modo u otro está a mi lado y me acompaña. Muchas gracias. 

Ramón Díaz Eterovic. 
Santiago, Palacio de La Moneda, 30 de diciembre de 2025.