Ha partido Guillermo Ravest Santis, un hombre emblemático de las letras y la prensa

Ha partido Guillermo Ravest Santis, un hombre emblemático de las letras y la prensa, hombre de radio,  apasionado del frente informativo político, de pluma pulcra y punzante, y defensor a ultranza de la ética periodística; antiimperialista, gran conocedor de la historia, testigo directo del siglo XX y de los años de la Unidad Popular. 

Tal vez por llevar a cuestas todos esos rasgos le correspondió un rol crucial en un momento único de la vida política nacional: el 11 de septiembre de 1973, como director de Radio Magallanes, y cuando ya todas las demás radios democráticas –Corporación, Portales, Candelaria, Balmaceda, Luis Emilio Recabarren– habían sido silenciadas, Guillermo Ravest recibió el llamado del Presidente Allende.

Así lo cuenta en Pretérito imperfecto. Memorias de un reportero en tiempos chilenos de la Guerra Fría (LOM, 2009):

Los jefes golpistas ya habían amenazado con bombardear La Moneda. Tomé el auricular para contestar al llamado. Era la inconfundible voz del Presidente Allende:
–¿Quién habla? –preguntó.
–Ravest, compañero…
–Necesito que me saquen al aire, inmediatamente, compañero…
–Deme un minuto, para ordenar la grabación…
–No, compañero. Preciso que me saquen al aire inmediatamente, porque no hay tiempo que perder…

Sin alejar la bocina de mi oreja y para que el mandatario me escuchara, grité a Amado Felipe –quien se encontraba al frente del tablero de control en el estudio, a unos tres metros de distancia–: “Instala una cinta, que va a hablar Allende” y a Leonardo Cáceres: “Corre al micrófono para anunciar al Presidente”. Allende debe haber escuchado esos gritos y le pedí: “Ahora, cuente tres, por favor, compañero, y parta…”
Eran las 9:20 horas de aquella mañana del 11-S-73.

Pese al nerviosismo de esos instantes, Amado Felipe tuvo la sangre fría o la clarividencia de que estábamos en el filo de la historia, porque antecedió la transmisión con los primeros acordes del Himno Nacional a los que se mezcló la voz de Leonardo, anunciando que se dirigiría al país el Presidente constitucional. La tensión del momento explica por qué esa grabación no solo registra la voz de Allende. A Felipe se le quedó abierto el micrófono de ambiente, por ello también contiene ruidos ajenos y, en algunos fragmentos, mis gritos pidiendo: “¡Cierren esa puerta…!”, y a Amado “Cambia de cinta y pon otra…”, por creer que así podría salvarse una parte de la grabación si nos sacaban del aire o proteger la pureza de la emisión. Los asaltantes de La Moneda, por su parte, le añadieron su propia música de circunstancias: balazos, disparos de tanques y hasta el zumbido de aviones. Tras su última frase, Allende me añadió un escueto: “No hay más, compañero, eso es todo”. Y como siempre ocurre, aun en circunstancias solemnes o dramáticas, no faltó el añadido de una nota ridícula. Soy su autor. A modo de despedida, le añadí un fraternal: “¡Cuídese, compañero…!”.        

Durante su exilio, Ravest trabajó durante varios años en la emisión del Programa «Radio Magallanes», que se transmitía desde Radio Moscú, junto al «Escucha, Chile», que producían otros periodistas chilenos. Tras una estancia de tres años en México, retorna a Chile en 1983. En Santiago participó en la edición clandestina de El Siglo e integró el equipo fundador de Fortín Mapocho. Tras jubilar, se radicó definitivamente en México. 

Hoy ha partido a su viaje por nuestra memoria Guillermo Ravest Santis, y desde esta casa editorial le decimos hoy y siempre; «¡Hasta siempre, compañero!».


Soy un simple periodista viejo. Me correspondió reportear, desde el ocaso del Frente Popular, cuatro administraciones de distinto signo y una contrarrevolución “modernizadora”. Creo que nadie queda indemne frente a tantas esperanzas, breves triunfos y largas derrotas que han estremecido a nuestro pueblo. Este libro quiere compartir una experiencia de vida, como ciudadano, ser social, que aún persiste en explicarse por qué y cómo fuimos atenazados por tantos embates que han acentuado inequidades y dependencias. Como tantos, soy un ser desasosegado. Pero creo que cada hecatombe trae la insoslayable reiteración de que, colectivamente, sabremos sobrepasarlas (Guillermo Ravest Santis, 1927-2018).