Por una ética del deseo y la interdependencia: la condición humana como encrucijada afectiva

Por Mario Espinoza Pino

La obra de Raúl de Pablos, El deseo como esencia. Una genealogía ético-afectiva de la modernidad, propone una incursión potente y novedosa sobre uno de los momentos más importantes de la historia del pensamiento occidental: la modernidad filosófica. Un período que, en buena medida, funda nuestro presente y su devenir, tanto desde una perspectiva social y científica como conceptual. Sin embargo, la apuesta de esta obra se propone cambiar el ángulo de nuestra mirada, tratando de ir más allá de las imágenes y lecturas acostumbradas que homogeneizan un período tan contradictorio y exuberante como el de la modernidad occidental. La pregunta fundamental del texto, o mejor, su búsqueda, parte de un interrogante que resitúa toda la filosofía moderna frente a una cuestión radical: aquella que se pregunta –recordando a Arendt– por la condición humana y las dimensiones del actuar. Pero no de cualquier modo. Pues más allá de la problemática clásica del “sujeto”, aparentemente iniciada por Descartes, se trata aquí de una travesía por la modernidad que nos descubre los presupuestos de una ética encarnada. Una ética que integra en el seno de la existencia humana, siempre finita y vulnerable, la trama de los afectos y el deseo. Matriz deseante que nos revela la profunda interdependencia y fragilidad de lo humano.

Elaborar una genealogía “ético-afectiva” presupone, como ya señalamos, adentrarse en los caminos de la modernidad de otro modo, desde otros conceptos y otro lenguaje. A través de problemáticas consagradas como las de la subjetividad y el conocimiento, la tradición filosófica occidental parece haber ignorado de forma deliberada las huellas de un léxico pasional y afectivo que (como un fantasma) habita su propia escritura. Desde Descartes y Spinoza hasta Nietzsche –pasando por Hume, Finch, Leibniz, o Kant, por señalar solo algunas de las voces clásicas que recorren la obra–, Raúl de Pablos explora un vocabulario impregnado de afectividad y consideraciones prácticas que nace ya en los albores de la modernidad. A partir de una perspectiva ético-afectiva, la obra distinguirá, más allá de la diferencia clásica entre éticas teleológicas y deontológicas, entre aquellas éticas que subrayan los motivos del querer (éticas del querer o volitivas) y aquellas que exploran las determinaciones del deseo como fuerza motora de toda acción (éticas del deseo). Tales distinciones abren el horizonte de la ética como disciplina a la problemática afectiva, garantizándole un marco teórico que busca estrechar los lazos –en clave spinoziana y nietzscheana– entre pensamiento, afecto, cuerpo y acción.

La mirada genealógica de Raúl de Pablos establece un diálogo crítico con autores como Martin Heidegger o Michel Foucault. Filósofos creadores de grandes imágenes epocales (la crítica de la metafísica occidental y la metafísica de la subjetividad, la muerte del hombre y la invención del sujeto cartesiano, etc.), el autor rebasa sus presupuestos para acceder a la emergencia textual en la modernidad pre-kantiana de todo un discurso en el que lo gnoseológico, lo meditativo y lo práctico están transidos de gran densidad afectiva. En este sentido, la lectura de René Descartes propiciada por la obra rompe con una gran diversidad de tópicos asentados: más allá de la certeza del cogito, pensar implica los modos de percibir y de querer, por tanto sentir, imaginar, afirmar, negar o desear. Si lo humano se caracteriza por una íntima vinculación de los atributos del pensamiento y la extensión ¿Cómo pensar esa singular unión entre cuerpo y mente que caracteriza lo humano? ¿Como pensar esa atadura paradójica que parecería desbordar el clásico dualismo?

La línea de demarcación entre éticas volitivas y éticas deseantes resultará fundamental para hacer avanzar el proyecto de una ética que integre la afectividad en su seno. Algo que implica analizar minuciosamente el rol de la voluntad en Descartes y Kant frente al pensamiento ético de Spinoza y Nietzsche, deseante y pulsional respectivamente. ¿Podemos ser verdaderamente dueños de nosotros mismos? ¿Podemos plegarnos a una norma moral ideal como agentes apáticos o ajenos a nuestras pasiones? ¿O más bien debemos comenzar el camino de la ética asumiendo la trama afectiva y corporal que nos constituye como seres humanos? Seres marcados por la interdependencia de las otras y los otros. He ahí una de las encrucijadas de esta obra que, planteando la complejidad del mundo de los afectos, asume el deseo como eje para embarcarse en una travesía ética a la altura de la pluralidad y diversidad de lo humano.

A partir de la interrogación afectiva, en medio del tránsito de la obra por la modernidad, irrumpirá el concepto de alteridad constitutiva, mostrándonos cómo ya en las meditaciones cartesianas y en la ontología inmanente de Spinoza, si bien de diversos modos, se da la presencia de una alteridad que desborda cualquier tipo de ensimismamiento subjetivo. La precariedad de lo humano y la necesidad del infinito divino en Descartes así lo muestra, aunque esta alteridad vibra, sobre todo, en la interdependencia de lo humano y su finitud en el pensar spinoziano. Una humanidad imaginativa, afectiva y corporal que habita la inmanencia de la naturaleza y su infinita potencia relacional. Más allá de cualquier dialéctica del reconocimiento, la pregunta importante radica en cómo somos constituidos por otras y otros incluso antes de poder reconocer nuestra propia voz.

Finalmente, los minuciosos estudios dedicados a Spinoza y Nietzsche, que beben de la idea de la “alteridad constitutiva”, desarrollan una interpretación tremendamente fértil del pensamiento de ambos autores. Su pensar se asume como el verdadero punto de partida de la cuestión ético-afectiva del texto, permitiendo trazar las perspectivas generales de una ética del deseo que es, al mismo tiempo, una ética del cuidado, de la vulnerabilidad y de los vínculos –atendiendo a las diversas imágenes que Raúl de Pablos pone en juego en esta gran obra, desde la gestación y la infancia hasta la vejez y la enfermedad–. A modo de apertura, el pensamiento nietzscheano y su afirmación pulsional hunden el deseo en la corporalidad y la inconsciencia, ampliando la mirada hacia disciplinas y teorías como el psicoanálisis, así como hacia planteamientos contemporáneos de la ética, como el cuidado, que el feminismo no ha dejado de abordar. Estamos ante una obra que no solo nos permite acceder al paisaje afectivo de otra modernidad, sino que nos invita a tomar el deseo como punto de partida de la acción humana, descubriendo nuestra propia encrucijada como seres racionales, pasionales e interdependientes capaces de lo mejor y lo peor.