Una historia que viaja del español al griego: "Ciudad de invierno" de Abdón Ubidia

Texto de la presentación en Atenas de la traducción al griego

Por Virginia Galanopoulou*

La verdad es que me parece un poco extraño estar aquí, hablando de una obra literaria, ya que, como solemos decir, el traductor es –o por lo menos pretende ser– la «persona invisible». Sin embargo, hoy voy a dejar de ser, por un rato, esa «persona invisible» a fin de hablar sobre las dificultades, o si quieren sobre los retos, que presenta la traducción de la Ciudad de invierno – dificultades que espero que hayan pasado desapercibidas.

Mientras traducía la Ciudad de invierno, a menudo me venía a la mente el cuadro de René Magritte El imperio de las luces: un paisaje nocturno bajo un cielo diurno, la luz del día y las sombras de la noche que, aunque forman parte de un mismo universo, nunca acaban encontrándose. Como dijo el pintor, esa simultaneidad del día y de la noche «tiene el poder de sorprendernos y fascinarnos. Designo este poder con el nombre de poesía».

Tal vez así se podría explicar en parte el lirismo que emana de la Ciudad de invierno, ya que estriba en la simultaneidad, en la coexistencia de pensamientos quizás contradictorios, que raramente se encuentran, que, la mayoría de las veces, acaban siendo antagónicos, pero que a fin de cuentas no pueden existir el uno sin el otro. Por supuesto, me refiero a los «dobles pensamientos», ese mecanismo de nuestra mente que, creo, todos conocemos bien y que el señor Ubidia nos presenta con la precisión de un anatomista y la claridad de un poeta. En este punto permítanme hacer un paréntesis para decir que todas las críticas que aparecieron en la prensa griega con respecto a la Ciudad de invierno hacen referencia especial a la calidad poética del texto.

Y aquí tenemos la primera dificultad: la traducción de la frase «dobles pensamientos». En castellano, la palabra «doble» tiene varios sentidos: puede indicar una cosa que va acompañada de otra semejante y puede también ser sinónima de sosias. En griego, una traducción literal del adjetivo «doble», además de sonar rara –sin que eso sea el criterio decisivo–, encierra un matiz estático y no transmite la noción del movimiento, del desarrollo inherente en dichos pensamientos; por eso preferimos la palabra «paralelo» que demuestra el curso de los razonamientos del protagonista y además contiene una dinámica y refleja la coexistencia antagónica de estos pensamientos.

Y seguimos para examinar la dificultad, o si quieren el reto, principal que presenta la traducción del texto. Una de las críticas que aparecieron en la prensa griega lleva por título «Las múltiples versiones de la realidad». Y efectivamente, la Ciudad de invierno es un texto abierto, que permite a su lector que lo aborde desde su propio punto de vista y que se enfoque en los aspectos que él escoja de acuerdo con sus propias experiencias. Sin embargo, el traductor no se puede permitir –digamos– ese lujo; y aunque es utópico hablar de traducciones que transmitan todos los matices –o tal vez decir que el traductor es la «persona invisible»–, mientras trabajaba sobre este texto, me hallaba frecuentemente ante la misma dificultad: una frase, una palabra que encerraba tantos matices diferentes que a veces me sentía como el protagonista de esa novela breve, vacilaba entre versiones «dobles» o «paralelas» y me preguntaba si me había permitido «un solo resquicio por donde se filtrara... una sola contingencia no calculada».

El propio protagonista de la historia parece saber muy bien que las palabras pueden ser engañosas y nuestros motivos al utilizarlas ocultos. Se refiere con frecuencia a «palabras vacías», «palabras prestadas», «sonidos huecos», a palabras que cambian de sentido: «como si la palabra arribista significara en ese caso algo más que la envidia, y como si a su vez la palabra envidia fuera algo más que un poco de nostalgia y un poco de rencor». Incluso a nuestro protagonista, en su confesión, a veces le resulta difícil traducir sus sentimientos en palabras – porque, a fin de cuentas, las palabras son, si se me permite la expresión, un punto de partida o un trampolín para explorar los sentimientos.

Acabo de utilizar la palabra «confesión» – una palabra clave para examinar otro reto que presenta la traducción del texto: ¿Se trata de una confesión que va dirigida a personas concretas o indeterminadas o de una exteriorización de un monólogo interior, como se hace notar en la mayoría de las críticas que aparecieron en la prensa griega? ¿Es un texto destinado exclusivamente a la lectura o es un discurso vivo que escuchamos de los labios de un desconocido? Como nos dice el protagonista al final: «A veces le cuento esta historia a alguna prostituta del puerto. A veces, alguna finge creerme.» Ya sea, en sentido estricto, un texto escrito, ya sea una voz que escuchamos narrar una historia, la Ciudad de invierno es un relato que tiene un ritmo y un flujo natural que siempre nos fascinan cuando los hallamos en una obra literaria. La presentación de los hechos, el análisis de los sentimientos, la descripción de la ciudad forman un conjunto indisoluble y la transición del uno al otro se hace de manera natural e inadvertida; y por tanto, el leyente u oyente de la historia a veces se pregunta cuál es la relación entre el mundo interior y el mundo exterior de los personajes: ¿la ciudad, la época y los cambios que trae consigo hacen nacer los sentimientos o lo que pasa en el alma de los personajes se refleja en su entorno?

Es precisamente esa descripción de los sentimientos que constituye otro reto para el traductor de la obra. El protagonista examina minuciosamente sus sentimientos con la intención de ver su situación con claridad y lucidez. Los dobles pensamientos a veces son la expresión de una necesidad profunda e interna de acabar, de una vez por todas, con los autoengaños, de destrozarlos – y quizás por eso la solución que escoge al final es a la vez destructiva y liberadora. Y esa necesidad de ver las cosas tales y como son, sin embellecimientos ni exageraciones, a menudo le hace recurrir a una claridad cruel, pero su modo de expresarse, su discurso nunca se hace prosaico ni se pierde en detalles; en pocas palabras: no se trata de un «análisis-parálisis», como se suele decir, sino de un texto que combina con maestría la observación minuciosa y la calidad poética. Y ese equilibrio, que el señor Ubidia logra establecer en la Ciudad de invierno, una obra que a través de los contrastes y los conflictos consigue la armonía, es la gran apuesta de la traducción. 

 

 

*Virginia Galanopulu nació en Atenas en 1971. Estudió Derecho. Desde 2006 trabaja como traductora y correctora de textos. Ha traducido obras de Mijaíl Bulgákov, Abdón Ubidia, Iván Bunin y Nikolái Gógol.