La Declaración de Independencia de Estados Unidos: 4 de julio de 1776
La historia de Estados Unidos, que se construyó sobre esta inversión de los dos principios fundamentales de su Declaración de Independencia, es la historia de cómo el capital creció, sometió y avasalló, primero a los trabajadores domésticos y posteriormente, durante las fases colonialista e imperialista, a los trabajadores del mundo todo.
Por Grínor Rojo
Este 4 de julio era el aniversario patrio de Estados Unidos, la fecha en que en ese país se conmemora la firma de su Declaración de la Independencia respecto del colonialismo británico (el título original del documento es Declaración unánime de los trece Estados de América). El acontecimiento tuvo lugar el 4 de julio de 1776, de esto hace ya doscientos cincuenta años.

Suele afirmarse que la Declaración contiene la figura de la primera democracia ilustrada que apareció en este mundo, pero yo voy a añadir en este artículo algo más. Añado que en la historia del Occidente existen pocos documentos que recojan de una manera más clara y más rotunda un ideal humano que venía desde muy atrás, que es un ideal que la Ilustración del siglo XVIII hereda y perfecciona, y con el que ella ha guiado el posterior desarrollo de nuestra cultura moderna. En el famoso segundo párrafo, Thomas Jefferson, el principal redactor de la Declaración, escribió: “Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades [traduzco aquí “self-evident” como ‘evidentes por sí mismas’, insistiendo en esta aclaración y no eliminándola, como hacen la mayoría de las traducciones, para acentuar en tal forma que las verdades en cuestión no obedecen a ninguna otra fuerza que no sea la de su propia validez]: que todos los hombres son creados iguales; que están dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”.
Como dije, el documento fue redactado principalmente por Jefferson, revisado después por John Adams y Benjamin Franklin, y refrendado finalmente por los integrantes del Congreso.
Cierto, los ideales ilustrados de la Declaración se contradicen con la realidad de la sociedad estadounidense de aquel entonces, una sociedad esclavista todavía (Jefferson era dueño de más de seiscientos esclavos y tuvo una amante negra, Sally Hemings, durante años, la que le dio cuatro hijos a los que jamás reconoció como suyos) e incluso con algunas de sus frases, como cuando la Declaración se refiere, sin ocultar su desdén, a los “indios despiadados y salvajes”.
Todo eso es cierto y autoriza que algunos de sus detractores acusen al documento de hipocresía, pero no anula su fondo ilustrado.
Por otra parte, hay certezas, dudas y discrepancias respecto del dónde provinieron las ideas que influyeron en la confección de la Declaración, aunque se reconoce la importancia que en ella tienen las de Locke y Rousseau. Como quiera que sea, lo que en las famosas frases del segundo párrafo queda claro es que esas frases expresan la versión ilustrada de un proyecto mediante el cual se continúa y amplía el ideal humano que, desde la Grecia clásica y el primer cristianismo, preside nuestras vidas en esta parte del mundo.
Si leemos la Declaración con el cuidado suficiente nos daremos cuenta que la piedra angular del pensamiento de Jefferson y compañía es la “igualdad”, que es de la igualdad de donde, según piensan ellos, se desprenden los demás derechos, y desde luego aquellos que son “inalienables”, los de “vida”, “libertad” y “búsqueda de la felicidad”. Plantear que la vida misma, que nuestra capacidad de decidir, actuar y ser felices, depende del que seamos iguales no es poca cosa. Y tampoco es poca cosa decir en seguida que los “gobiernos” derivan su poder del “consentimiento de los gobernados” y que estos pueden “reformarlos” e incluso “abolirlos” si así les parece.
Por cierto, estas frases nos permiten contraponer el ideario ilustrado de la Declaración a la realidad del capitalismo, para el que la piedra angular del edificio societario no es la igualdad sino la libertad y, sobre todo, la libertad de convertir a todo lo que toca, incluido el trabajo humano, en mercancía.

Quiero decir con esto que la historia posterior de Estados Unidos, al haberse erigido sobre los cimientos de una economía capitalista, invirtió los dos principios fundamentales de su Declaración de la Independencia. Puso a la libertad en el primer lugar, pasando por encima de la igualdad, y, peor aún, sacrificó la igualdad en el altar de la libertad. No es un detalle: de la igualdad se desprende la libertad lógicamente. Respeto a mi prójimo porque soy su igual, no debo entonces someterlo y avasallarlo, porque si eso hiciera estaría negándome a mí mismo, algo que ya estaba escrito, como lo saben todos los creyentes, en el segundo de los mandamientos de la ley de Dios. Precisamente porque él es mi igual, mi prójimo es libre para disponer de su persona. Y a la inversa, el desconocimiento por mi parte de que mi prójimo es uno igual a mí supone un desconocimiento de su libertad o, lo que es lo mismo, significa que yo lo estoy pensando como uno que es mi inferior y al que por eso le restrinjo o le suprimo la libertad como se me dé la gana. Todo ello porque yo soy mejor que él. Y estas sí que serían, muy por el contrario de lo que se lee en el lenguaje de la Declaración, las "verdades evidentes por sí mismas”.
Al despejarle el terreno a la instalación de un modelo económico capitalista, la cultura moderna de Occidente cayó en una contradicción. Estaba contradiciendo la hoja de ruta del ideal humanista, eso porque el tipo de libertad que el capitalismo promueve y reclama genera desigualdad de facto. El dueño de los medios de producción le compra al trabajador su trabajo y le impone sus reglas. El trabajador es libre para vender su trabajo, porque eso es lo único que posee en este mundo, y el propietario es libre para comprar ese trabajo, porque es quien posee el capital. Que los dos no son iguales y que el que compra trabajo es más libre que el que lo vende no amerita discusión.
La historia de Estados Unidos, que se construyó sobre esta inversión de los dos principios fundamentales de su Declaración de Independencia, es la historia de cómo el capital creció, sometió y avasalló, primero a los trabajadores domésticos y posteriormente, durante las fases colonialista e imperialista, a los trabajadores del mundo todo. Recuérdese que la tesis del crecimiento necesario del capitalismo fue la favorita de Rosa Luxemburgo: el capital tiene que crecer inexorablemente, es lo que ella dejó dicho. Si no crece, se muere. Pero, ¿cómo crece el capital? Gastando lo menos posible durante la instancia de producción, es decir gastando lo menos posible en el costo de los insumos y en el pago de los salarios, además de propiciar y adoptar las tecnologías que le permiten producir más con menos. Eso, por un lado. Y, por el otro, en la instancia siguiente, la de la circulación de los productos, seduciendo a los receptores de los mismos, a los consumidores, educándolos en la necesidad (real o ficticia: “el consumo me consume”, en palabras de Tomás Moulian) de adquirir lo que les ofrece.
Es pues el capital una fiera que come sin parar y que tiene que comer un poco más cada vez para mantener el cuerpo sano, facilitando el ejercicio de su avidez con el desprecio de la igualdad y con el despojo de los que no son iguales, de los inferiores, los otros que o trabajan para él o adquieren lo que él les vende.

Hemos llegado de este modo una coyuntura espantosa, la de una economía capitalista global con problemas ingentes, cuando los estadounidenses ven disminuir su calidad de vida mes tras mes (para no hablar de la economía global. Considerando 109 países, 21 de ingresos bajos, 45 de ingresos medios, 39 de medios altos y 4 de altos, y cubriendo un total de 6.330 millones de personas, entre los países que investiga el informe IPM (Índice de Pobreza Mundial), Pobreza Multidiciplinaria Global de Naciones Unidas, para 2025, se constata que en los llamados “países en desarrollo hay 1.100 millones de personas en un estado de pobreza extrema”, lo que equivale al 18,3 por ciento de su población), todo eso mientras que, es muy probable que influido por las alzas de precios que desencadenó la guerra en el Oriente Próximo, el capital está teniendo los mejores resultados de su historia. Mueren miles de personas en la guerra y muchas más son las que pierden sus hogares, pero las empresas petroleras, los bancos, las tecnológicas y las empresas de defensa reportan ganancias obscenas durante el último trimestre.
Sin embargo, ese capitalismo (no el pequeño capitalismo, ni menos el comercio, ya que comercio ha habido desde tiempos inmemoriales y con seguridad seguirá habiéndolo en el futuro) es el que pudiera estar jugando ahora sus últimas cartas. Está a la vista que el sistema se ha desbordado, que se ha sobrepasado. Pero también está a la vista que ya no da para más y, si su declive no era tan rápido hasta no hace mucho tiempo, ahora tiene la rapidez de la luz. Todo augura un cambio de paradigma. ¿En qué podría consistir?
Yo no creo en el fin del capitalismo, pero sí creo en la capacidad (mejor sería decir en la necesidad) de reembridar sus excesos, ello a riesgo de que nos arrastre en su caída. Se trataría entonces de volver al segundo párrafo de la Declaración de la Independencia, para corregir la inversión de sus principios que el capitalismo desbocado produjo, pero sin emprender esta corrección como si ella supusiera una nueva inversión, incurriendo una vez más en la hipocresía de decir una cosa y hacer otra (Jefferson).
Hoy el horno no está para tales bollos. Pienso así en un concepto de la igualdad que no la maximice, asumiéndola como una uniformidad que paraliza, y en un concepto de la libertad que tampoco la maximice, que no asuma a la manera de un libertarianismo sin frenos, uno que autoriza al más fuerte para imponerle al resto del mundo la ley de la selva. Estoy pensando en cambio en un equilibrio que podría ser el que Montesquieu tuvo en mente cuando pensó en la necesidad de contrapesar los poderes del Estado. Expansión y contención de la libertad, en nombre de la igualdad, y expansión y contención de la igualdad, en nombre de la libertad. ¿Quién es el único que puede hacer que eso sea posible? El pueblo soberano, cuya representación habrá asumido un Estado democrático que les rinde cuentas puntualmente a aquellos/as a los/las cuales representa. Un equilibrio que yo sé que no es fácil, pero que a mi juicio es el que podría sacarnos del miasma de estupidez en que estamos sumergidos.