¿Habrá alguien tan tonto o tan ingenuo?
Por Grínor Rojo

Me pregunto si habrá alguien que crea con sinceridad que la brusca interrupción de las conversaciones acerca de la transición chilena entre el presidente saliente y el entrante se debió a la mala fe o a la defectuosa información que el primero le dio al segundo. Me pregunto si alguien cree honestamente que el presidente entrante se negó a seguir conversando con el saliente porque este no le dijo a tiempo todo lo que tenía que decirle acerca del cable chino.
La verdad es que si alguien se traga ese cuento (ese cuento chino) es porque es muy tonto o muy ingenuo, sobre todo después de la actuación del futuro presidente chileno en la cita que con sus “pares” ultristas tuvo lugar hace unos días en el complejo Trump National Doral de Miami y por iniciativa del dueño de ese recinto hotelero, quien además resulta ser (coincidencia de coincidencias) el presidente de Estados Unidos. La interrupción de las conversaciones transicionales chilenas no es otra cosa que el regalo que el futuro presidente de nuestro país le llevó a su patrón estadounidense, para expresarle con su reciedumbre antiizquierdizante el profundo agradecimiento que él sentía por el apoyo que le diera en la elección presidencial de 2024, manifestarle el aborrecimiento que él comparte contra todo lo que huela a izquierdismo y “wokismo” y su adhesión sin reservas a cuanto el de Estados Unidos haga para destruir esas pestes. Yo me imagino que sus asesores se rompieron la cabeza pensando en cuál sería el regalo más adecuado para el de la Casa Blanca y concluyeron, con una certera visión, que un desaire al izquierdista y wokista Boric era inmejorable. Ese gesto y las declaraciones del presidente electo chileno en el Doral, alabando la intervención de Trump en Venezuela y la probable intervención en Cuba, completan el cuadro. El que en su regreso a Chile el electo haya accedido a una conversación de una hora con Boric no hace sino demostrar la índole espuria de la maniobra, su flagrante oportunismo.
Pero esta anécdota, aunque vergonzante, no es lo más grave del asunto. La reunión de marras, denominada por Trump “Escudo de las Américas” (“Shield of the Americas”), no se llama así por casualidad ni por una improbable afición del presidente de Estados Unidos a las novelas de caballería. Se llama así porque su intención fundamental es constituir un ejército multinacional “para combatir el narcotráfico”. Es decir, un ejército cuyas actividades se hayan puesto por sobre la jurisdicción doméstica y que pueda por lo tanto entrar en cualquiera de los países firmantes del pacto sin aviso y sin estorbos, con la excusa de que hace lo que hace para detener (o para matar) a los narcotraficantes.
Esto, exactamente, es lo que Trump ha estado tratando de conseguir en México desde hace ya un largo rato y a lo cual la presidenta Sheinbaum se ha negado rotundamente. Pero Trump insiste. Leo en La Jornada de México que, en la citada reunión de Miami Trump declaró que México era “el epicentro” de la violencia criminal del hemisferio occidental, advirtiendo que, a pesar de que le “cae muy bien” la “hermosa” mandataria mexicana, su gobierno no puede tolerar esa situación. Sheinbaum, entre tanto, aguanta. Aguanta y reitera, una y otra vez, como un mantra, que México es un país orgulloso de su soberanía.
Y es que los mexicanos saben muy bien de qué se trata. Tienen una historia larga y dolorosa en sus relaciones de convivencia con el vecino del norte. Vieron además lo que ocurrió en Venezuela hace unos meses, que a Maduro lo secuestraron con la explicación de que era el cabecilla (mentira) de un cartel, el de “los soles” (otra mentira, esa era una invención de la CIA, un cartel inexistente, como todo el mundo sabe). La verdadera razón quedó a la vista cuando Trump proclamó la recuperación por los Estados Unidos y para la explotación por las transnacionales, del petróleo de ese país, cuya propiedad, según él, les había sido arrebatada. Para eso, tenía que sacar a Maduro (por quien yo tampoco tengo ninguna simpatía, dicho sea de paso) y poner en su lugar un gobierno de su gusto, aquiescente, colaborador y eficaz. Claro está, del cartel de los soles nadie ha vuelto a hablar.
Es lo mismo que quiere repetir ahora en Cuba. Recuperar las antiguas propiedades estadounidenses en la isla y dejarla a cargo de ellas a unos colaboradores, al parecer encabezados por el inefable Marco Rubio. Fulgencio Batista debe estar remuriéndose de risa en su tumba. Solo que en Cuba ya no es el petróleo, sino que son los hoteles, el juego, la droga y los prostíbulos de la “época de oro”, cuando Meyer Lansky y otros gangsters administraban el negocio a su amaño. Cuba, de nuevo, como el “resort” por excelencia de los estadounidenses en busca de las aventuras prohibidas y que no pueden permitirse en su propio país.
Y, como se sabe, los planes de Trump, para la franja de Gaza no son muy distintos.

Porque el proyecto de Trump es global, y lo es porque el desafío al capitalismo es también global. No pretende Trump acabar con la globalización, como andan diciendo por ahí, sino controlarla desde un Estados Unidos fortalecido por la reindustrilización de este país, y esta por la aplicación de aranceles a las importaciones. Establecer así un dominio imperial, si es que no planetario, al menos sobre un segmento importante del globo terráqueo, que incluiría a las Américas, Europa, el Medio Oriente, África y al menos una parte de Oceanía.
En los países que se encuentren bajo ese dominio, Estados Unidos debe ser el primero (“Make America First Again”), con un poder militar supremo, sustentado principalmente en la tecnología de guerra y autorizado en cada país donde se descargue por una élite colaboracionista local. Dadas estas condiciones, se procederá a la explotación de los recursos allí existentes. Se les allana de este modo el trabajo a las transnacionales, sobre todo a las que tienen su cuartel general en Estados Unidos. Es una de las principales medidas para sacar el régimen capitalista de la crisis que lo asedia actualmente. Trump y sus asesores se han percatado de que esta es una pelea que se desarrolla en un espacio global y que el capitalismo de Estado de los chinos es el que hasta hoy la está ganando.
El modelo para revertir esta situación incluye, entonces:
1) Un fortalecimiento de la economía de Estados Unidos, seduciendo a las a las transnacionales para que se reinstalen en territorio estadounidense, para lo cual la neutralización de la competencia por medio de la aplicación de aranceles a las importaciones es el mecanismo predilecto;
2) Un dominio militar que no contemple tropas de Estados Unidos en terreno (“no boots on the ground”). Para eso, es mejor un ejército de los socios (el de los israelíes en el Medio Oriente, un ejercito multinacional con la excusa de controlar el narcotráfico en las Américas, uno con los disidentes que pudieran encontrarse en Irán, etc.), pero todos ellos al servicio del imperio. Lo que Trump no puede permitirse es que le maten a los chicos de Wisconsin o de Iowa, porque los electores se lo van a cobrar;
3) La utilización en cambio de la tecnología militar de ultimísima generación, incluida la IA, para el despliegue de guerras rápidas y devastadoras, lo suficiente como para provocar un cambio de gobierno desde lejos;
4) La instalación de gobiernos colaboracionistas y su supervisión, también desde lejos;
5) La “recuperación” de las riquezas que, en algunos lugares y en algunos momentos (el cobre en Chile, por ejemplo) les fueron expropiadas a las transnacionales; y
6) El impedimento (si es que no, la prohibición pura y dura) a los países que forman parte del pacto de relacionarse, pero sobre todo de comerciar, con China, y la exigencia de que ese mismo comercio se lleve a cabo con entidades de Estados Unidos.

Esas son las vigas maestras del proyecto. En su implementación se han puesto de acuerdo los ultras de Miami y, entre ellos, el nuestro. Chile es un país rico en recursos, minerales principalmente. Tenemos cobre, tenemos litio y mucho más. Tenemos también (o creemos que tenemos) un pedazo de la Antártida. Todo eso nos convierte en un país “de interés”. La participación de nuestro futuro presidente en la reunión de Miami ha sido menos auspiciosa de lo que piensan los nacionalistas. No sé adónde va a ir a parar todo esto, pero a mí las señales que ya se han dado no me parecen nada de buenas.